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Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / CEO / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Tintared

Isabella es una joven ambiciosa que lucha contra los estereotipos del mundo.
Ella se abre paso por su inteligencia, demostrando que no solo es una cara bonita. Dejando a sus enemigos con la boca abierta.

NovelToon tiene autorización de Tintared para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La Ley del Depredador

El silencio de la victoria era algo a lo que Dante De Luca estaba acostumbrado, pero este silencio en particular se sentía extrañamente vacío. Sentado en su despacho de la firma De Luca & Partners en el Downtown de Los Ángeles, rodeado de maderas oscuras y primeras ediciones de tratados de derecho penal, Dante no podía concentrarse en los sumarios que tenía sobre el escritorio.

Hacía tres días del cierre del caso Vance-Lowell. Tres días desde que vio a Isabella Vance alejarse en su auto por Wilshire Boulevard, dejándolo con un documento firmado, una empresa salvada y una humillación táctica que, por primera vez en su vida, no le sabía amarga.

Dante se reclinó en su sillón de piel, haciendo girar un bolígrafo de oro entre los dedos. Sus ojos verdes fijos en el ventanal que miraba hacia los rascacielos de Century City. Había defendido a senadores, a jefes de carteles y a directores de la lista Fortune 500; hombres y mujeres despiadados, calculadores. Pero Isabella... Isabella era una anomalía. Su belleza operaba como un eclipse: cegaba a los idiotas para que no pudieran ver el mecanismo de relojería que corría detrás de sus ojos oscuros.

Tomó su teléfono personal. Abrió el chat con ella. El último mensaje era estrictamente profesional, enviado por Isabella con el desglose de los honorarios de la firma.

«¿Cenamos?», estuvo a punto de escribir. Borró los caracteres de inmediato, su propio orgullo deteniendo sus dedos. Un hombre como él no rogaba, no mostraba fascinación. Pero la curiosidad intelectual —y algo más profundo, un magnetismo primitivo— le quemaba por dentro. Dante De Luca, el depredador supremo de las cortes federales, se descubrió a sí mismo deseando que el teléfono sonara con un nuevo caso complejo, solo para tener una excusa legítima de volver a sentarse frente a la única mente que lo había hecho sentir predecible.

Mientras Dante lidiaba con su fascinación en el Downtown, Isabella se encontraba en el Palacio de Justicia de Los Ángeles enfrentando una realidad mucho más rancia. El éxito con el caso de la OPA inversa la había catapultado, pero también había encendido las alarmas de la fauna más peligrosa de la abogacía local: los hombres que llevaban décadas monopolizando los tribunales de quiebras y que no veían con buenos ojos que una mujer de veintiséis años dictara las reglas.

El caso actual era una demanda por fraude de acreedores contra una cadena de hoteles de lujo. La contraparte estaba representada por el bufete Vanderbilt & Vance (nuevamente, sin relación familiar), y el abogado principal era Julian Sterling-Gisvold, un litigante de cincuenta y cinco años, de cabello canoso perfectamente engominado, trajes sastre que costaban el salario anual de un asociado y una reputación de tiburón que no dejaba sobrevivientes en la sala de audiencias.

Tras una sesión preliminar extenuante en la que Isabella acorraló a los peritos financieros de Sterling-Gisvold con una lógica matemática aplastante, el juez dictó un receso de veinticuatro horas para la presentación de los argumentos de cierre.

Al salir de la sala de audiencias, los pasillos del tribunal de la calle Spring estaban casi desiertos. Isabella caminaba hacia el elevador, ajustándose la correa de su maletín de cuero, cuando escuchó los pasos pesados de Sterling-Gisvold detrás de ella.

—Señorita Vance —llamó el abogado, su voz pastosa, cargada de una familiaridad no solicitada.

Isabella se detuvo y se giró, manteniendo su rostro como una superficie de mármol.

—¿Sí, señor Sterling-Gisvold? El juez fue muy claro respecto a las comunicaciones fuera de registro.

El hombre se acercó demasiado, invadiendo el espacio personal de Isabella con una seguridad que solo el privilegio y los años de impunidad le otorgaban. Olía a tabaco caro y a un perfume denso que a Isabella le revolvió el estómago.

—Vamos, Isabella, no estamos ante el tribunal ahora —dijo él, esbozando una sonrisa torcida que pretendía ser encantadora pero que delataba una profunda condescendencia—. Has hecho un trabajo aceptable hoy. Tienes buena retórica. Pero seamos realistas: mañana el juez dictará sentencia y mi bufete tiene los recursos para apelar este caso durante los próximos cinco años. Puedo ahogar a tus clientes en mociones técnicas hasta que se queden sin un solo centavo para pagarte las facturas en Century City.

—Mis clientes confían en la jurisprudencia que presenté, caballero —respondió Isabella, su voz bajando un tono, volviéndose peligrosamente nítida—. Y la jurisprudencia dice que su cliente cometió un fraude de activos.

Sterling-Gisvold soltó una risita ahogada y dio un paso más, obligando a Isabella a respaldarse sutilmente contra la pared de mármol del pasillo. El hombre levantó una mano y, con una audacia que rozaba la agresión física, rozó con la punta de sus dedos el cuello de la chaqueta del traje sastre de Isabella.

—La jurisprudencia es maleable, linda —susurró él, inclinándose hacia su oído—. Lo que un juez firma hoy, lo puede deshacer mañana si la defensa presenta el enfoque "correcto". No tienes por qué destruir tu perfecta hoja de servicios con una derrota larga y costosa. Podríamos llegar a un acuerdo privado de conciliación mañana mismo. Yo podría dejar caer un par de objeciones clave... permitir que tu firma se anote una victoria pública que te asegure la asociación junior este mismo año.

Isabella sintió un escalofrío de pura repulsión recorrerle la espina dorsal. Retiró el cuerpo con un movimiento seco, apartando la mano del hombre de un golpe de vista.

—¿Y cuál es el precio de esa conciliación, señor Sterling-Gisvold? —preguntó ella, sus ojos oscuros brillando con un fuego negro.

El hombre no se inmutó ante su rechazo; al contrario, la resistencia de Isabella pareció alimentar su arrogancia de cazador. Se ajustó los gemelos de oro de la camisa, mirándola de arriba abajo con una lascivia que no se molestaba en ocultar.

—Tengo una suite privada permanente en el Hotel Bel-Air —dijo él, bajando la voz—. El restaurante es excelente y el servicio es sumamente discreto. Cenamos esta noche, revisamos los términos del acuerdo en privado... y si eres lo suficientemente... complaciente y demuestras el mismo entusiasmo en la intimidad que muestras en el estrado, mañana serás la abogada más celebrada de Century City. Piénsalo, Isabella. En este mundo de lobos, una mujer tan hermosa no puede sobrevivir sola por mucho tiempo sin el patrocinio de un hombre poderoso que le cubra las espaldas. No dejes que el orgullo te arruine la cara.

1
Rolando Morales
/Casual/ Muy realista para la sociedad que vivíamos
Gus Molina
Buena historia
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