Ella renace en una época mágica.. en el cual su familia la humilla, por lo que decide irse y cambiar su destino.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico *
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Brujas
Durante ese mes, Leilani comprendió algo que la sorprendió más que cualquier hechizo.
Las “brujas” como ya llamaba en su mente a Cecil y a Criset.. no la atacaban con la misma intensidad que antes.
Al principio le pareció extraño.
Luego entendió.
La antigua Leilani aún buscaba a su padre. Bajaba al jardín cuando él estaba presente. Intentaba hablarle. Lo miraba con esos ojos heridos que pedían afecto. Y esa necesidad era precisamente lo que Cecil utilizaba como arma. Humillarla frente a él. Ridiculizarla. Provocar escenas donde pareciera inestable o dramática.
Pero ella ya no hacía eso.
No lo buscaba.
No intentaba sentarse a su mesa.
No pedía atención.
Y al no ofrecer vulnerabilidad… dejó de ser divertida.
La ignoraban.
A veces, cuando coincidían en un pasillo, Criset soltaba comentarios venenosos.
—Algunas personas nacen para servir, otras para brillar —decía mientras mostraba un collar nuevo.
O Cecil añadía con falsa dulzura..
—Querida, deberías salir más. El encierro marchita el rostro.
Leilani simplemente inclinaba levemente la cabeza y seguía caminando.
Pronto se iría.
Esas palabras no eran más que ruido.
Mientras tanto, su mundo real estaba detrás de la puerta cerrada de su habitación.
Allí entrenaba.
Al principio fue frustrante.
Se sentaba en el suelo, con el libro abierto frente a ella, respiraba como indicaban las instrucciones y trataba de sentir el flujo del maná. A veces no pasaba nada. Otras, apenas una vibración débil recorría sus dedos.
Hasta que un día decidió intentar crear algo simple.
Una pelota de madera.
Nada complejo. Solo una esfera pequeña, del tamaño de su palma.
Cerró los ojos, visualizó fibras creciendo desde el aire, entrelazándose, formando una figura redonda. Sintió cómo el maná descendía desde su pecho hacia sus manos.
El aire frente a ella se onduló.
Y algo apareció.
Cayó con un pequeño golpe seco sobre el suelo.
Abrió los ojos.
No era exactamente una pelota.
Era… más bien una masa de madera con esquinas torpes. Algo entre esfera y cubo mal tallado.
Leilani la tomó con cuidado.
Era sólida. Real. Pesaba.
La había creado.
No pudo evitar sonreír.
—Bueno… nadie nace experto.
Ese pequeño objeto imperfecto representaba más que un logro mágico. Era prueba de que no estaba atrapada en un sueño. De que podía influir en ese mundo.
Con el tiempo, logró mejorar la forma. Aprendió a suavizar bordes, a hacer que las fibras se alinearan mejor. A veces quedaban ovaladas. O con una ligera protuberancia. Pero cada intento era más estable que el anterior.
Luego avanzó hacia algo más práctico.
Un hechizo de cataplasma.
El libro describía cómo, usando magia de madera, podía acelerar las propiedades curativas de hierbas y semillas, compactándolas en una pasta de consistencia blanda, envuelta en tela, capaz de aliviar dolor, inflamación y ayudar a cicatrizar heridas.
Eso era útil.
Si enfermaba durante su huida…
Si sufría una lesión…
Si necesitaba ayudar a alguien para ganar confianza…
Era una herramienta valiosa.
Practicó varias veces.
Primero reunió hierbas secas que había tomado discretamente del jardín. Las trituró con paciencia. Luego, canalizando su maná, estimuló su esencia vegetal hasta que liberaron un aroma más intenso y profundo.
La primera cataplasma quedó demasiado seca.
La segunda, demasiado líquida.
La tercera tuvo la consistencia perfecta.
La envolvió en una tela limpia y la observó con orgullo silencioso.
Además, estaba aprendiendo pequeños lazos de madera flexible. Finas tiras creadas con su magia que podía trenzar y reforzar. No parecían gran cosa, pero podían servir para sujetar objetos, improvisar ataduras o incluso activar mecanismos simples.
Todo lo hacía encerrada en su habitación.
No por miedo.
Sino por estrategia.
Cada día su maná se sentía un poco más estable. Aún no era fuerte. Aún se cansaba después de varias prácticas. A veces terminaba sudando, con la respiración agitada.
Pero estaba creciendo.
Como un árbol joven que empieza a echar raíces profundas bajo tierra antes de mostrarse firme ante el viento.
Mientras la mansión seguía su rutina superficial de lujos y apariencias, ella se estaba transformando en silencio.
Y cuando se fuera…
No sería la niña ignorada que dejaron atrás.
Sería algo mucho más peligroso.
Algo que había aprendido a crecer incluso en la sombra.
Un mes después, cuando su rutina de entrenamiento ya se había convertido en disciplina, Leilani escuchó algo que tensó cada uno de sus pensamientos.
No fue una conversación dirigida a ella.
Fue un murmullo en el pasillo.
Dos sirvientes hablaban en voz baja mientras cambiaban las flores del corredor principal.
—Dicen que el envío del norte fue rechazado…
—Y que el lord perdió una suma considerable…
—Si no recupera la inversión pronto, habrá consecuencias…
Leilani no necesitó escuchar más.
Su padre tenía problemas con un negocio.
Se quedó quieta tras la esquina, fingiendo observar un cuadro mientras su mente trabajaba con rapidez.
Lord Vitra no era un hombre que aceptara pérdidas con dignidad. Era orgulloso. Ambicioso. Y, sobre todo… pragmático cuando se trataba de dinero.
El miedo no fue por él.
Fue por la herencia.
Sabía que legalmente pertenecía a ella. Pero también sabía que los hombres como él encontraban maneras de manipular documentos, presionar, forzar firmas o declarar incapacidades.
Si estaba desesperado… podría intentar usar los bienes Baston.
Y eso no lo permitiría.
Subió a su habitación con paso firme.
El tiempo se había acortado.
Ya no podía esperar a estar “perfectamente preparada”. La seguridad absoluta no existía. Tenía lo esencial.. conocimientos básicos de magia, documentos legales y acceso a recursos.
Eso bastaba.
Cerró la puerta y comenzó a organizar todo con calma estratégica.
No viajaría con muchas cosas.
Nada que llamara la atención. Nada voluminoso.
Sobre la cama colocó..
El libro de Magia de Madera.
Los documentos de la herencia.
Las joyas de su madre.. que había recuperado días antes, una por una, utilizando pequeños trucos y distracciones cuidadosamente planeadas..
Las joyas eran más que adornos. Algunos anillos tenían incrustaciones que vibraban suavemente cuando ella canalizaba maná. No sabía aún su función exacta, pero intuía que eran catalizadores.
Las envolvió en telas suaves y las guardó en una bolsa discreta.
Luego pensó en ropa.
Elegiría prendas simples. Resistentes. Nada lujoso que revelara su origen. Una capa modesta, botas cómodas, vestidos fáciles de lavar.
Miró la habitación.
No sentía apego.
Ese lugar había sido prisión y campo de entrenamiento. Nada más.
Se sentó en el borde de la cama y respiró profundo.
Huida.
La palabra ya no sonaba impulsiva.
Sonaba inevitable.
Iría lo más lejos posible. A otro pueblo. Tal vez a una región donde el apellido Baston aún tuviera peso, pero donde Lord Vitra no tuviera influencia directa. Allí cobraría la herencia en una oficina del reino, con los documentos sellados.
Con dinero en mano…
Podría alquilar una pequeña casa.
Entrenar sin miedo.
Aprender más sobre las otras magias elementales.
Fortalecerse.
Sus dedos rozaron el libro verde.
—No soy la Leilani que se queda esperando..
Desde la ventana vio el jardín otra vez. Su padre caminaba de un lado a otro, gesticulando con irritación mientras hablaba con un hombre que debía ser su socio.
Sí.
El problema era real.
Y si él caía… intentaría arrastrar todo lo que pudiera con él.
Leilani cerró la bolsa con decisión.
Se iría pronto.
Muy pronto.
Y cuando cruzara las puertas de esa mansión, no miraría atrás.
Porque esta vez, la historia no trataría de una hija abandonada.
Trataría de una heredera que eligió sobrevivir.