Sin spoiled
NovelToon tiene autorización de Gabrielcandelario para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 1
...⚠️Advertencia de Contenido Sensible⚠️...
...Este libro contiene temas que pueden ser difíciles para algunos lectores. Se recomienda la discreción al leer....
...****************...
Nunca he creído en las señales del destino, básicamente porque el destino suele ser un tipo con mal humor que te pone la zancadilla cuando finalmente logras atarte los cordones de los zapatos. Mi nombre es Elías Solo. Un apellido que no es una elección estética, sino una descripción técnica de mi árbol genealógico.
A mis treinta y tantos, mi vida se medía en la distancia que recorría mi motocicleta desvencijada entre un barrio marginal y otro. Mi oficina era la calle; mi escritorio, el asiento de cuero cuarteado de una Yamaha que pedía la jubilación a gritos. Yo no era un héroe, ni siquiera un villano interesante. Era un cobrador. Pero no de esos que llaman por teléfono con voz de oficina; yo era el que llamaba a la puerta cuando el teléfono ya no servía de nada.
Aquel martes, el cielo de la ciudad tenía ese color grisáceo, parecido al de una bañera sucia. Llovía una mezcla de agua y hollín que se pegaba a la visera de mi casco como una sentencia. Tenía que visitar a un tal "Gordo" Suárez, un hombre que debía tres meses de alquiler y que tenía la mala costumbre de gastarse el dinero en apuestas de galgos antes que en el techo de sus hijos.
—Elías, no seas duro con él —me había dicho mi jefe, un tipo llamado Don Manuel que olía permanentemente a tabaco barato y desesperación—. Solo recuérdale que el mundo es un lugar pequeño y que las rodillas son piezas difíciles de reemplazar.
Subí la cuesta de la calle 14. El motor rateaba, tosiendo nubes de humo blanco. En ese momento, mi mayor preocupación no era el amor, ni el dinero a gran escala, ni mucho menos el apellido de una familia poderosa. Mi preocupación era si la cadena de la moto aguantaría hasta el viernes o si tendría que volver a caminar tres kilómetros bajo la lluvia.
Me detuve frente a un edificio que parecía sostenerse solo por la inercia del óxido. Apagué el motor. El silencio que siguió fue casi doloroso. Me quité el casco y dejé que el agua fría me recorriera la cara. En los charcos no veía reflejos de diamantes, solo el brillo aceitoso de la gasolina.
—¿Qué haces aquí, Solo? —me pregunté en voz alta.
Era una pregunta que me hacía a menudo. La respuesta siempre era la misma: "Comer". No había nobleza en mi pobreza, ni tampoco esa bohemia romántica que los escritores de ciudad suelen atribuirle a la carestía. Había hambre, había frío y había un cansancio crónico que se me instalaba en los huesos. Un cansancio que, años después, entendería que era solo un entrenamiento para el tipo de agotamiento mucho más profundo que me esperaba en las mansiones de mármol.
Caminé hacia el portal. La madera estaba hinchada por la humedad. Golpeé tres veces. Nadie respondió, pero escuché el movimiento furtivo de alguien que aguanta la respiración detrás de la mirilla.
—Suárez, sé que estás ahí —dije, tratando de que mi voz sonara más amenazadora de lo que realmente me sentía—. No he venido a pelear. He venido a solucionar esto antes de que Don Manuel envíe a alguien que no sepa hablar.
Escuché el descorrer de los cerrojos. La puerta se abrió apenas unos centímetros. El olor que salió de allí era una mezcla de fritanga vieja y tabaco. Un ojo amarillento me observó con terror.
—No tengo nada, Elías. Te lo juro por la tumba de mi madre.
—Tu madre está viva y vive en una residencia en el sur, Suárez. No me mientas. Solo necesito que me des algo. Lo que sea para que Manuel no me descuente el viaje del sueldo.
Entré. El apartamento era un monumento al desorden. Pero mientras Suárez lloriqueaba y buscaba excusas, yo miraba por la ventana hacia los edificios altos de la zona norte, esos rascacielos de cristal que brillaban incluso en los días más oscuros. Parecían otro planeta. Un lugar donde la gente no se preocupaba por las rodillas o por las cadenas de las motos.
En aquel entonces, yo no sabía que en esos edificios vivía un hombre llamado Maximilian y su hija, una mujer con un nombre que parecía sacado de una profecía antigua: Araxie. No sabía que mi vida estaba a punto de colisionar con la de ellos de una forma tan violenta que echaría de menos el olor a fritanga de Suárez.
—Toma —dijo Suárez, extendiéndome un reloj de pulsera que claramente era una imitación barata—. Es lo único que me queda de valor.
Lo tomé. Pesaba poco. Como mi propia existencia en aquel momento.
—Esto no vale ni el metal del que está hecho, Suárez —suspiré—. Pero servirá por hoy.
Salí de nuevo a la lluvia. La moto arrancó al tercer intento. Mientras bajaba la colina, sentí un escalofrío que no era por el agua. Era como si alguien, en algún lugar muy lejano y muy alto, acabara de mover una pieza en un tablero que yo ni siquiera sabía que existía.
No me cansé aquel día. Estaba joven, estaba fuerte, a pesar de la dieta a base de café y cigarrillos. El verdadero cansancio, ese que te vacía por dentro hasta dejarte como una cáscara dorada, llegaría después. Llegaría con ella. Con Araxie Vesper-Zandrón.
Pero por ahora, solo era Elías Solo, un cobrador bajo la lluvia, tratando de llegar a casa antes de que se acabara el mundo