Amor, venganza y secretos destruyen corazones destinados a reencontrarse nuevamente.
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Capítulo 2
Tal vez sí era miedo lo que sentía cada vez que pensaba en la posibilidad de publicar algo escrito por ella.
Porque significaba desnudarse.
Y Muriel llevaba demasiados años aprendiendo a esconder todo aquello que dolía.
—¿Viniste aquí a ser consolada o a hablar de mí? —preguntó levantando una ceja.
Belinda Lozano soltó una carcajada.
—Ambas cosas.
Muriel negó con diversión mientras regresaba al sofá.
—Entonces deberías de terminar de contarme qué hizo Antonio.
Belinda Lozano dejó caer la cabeza hacia atrás dramáticamente.
—Respirar.
Muriel soltó una pequeña risa.
—Belinda…
—Está bien, está bien. —Lo encontré escribiéndole comentarios a esa influencer espiritual.
Muriel arqueó una ceja, intentando contener la risa, pero no pudo.
—No te burles.
—Lo intento…
Belinda la señaló acusadoramente.
—Te juro que eres la persona menos empática del mundo.
—Perdón… necesito al menos cinco minutos para procesarlo.
Belinda terminó riéndose también.
Aquella amistad siempre había sido así. Natural. Cómoda. Como un refugio entre tantas cosas rotas.
Belinda observó a Muriel acomodarse el cabello detrás de la oreja mientras volvía a tomar su copa.
—A veces te envidio.
Muriel frunció ligeramente el ceño.
—¿A mí?
—Claro. Tienes éxito, una editorial increíble y jamás te he visto perder la cabeza por un hombre.
Muriel soltó una sonrisa apenas perceptible.
Si Belinda supiera.
Porque hubo una época en que sí perdió la cabeza por alguien.
Completamente.
Y el golpe fue tan devastador que jamás volvió a permitirse sentir algo parecido.
Desde entonces mantenía su corazón bajo llave.
—No depender emocionalmente de nadie tampoco es tan maravilloso —murmuró.
Belinda inclinó la cabeza observándola.
—Eso sonó sospechosamente profundo.
—Ignóralo.
......................
Durante unos segundos ambas guardaron silencio.
Entonces Belinda habló otra vez.
—Mamá preguntó por ti.
Muriel sonrió apenas.
—¿De verdad?
—Quiere que vayas a cenar el domingo. Dice que hace siglos no apareces por la casa.
—He estado ocupada.
Belinda rodó los ojos.
—Muriel, tú siempre estás ocupada.
Y era verdad.
Muriel trabajaba demasiado.
Trabajaba hasta agotarse.
Hasta quedarse dormida sobre manuscritos.
Hasta no dejarle espacio a los recuerdos.
Porque cuando el silencio llegaba… el pasado siempre encontraba la manera de regresar.
Belinda la observó detenidamente.
—¿Nunca piensas en irte de Valle Escondido?
La pregunta tomó a Muriel desprevenida.
—¿Irme?
—Sí. Empezar de nuevo en otro lugar.
Muriel bajó lentamente la mirada hacia el vino.
Lo había pensado muchas veces.
Porque Valle Escondido estaba lleno de fantasmas.
Pero también era el único sitio donde aún sentía que pertenecía a algo.
—Supongo que ya me acostumbré a este lugar —respondió en voz baja.
Belinda sonrió de lado.
—O quizá hay algo aquí que todavía no puedes soltar.
El pecho de Muriel se tensó apenas.
Y antes de poder evitarlo, un recuerdo atravesó su mente.
Omar Torrealba.
Habían pasado nueve años desde la última vez que lo vio.
Nueve años desde que desapareció de su vida sin mirar atrás.
Y aun así… todavía dolía.
Muriel apartó rápidamente el pensamiento.
—Definitivamente viniste a arruinarme la noche.
Belinda soltó una carcajada.
—Es uno de mis talentos ocultos.
El teléfono de Muriel vibró sobre el escritorio.
Ella lo tomó distraídamente, pero en cuanto vio el nombre en pantalla, toda expresión desapareció de su rostro.
Lauro Galiano.
El aire en la oficina cambió inmediatamente.
Belinda dejó de sonreír.
Muriel endureció la mandíbula mientras observaba el teléfono vibrar una vez más.
No respondió.
Simplemente rechazó la llamada.
El silencio que siguió fue incómodo.
Belinda bajó lentamente la copa.
—¿Otra vez él?
Muriel dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa con demasiada fuerza.
—Sí.
Su voz salió fría.
Belinda dudó un instante antes de hablar.
—Algún día tendrás que enfrentarlo.
Muriel levantó la mirada.
Y algo oscuro cruzó por sus ojos.
Algo que Belinda había visto muy pocas veces.
—Hay cosas que no se perdonan.
La voz de Muriel salió fría.
Belinda suspiró suavemente.
—Algún día me dirás qué fue lo que sucedió entre ustedes.
Muriel bajó la mirada hacia su copa.
Por un instante sus dedos se tensaron alrededor del cristal.
—Cuando te fuiste con tu padre al extranjero… sucedieron muchas cosas.
Belinda guardó silencio.
—Ya sabes… perdimos el contacto.
Y ambas sabían que no había sido solo la distancia.
La vida simplemente las había arrastrado por caminos distintos.
—Me alegra que hayas vuelto —continuó Muriel con una pequeña sonrisa cansada.
Belinda la observó con ternura.
—Yo también me alegro. —Suspiró—. Durante mucho tiempo pensé que mamá fue la culpable del divorcio.
Muriel levantó la vista.
Belinda soltó una pequeña risa amarga.
—Eso me hizo creer mi padre. Hasta que descubrí todas sus mentiras.
El silencio volvió a instalarse entre ambas.
Porque las dos sabían lo que era crecer decepcionada de alguien que debía protegerte.
Muriel desvió la mirada.
Tal vez por eso nunca presionaba a Belinda para hablar de su pasado.
Cada persona tenía heridas que aprendía a cargar como podía.
Después de unos segundos, Muriel decidió cambiar el tema.
—¿Cómo estás con lo de Antonio?
Belinda hizo una mueca exagerada antes de terminarse el vino.
—Sobreviviré.
—No pareces muy afectada.
—Oh, sí me afectó. —Se llevó una mano al pecho dramáticamente—. Ahora cada vez que vea cuarzos voy a sentir traición.
Muriel soltó una risa suave.
Belinda sonrió apenas antes de ponerse un poco más seria.
—Pero creo que me daré un tiempo para mí.
Muriel arqueó una ceja.
—¿Un tiempo?
—Sí. No quiero ni a Antonio… ni a nadie en mi vida por ahora.
Muriel la observó unos segundos.
Y aunque sonrió ligeramente, una parte de ella entendía demasiado bien aquellas palabras.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
En otro lugar...
Lauro permaneció inmóvil en medio de su despacho, todavía con el teléfono en la mano.
La llamada había terminado hacía varios minutos.
Pero él seguía observando la pantalla apagada como si esperara que su hija devolviera la llamada.
La enorme oficina estaba en silencio absoluto. Las luces de la ciudad se reflejaban en los ventanales y el reloj de pared marcaba casi las nueve de la noche.
Lauro suspiró pesadamente.
—Todo lo que hice… fue por tu bien —murmuró con cansancio.
Su voz sonó rota.
Muy distinta a la firmeza autoritaria que mostraba frente al resto del mundo.
Muriel llevaba años alejada de él.
Años evitándolo.
Años mirándolo como si fuera un extraño.
Apretó la mandíbula mientras recordaba aquella noche.
El día que ella cumplió dieciocho.
La forma en que Muriel lo miró antes de marcharse de la casa.
Desde entonces nada volvió a ser igual.
Ni siquiera cuando intentó acercarse.
Muriel rechazaba cada llamada, cada invitación y cada intento suyo por arreglar las cosas.
Lo único que sabía hacer era trabajar.
Mantener su editorial.
Levantarse sola.
Como si necesitara demostrarle al mundo que no llevaba el apellido Galiano por conveniencia.
Y Lauro, aunque jamás lo decía en voz alta, se sentía orgulloso de ella.
Dolorosamente orgulloso.
Sobre el escritorio descansaba una fotografía antigua.
Muriel con diecisiete años.
—Hice lo mejor para ti…
Pero ni siquiera él parecía convencido de sus propias palabras.
Porque había decisiones que podían justificarse ante el mundo entero…
Y aun así destruir a las personas que amas.
nada más quiere tantito para estar con el..
es hora de ser feliz mujer y más con el hombre que te ama ..
O Lauro se enredó con la mamá de Omar o la mamá de Muriel se enredó con el papá de Omar ......🧐🤔🤨🇨🇴🇨🇴🇨🇴🇨🇴