Sigue a Valentina Márquez Santos, abogada humilde e hija ilegítima de un magnate. Tras ser traicionada en su boda y expulsada de su trabajo por defenderse de acoso, se convierte en asistente del amargado CEO Mateo Castellanos. Demuestra su valía al organizar el proyecto médico VidaPlus y salvar a su hija Sofía de un rapto, mientras enfrenta la envidia de Gitana, la hermana de la difunta esposa de Mateo. A pesar de que Mateo es insoportable, entre ellos surge una conexión, mientras Valentina lucha por su futuro y por hacer realidad un proyecto que cambiará vidas.
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EL INTENTO DE ELIÉZER MORALES
Al mediodía, mientras comía un sándwich en la sala de descanso, Eliézer Morales, director de finanzas de la empresa, se sentó frente a mí con una sonrisa encantadora. Tenía treinta y cinco años, cabello castaño rizado, ojos cafés brillantes y un cuerpo atlético que mostraba con trajes ajustados. Era conocido en la empresa como un playboy que estaba acostumbrado a que todas las mujeres caigan a sus pies con solo una sonrisa y algunas propuestas de viajes o regalos caros.
—Valentina, cariño —dijo, poniendo una mano sobre la mía—. He estado observándote últimamente... Eres una mujer muy inteligente y hermosa. Me gustaría conocerte mejor, fuera del trabajo. Podríamos ir a cenar a ese restaurante de lujo que acabó de abrir en el centro, y luego tal vez tomar un trago en mi departamento, que tiene una vista espectacular de la ciudad. Te aseguro que no te arrepentirás: puedo ofrecerte cosas que ningún hombre te ha podido dar.
Lo aparté la mano con firmeza, mirándolo directamente a los ojos.
—Señor Morales, le agradezco el interés, pero no estoy interesada —dije con claridad—. Yo no soy una mujer fácil que se puede comprar con cenas caras o vistas bonitas. Me gusta conocer a alguien por quién es, no por lo que puede ofrecerme. Además, soy una profesional y prefiero mantener una relación estrictamente laboral con mis compañeros de trabajo.
Eliézer sonrió, pensando que era un juego. Intentó agarrarme la cintura, pero yo me levanté de un salto y le di una bofetada clara y sonora que hizo que todos los que estaban en la sala se quedaran mudos.
—¡No te atrevas a tocarme otra vez! —grité, con la voz firme—. Yo me respeto a mí misma y no permitiré que nadie me trate como un objeto. Usted puede estar acostumbrado a que las mujeres caigan a sus pies, pero yo no soy como las demás. Si vuelve a intentar algo así, iré directamente con el señor Castellanos y le contaré todo. Además, le recuerdo que el respeto es lo primero en cualquier relación, y usted no sabe nada al respecto.
Eliézer se quedó boquiabierto, con la mejilla roja por la bofetada. Nadie se atrevía a hablarle así, mucho menos a darle una cachetada. Pero en sus ojos se vio algo más que enojo: interés genuino. Se levantó y miró a mí con una expresión diferente.
—Lo siento, Valentina —dijo, con voz seria—. No debería haber actuado así. Tienes razón, he estado acostumbrado a que las cosas sean fáciles, pero tú me has enseñado una lección. Te respeto por tu firmeza y tu valentía. Espero que algún día puedas darme la oportunidad de conocerte realmente, como se debe.
Sin esperar a mi respuesta, se fue de la sala. Yo solo me senté de nuevo, terminé mi sándwich y volví a trabajar: sabía que había dejado claro quién era yo y qué me merecía, y eso era lo único que importaba.
EL ENTRENAMIENTO SECRETO CON SOFÍA
Ese mismo día por la tarde, Sofía me llamó por teléfono, emocionada.
—¡Señorita Valentina! —exclamó—. ¿Podrías venir a mi casa hoy por la noche? Quiero que me enseñes más de esas cosas que me hablaste sobre defenderme y quererme a mí misma. Papá estará en una reunión de trabajo y Daniela saldrá con sus amigos, así que estaremos solas.
Acordé ir después del trabajo. Cuando llegué a la mansión de los Castellanos, Sofía me esperaba en el jardín trasero, con ropa cómoda y unas guantes de entrenamiento en las manos. Habíamos comenzado a entrenar en secreto hace unos días: ella quería aprender a defenderse, y también necesitaba alguien a quien le pudiera hablar de sus miedos y sus sueños.
Comenzamos con algunos ejercicios básicos de karate: posiciones de defensa, golpes básicos y cómo esquivar los ataques. Después, nos sentamos en el césped, mirando las estrellas.
—Señorita Valentina —dijo Sofía, con voz seria—. A veces me siento muy sola, y siento que no valgo nada. Mis amigas de la escuela me hacen bullying porque soy tímida y no me gusta salir de fiesta como ellas.
Yo la abracé suavemente y le dije: —Sofía, mi amor, tú vales más que todo el oro del mundo. No tienes por qué ser como los demás para ser valiosa. Cada mujer es única, como una flor que florece a su propio ritmo. Tienes que amarte a ti misma primero, porque si tú no te valoras, los demás tampoco lo harán. Recuerda: eres una guerrera, y las guerreras no se dejan vencer por los comentarios de los demás. Tu fuerza está dentro de ti, solo tienes que aprender a escucharla.
Sofía sonrió, con los ojos brillantes.
—Me encantan tus frases —dijo—. Me siento más fuerte cuando estás conmigo. Quiero ser como tú: segura de ti misma, fuerte y capaz de defenderte a ti misma y a los demás.
—Ya lo eres, cariño —le dije, acariciándole la cabeza—. Solo tienes que descubrirlo. Y siempre podrás contar conmigo, pase lo que pase.
En ese momento, escuchamos el sonido de un coche entrando en la propiedad. Mateo bajó del vehículo y se acercó hasta nosotros, con la expresión seria de siempre.
—Valentina —dijo, mirándonos—. No sabía que estabas aquí. Sofía, ¿qué está pasando?
—Papá, la señorita Valentina me está enseñando a defenderme —dijo Sofía, levantándose con orgullo—. Y también me está enseñando a quererme a mí misma. Ella es la mejor amiga que he tenido en mucho tiempo.
Mateo miró a Sofía, luego a mí. En sus ojos azules no vi enojo, sino algo que parecía ser gratitud. Pero rápidamente volvió a su expresión cascarrabias.
—Bien, pero asegúrense de que no interfiera con sus estudios —dijo—. Valentina, puedes quedarte a cenar si quieres. Después, te llevaré a casa, no quiero que vuelvas en autobús a estas horas.
Yo asintí, sabiendo que aunque seguíamos llevándonos mal, algo estaba cambiando entre nosotros. Y aunque intentaba negarlo, cada vez era más difícil ocultar los sentimientos que comenzaban a crecer en mi corazón.
que pena que alejandro solo este con ella para hacer daño