VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.
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dos destinos: el comienzo.
Dos Destinos: El Comienzo
María:
Me llamo Maria Luiza Bianchelli y tengo diecisiete años. Vivo en Verona, Italia. Estoy en mi último año de secundaria y estudio Fotografía y Artes Visuales; todo lo que implique capturar historias me obsesiona un poco.
Vivo en un ático con mi madre, Luna Bianchelli, y mi padrastro, Marcos Correa. Según mi madre, soy demasiado terca, temperamental, manipuladora y traviesa... pero también dice que soy increíblemente trabajadora. No sé si es un halago o una advertencia.
Maximiliano:
Hola, soy Maximiliano Lucca Veraldi. Tengo veintinueve años y vivo en una tenuta privada en Italia. Soy el heredero único de la familia Veraldi, un apellido que pesa como una corona... y como una sentencia de vida o muerte.
Desde joven aprendí observando a mi padre, José Veraldi, y cómo manejaba el poder de la familia. Él dirige nuestro imperio con una mezcla de inteligencia fría y autoridad absoluta. Ser su único sucesor significa cargar con una responsabilidad que no todos podrían soportar.
Mi madre, Alessia Moretti Veraldi, es la única capaz de calmarlo cuando su temperamento se descontrola. Siempre fue la voz tranquila en una casa donde el silencio significaba mucho más que cualquier palabra.
Mi padre me describe como temperamental, terco, de lengua afilada y carácter frío; dice que mi italiano es apenas «pasable». Según mi madre, no soy más que una bestia que necesita a una mujer que la dome, tal como ella hizo con mi padre. Pero de lo que sí estoy seguro es de que seguiré el mismo camino que él. Él me dio a elegir entre una vida normal o quedarme en la mafia y formar parte de su mundo. Aunque, para eso, tengo que controlar mi ira al actuar. Como dice él: «Pensa prima di agire, figliolo» (Piensa antes de actuar, hijo). Es algo que debo poner en práctica.
CAPÍTULO 1: L'inizio (El comienzo)
Maria
Hoy, como casi siempre, me quedé dormida. Suelo llegar tarde a cualquier lugar o evento. Me levanté de un salto, con mis cabellos castaños y ondulados totalmente enredados y el pijama arrugado, mientras corría hacia el baño para darme una ducha fría.
—¡Siempre es lo mismo, Mari! —gritó mi madre desde la cocina. Conociéndome, ya tenía el desayuno en un recipiente pequeño para que me lo llevara.
Cabe recalcar que me cambié a la carrera de Fotografía y Artes Visuales porque antes estudiaba Arquitectura y no me interesaba en lo absoluto. Asisto a mis talleres por la mañana y a mis clases por la tarde. Tras unos minutos, salí del baño envuelta en una bata blanca, corriendo por toda mi habitación, apurada y dejando gotas de agua por doquier.
—¡Mami! ¿No has visto mi uniforme? —grité desde mi cuarto.
Entonces llegó mi salvación: mi madre con mi uniforme planchado en sus benditas manos.
—Ay, de verdad no sé qué voy a hacer contigo, niña —reprochó con diversión mientras me entregaba la ropa impecable.
Últimamente en la escuela se han puesto estrictos con el uniforme porque unas chicas se escaparon, así que, por «precaución», es obligatorio.
—¡Muchísimas gracias, mamita mía! —La abracé con fuerza y ella rió con suavidad. Al separarnos, me dio un beso en la frente y se marchó.
Me vestí a la velocidad del rayo. Al terminar, miré la hora y... claramente, ya había perdido la primera sesión de clase.
—Dios, no sé si llegue a la segunda hora —murmuré mientras terminaba de acomodar el cuello de mi camisa. No soy de usar faldas, así que me puse el pantalón gris de deporte que nos dieron para las temporadas de actividad física.
Agarré mi mochila y, justo antes de salir, me detuve en seco: tenía que llevar mi cámara. Regresé a buscarla, pero no estaba. Busqué en los estantes, en el escritorio... nada.
—Ma, ¿viste dónde está mi cámara?
—No, principessa, no lo sé. Pregúntale a tu padre, él debe saber —respondió ella mientras terminaba de cocinar.
Entré en la oficina privada de mi padre con cautela. Él y yo tenemos un juego: asustar al otro. Es como el escondite, pero con sustos incluidos.
—Vecchio... (Anciano) —murmuré mientras caminaba con sigilo por la enorme estancia.
De repente, unos brazos fuertes e imponentes me sujetaron por la cintura. Solté un chillido al darme cuenta de que era él. Su cabello canoso y esa barba que tanto me disgusta lo hacían ver imponente, aunque a mí me pareciera un horror.
—¡Ora ti ho presa, ragazzina! (¡Ya te tengo, niñita!) —gruñó divertido mientras me hacía cosquillas.
—¡Lasciami andare, vecchio barbuto! (¡Déjame ir, viejo barbudo!) —grité entre carcajadas. Me soltó con suavidad, fingiéndose ofendido.
—Más respeto con mi barba, principessa. Esta barba cuenta historias y hace temblar a medio mundo.
Su tono era de una amenaza fingida, a lo que respondí con naturalidad:
—Te verías más joven si te la quitaras.
—Sí, claro. Y tú te verías más como yo si dejaras esa carrera —replicó entrecerrando los ojos.
—Ay, papá, ya te dije que no dejaré mi carrera para ser tu sucesora en esta mafia que, obviamente, no me gusta. A lo que vine: ¿viste mi cámara?
—Ah, sí... sobre tu cámara... —Se sentó en su sillón de cuero, con aire despreocupado.
—¿Qué hiciste con mi cámara, papá? —No era una pregunta, era un reproche. Mi tono ya no era suave, sino agresivo.
—Se la presté a uno de mis colegas. Es de total confianza, así que relájate, mia principessa. Te la devolverá intacta.
Su tono era relajado y sus ojos verdes esmeralda mostraban sinceridad.
—¡¿Sin mi permiso?! —grité indignada
.
—Bájale al tono, ragazzina —advirtió él, cambiando el semblante.
—¡No! ¡No voy a bajar el tono porque no es justo que agarres MIS cosas sin MI permiso! —lo señalé con el dedo.
—¡Non indicarmi in quel modo, sono tuo padre e mi rispetti! (¡No me señales así, soy tu padre y me respetas!) —Golpeó el escritorio con el puño y se levantó de golpe. Estaba furioso. Pero no me importó; él nunca respeta mi espacio personal.
Mi madre entró en ese momento y nos miró con confusión. Puso una mano en el hombro de mi padre para calmarlo.
—¿Qué pasa aquí, amore mio? —preguntó ella, mirándolo de forma acusadora.
—¡Es que este vecchio tomó MI cámara y se la dio a uno de sus supuestos colegas! ¡Quién sabe para qué mierda la va a usar! —grité, pasándome la mano por el cabello castaño aún algo húmedo.
—¡Mostra un po' di rispetto, accidenti! (¡Muestra algo de respeto, maldita sea!) —me gritó de nuevo mi padre.
—¡Ya te he dicho que no pienso callarme!
Me enfrenté a él con toda mi terquedad, hasta que mi madre se interpuso entre ambos.
—Ya paren los dos, son como el perro y el gato —reprocha mi mamá.
Tenía razón. Mi padre y yo somos como hermanos: nunca nos quedamos callados, nos decimos de todo y luego un simple «perdón» nos basta, aunque a veces ni eso es suficiente porque nos ponemos a pelear por ver quién tuvo la culpa primero.
Solté un gruñido y mi padre respondió con un bufido, cruzándose de brazos.
—Ahora, expliquen qué pasó y el porqué de esta falta de respeto mutua —ordenó mi madre. Hizo que él se sentara en su sofá y yo me ubiqué en una silla alejada de su alcance.
—Pues, mi señor padre decidió prestar MI cámara a uno de sus colegas. Sin mi permiso —dije con frustración—. Además, ahora debería estar en la escuela, pero no, me quedo aquí porque quiero saber quién es ese «colega».
—Y yo te dije que es alguien de confianza —insistió mi padre con ese tonito relajado que me irritaba.
—¿Pero lo hiciste sin su permiso? —preguntó mi madre seriamente.
—Sin. Su. Permiso —repitió mi padre, divertido por mi mirada furibunda.
—¡Per te è sempre la stessa storia! (¡Contigo siempre es la misma historia!) —le grité.
—Marcos, ¿a quién le diste la cámara? —preguntó mi madre perdiendo la paciencia.
—A Maximiliano Lucca Veraldi.
Mi padre usó un tono que me dio escalofríos, pero mantuve la mirada de enojo.
—¡¿Al hijo de tu amigo?!
Él rió con ironía y fingió inocencia. —Calmati, mia piccola strega (Calma, mi pequeña bruja).
—¿Me acabas de llamar bruja? —Me levanté de la silla de un golpe.
—Basta. Mañana mismo traes esa cámara —sentenció mi madre dirigiéndose a mi padre. Luego me señaló a mí—. Y tú, bambina, vas a aprender a controlar esa lengua.
—Sì, signora —murmuré sarcástica.
Mi padre soltó su típica risa de magnate.
—Basta così, vai in camera tua. Preparati perché voglio che tu vada con tuo padre. Imparerai cose sul lavoro que non ti piacciono, ma questa sarà la punizione per la tua lingua tagliente, signorina. (Basta ya, a tu habitación. Prepárate porque quiero que vayas con tu padre. Aprenderás sobre los negocios y cosas que no te gustan, pero ese será tu castigo por esa lengua afilada que tienes).
Me negué rotundamente, pero mi madre es más terca que una mula y no tuve opción. Aquí comienza mi infierno en la mafia junto a mi padre…