En las frías calles de Ottawa, Alexandra Morozov es una fuerza de la naturaleza: una Alfa rusa, calculadora y letal, cuyo aroma a café amargo mantiene a todos a una distancia prudente. Ella no cree en el destino, solo en el control y en los negocios de su poderosa familia.
Pero todo cambia en una noche de nieve espesa, cuando la voz de una chica rompe su armadura de hielo. Rosalie, una joven canadiense de espíritu libre e hiperactiva, emana un aroma a miel y vainilla que despierta los instintos más posesivos de la Alfa. Rosalie no es una Omega común; es una Gama, una jerarquía tan rara como impredecible, y su naturaleza rebelde no está dispuesta a doblegarse ante nadie.
Alexandra ha decidido que Rosalie le pertenece, pero ¿podrá su amor tóxico y controlador atrapar a una chica que nació para ser libre? En este juego de poder, el café más amargo está a punto de mezclarse con la dulzura más peligrosa.
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capítulo 7
Rosalie sostuvo el sobre entre sus dedos. El papel era grueso, de ese que grita "dinero y poder" con solo tocarlo. El contraste entre ese sobre impoluto y sus propias manos, manchadas con la sangre de Alex, era casi poético.
—"Fundación Morozov" —leyó Rosalie en voz baja. Sus ojos saltaron del papel a los de Alex, que seguía sentada, pálida y con la respiración entrecortada—. Dijiste que es la razón por la que nos encontraron. ¿Qué quieres decir con eso? ¿Tu padre te envió a buscarme?
Alex cerró los ojos un segundo. El mareo estaba ganando terreno. El dolor en el hombro había pasado de ser un pinchazo a una pulsación rítmica que le nublaba la vista.
—Mi padre no envía a nadie a buscar... —Alex hizo una pausa, luchando por enfocar sus palabras—. Él envía a "adquirir". Rosalie, abre el sobre.
Rosalie lo hizo. El sonido del papel rasgándose pareció un trueno en la pequeña habitación. Sacó los documentos y sus ojos recorrieron las cláusulas: Compra de contrato de arrendamiento... Cesión de derechos de imagen... Cláusula de exclusividad.
—Es el club —susurró Rosalie, y su voz empezó a temblar, pero esta vez de una furia gélida—. Y mi nombre está aquí. Quiere comprar L’Écho de la Nuit para... ¿para convertirme en su cantante privada? ¿En un adorno para sus cenas?
Rosalie dejó caer los papeles sobre la mesa como si quemaran. Se alejó dos pasos de Alex, mirándola como si la viera por primera vez. El aroma a vainilla desapareció por completo, reemplazado por un olor a ozono, seco y cortante.
—¿Por eso viniste esta noche? —preguntó Rosalie con una risa amarga que dolió más que la bala—. No fue por la música. No fue por el desafío. Viniste a entregarme la notificación de mi propio embargo. ¿Toda esa escena en el pasillo... fue parte del plan de negocios?
—No... —Alex intentó levantarse, pero el mundo dio un vuelco. Tuvo que sujetarse del borde de la mesa, y su mano izquierda volvió a manchar de rojo la madera clara—. No sabía que él enviaría a esos hombres. Rosalie, mírame... yo no quería entregarte eso. Me lo dieron en la barra. Mi padre... él sabía que vendría. Lo orquestó todo para que yo...
—Para que tú fueras la cara amable del diablo —completó Rosalie, con los ojos empañados por la traición—. Me salvaste la vida, Alex. Me dieron una bala que era para mí. Y ahora no sé si lo hiciste porque te importo, o porque una "adquisición" no sirve de nada si está muerta.
Alex quiso responder. Quiso gritar que su lobo no entendía de contratos, que solo entendía de proteger lo que amaba. Pero el esfuerzo fue demasiado. El frío de la nieve que aún sentía en sus pies se extendió por todo su cuerpo.
—Rosalie... por favor... —la voz de Alex se quebró.
Su cuerpo finalmente se rindió. El agotamiento, la pérdida de sangre y el peso emocional de la traición de su padre fueron una carga demasiado pesada. Las rodillas de Alex cedieron y empezó a desplomarse hacia el suelo.
Rosalie, a pesar de la rabia que le quemaba el pecho, reaccionó por instinto. Se lanzó hacia adelante y atrapó a la heredera antes de que su cabeza golpeara el piso, sosteniéndola contra su pecho.
—¡Alex! ¡Oye, no te atrevas a desmayarte ahora! —Rosalie la sacudió levemente, pero Alex estaba ida, su cabeza descansando pesadamente en el hueco del cuello de la cantante—. Maldita sea... malditos sean todos los Morozov.
Rosalie estaba atrapada entre el odio por el papel que descansaba en la mesa y la calidez del cuerpo de la mujer que acababa de arriesgar su vida por ella. El fuego bajo seguía ardiendo, y ahora las llamas empezaban a lamer las paredes de su pequeño refugio.