“Prometió no amar a otra mujer… hasta que ella llegó”
Él era un hombre roto.
Ella, la tormenta que lo hizo sentir de nuevo.
Entre el aroma de la tierra mojada y el calor de las noches en la granja, el granjero descubrió que el amor puede florecer incluso en el suelo más árido.
🔥 El corazón del granjero — cuando el amor renace donde el dolor parecía eterno.
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Capítulo 1
Francisco …
Me llamo Francisco Manolo Rezende Júnior, tengo veinticinco años. Mis padres me llaman Júnior, mis amigos Rezende, los empleados de la hacienda me llaman Señor Manolo. Pero el nombre que más me gusta oír, viene de la voz de ella, la mujer de mi vida, que me llama Fran.
Ana Maria Bitencourt, mi novia desde los quince años. Alta, rubia, ojos azules como el cielo. Linda e inteligente, la mujer más dulce que he conocido en la vida. Hija de la difunta Luzia, cocinera de mi familia por más de veinte años. Hace dos años ella nos dejó, un infarto fulminante la llevó cerca de Dios.
Ana y yo, hoy casados, estamos juntos hace diez años. Nuestra relación nunca fue un problema para mis padres que son padrinos de ella y la aman como a una hija.
Ana siempre estudió en los mejores colegios de nuestra pequeña ciudad, Palmeiras. Mis padres siempre se encargaron de invertir en su educación. Estudiamos juntos por toda la vida, solo nos separamos en la facultad, apenas el curso. Mientras ella siguió el sueño de convertirse en veterinaria, yo seguí mi sueño de la administración y gestión de negocios. Entramos en la facultad a los diecisiete años, en una estatal en la capital. Mientras Ana alquilaba un cuarto en una pensión para muchachas, yo dividía un apartamento con mi mejor amigo Enzo Martins.
Nos formamos a los veintiún años, casi veintidós. Volvimos para Palmeiras donde le pedí matrimonio a Ana. En aquel mismo año nos casamos en una linda ceremonia en la iglesia de la ciudad. Dos años después del casamiento, compramos nuestra hacienda. Teníamos un sueño, crear un pequeño haras con mini haciendita. El sueño creció y acabamos transformando un lugar en un famoso hotel hacienda. Donde los huéspedes tienen la experiencia además del hospedaje común. Ellos tendrían la posibilidad de alimentar a los animales, ordeñar las vacas, andar a caballo, tomar baño de cascada y hacer senderos guiados.
Hoy nuestro hotel tiene lista de espera, tenemos aforo máximo en todas las estaciones y finalmente, Ana decidió realizar mi mayor sueño, ser padre.
Ella está embarazada de un niño, Gabriel. Ana dará a luz en breve, estamos en la expectativa de que él llegue en cualquier momento. No veo la hora de que nuestro pequeño nazca y complete aún más, la vida perfecta que tenemos.
Ana …
Estoy a punto de dar a luz a nuestro niño. Cuarenta semanas y contando. Fran ya no aguanta de tanta ansiedad. Su sueño siempre fue ser padre. Aguanté por algún tiempo, teníamos otros sueños para realizar antes de eso. Pero ahora, que estoy a punto de conocer a nuestro Gabriel, veo que fue la mejor decisión de mi vida, ser madre.
Sigo trabajando, a disgusto de Fran, claro. Él cree que yo debería estar acostada con las piernas para arriba. Dónde se ha visto, si yo quiero que ese niño salga de aquí naturalmente, yo necesito moverme. Y yo jamás aguantaría estar acostada, mientras tenemos tanto trabajo que hacer en el hotel.
Cuando miro hacia atrás y veo todo lo que conquistamos juntos hasta aquí. Fruto de nuestro esfuerzo diario en los estudios, en el trabajo. Noches en claro pensando en cómo pagaríamos tantas cuentas. El miedo de que el hotel no funcionase y tuviésemos que cerrar y la felicidad cuando conseguimos nuestra primera materia en el periódico de la capital. Aquello impulsó nuestro nombre. Y hoy estamos aquí, con todo eso creciendo más y más.
Cuando miro a Fran, ese hombre lindo de casi dos metros de altura, másculo, con esa barba bien hecha y ese cabello siempre desordenado. Tan gentil y amoroso, educado y siempre sonriente, veo cuánta suerte tuve en tenerlo como mi marido, como mi amor. Y agradezco, agradezco mucho a Dios por haberme dado la bendición, de ser suya.
Francisco …
Eran las dos y media de la mañana cuando Ana me despertó.
— Fran, creo que llegó la hora.
Pasé la mano en la cama, estaba toda mojada. La bolsa se había roto. Me levanté, me cambié y la ayudé a cambiarse. Las contracciones estaban con intervalos cortos, era hora de ir al hospital. Agarré las bolsas que estaban listas hace dos semanas, y seguimos hasta la maternidad de nuestra ciudad.
Al llegar Ana fue atendida, la médica constató que el bebé se había dado la vuelta.
— Él está pélvico Ana, el parto normal no será una posibilidad. Vamos a llevarla a la capital, usted hará una cesárea.
Seguimos de ambulancia hasta el hospital, Ana había sido medicada para el dolor. Ella y el bebé estaban siendo acompañados, el equipo del hospital me dejó más tranquilo.
En una hora llegamos a la maternidad de la capital. Entramos, Ana fue llevada a la sala de cirugía y yo me preparé para acompañar el parto.
La sonrisa en el rostro de ella, iluminaba todo el lugar. Agarré su mano y en pocos minutos nuestro niño llegó al mundo. Enorme, cabellos rubios, iguales a los de ella, ojos azules como el cielo, era la copia fiel de mi amada Ana. Él lloró fuerte, y fue colocado en los brazos de ella, que lloraba emocionada.
— Es nuestro niño, mi amor, nuestro ángel Gabriel.
Él parecía mismo un ángel, lindo.
— Gracias por realizar mi mayor sueño, mi amor. Te amo tanto.
— Yo también te amo, Fran.
La enfermera agarró a Gabriel y lo llevó para ser evaluado. Ana me miró profundo en los ojos.
— Fran, prométeme, tú cuidarás de nuestro niño y serás feliz.
— Mi amor, de qué estás hablando, claro que yo seré feliz. Nosotros seremos, nosotros tres …
Mis palabras fueron interrumpidas por un sonido extraño viniendo de los monitores. Vi a la obstetra llamar al enfermero. El piso estaba lleno de sangre. Miré a Ana, que estaba pálida.
— Ana, mi amor … qué está aconteciendo.
Ella agarró firme mi mano.
— Fran, prométeme. Por favor, tú serás feliz, tú y nuestro hijo … — sus ojos comenzaron a cerrarse, la fuerza en el apretar de su mano en la mía, comenzó a disminuir.
— Prométeme Fran, yo no puedo partir sin que tú me prometas que ustedes serán felices.
Mi corazón paró por no sé cuánto tiempo, sentí una apretón que nunca había sentido antes. Partir, porque ella estaba diciendo aquello.
— Mi amor, no digas eso. Tú no puedes dejarme aquí Ana … — Me giré hacia los médicos y comencé a gritar. — Qué está aconteciendo, salven a mi esposa, salven a mi amor.
— Sáquenlo de aquí. — La médica ordenó y luego dos enfermeros comenzaron a arrastrarme del cuarto. Yo aún agarraba la mano de ella.
— Ana, mi amor, por favor no me dejes.
Ella me miró, forzó una linda sonrisa y dijo sus últimas palabras.
— Yo siempre te voy a amar mi amor, por favor cuida de nuestro ángel y sé feliz.
Vi el monitor cardíaco ponerse a cero. Una línea recta apareció. La mano de Ana se soltó de la mía, sus lindos ojos azules se cerraron y allí yo sabía, nunca más la vería de nuevo. Mi Ana Maria, la mujer de mi vida, había partido, me había dejado.