Victoria Davenport lo tenía todo: un matrimonio perfecto ante los ojos del mundo y una vida rodeada de lujo. Pero tras las paredes de cristal, su esposo Mathews Sinclair la había condenado al olvido. Fue entonces cuando apareció Jhonatan Blake, un hombre tan prohibido como irresistible, que le devolvió el fuego que creía muerto. Entre la culpa, el deseo y una verdad que amenaza con destruirlo todo, Victoria deberá elegir entre la jaula dorada de su matrimonio o el abismo ardiente de una pasión imposible.
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Limites rotos
El auto se detuvo frente al hotel, pero el motor parecía seguir rugiendo dentro de mis venas. Al salir, sentí que cada paso hacia la suite no era solo un trayecto físico, sino un descenso voluntario a un infierno de placer que no podía, ni quería, controlar. Jonathan caminaba detrás de mí, y aunque no me tocaba, su mirada era una caricia eléctrica que me desnudaba, recorriendo la curva de mis caderas y el temblor de mis piernas con una posesividad que me hacía humedecer la entrepierna antes siquiera de llegar a la puerta.
Al entrar, el sonido del cerrojo encajando fue el pistoletazo de salida. El aire se volvió denso, casi sólido, cargado de un magnetismo animal. Jonathan no esperó. Sus manos, grandes y firmes, rodearon mi cintura desde atrás, tirando de mí con una brusquedad hambrienta hasta que mi espalda chocó contra la dureza de su pecho. Su cuerpo era puro calor y músculo; podía sentir su erección presionando contra mis glúteos a través de la tela, un recordatorio de lo mucho que me deseaba.
Su aliento, caliente y pesado, golpeó mi boca antes de que sus labios lo hicieran.
—Mírame, Victoria —ordenó con esa voz que siempre parecía una caricia y una amenaza—. Mira lo que me haces.
Bajé la vista y mis ojos se fijaron en el bulto obsceno y rígido que deformaba sus pantalones. Un gemido involuntario escapó de mis labios. Él soltó una risa ronca, cargada de una confianza depredadora, y capturó mi boca en un beso que no fue una invitación, sino una toma de posesión. Su lengua invadió la mía con una fuerza que me hizo flaquear las piernas, mientras sus manos bajaban por mi cuerpo, apretando mis senos por encima de la tela de mi vestido, estrujándolos hasta que el dolor se mezcló con un placer punzante en mis pezones.
—Estás empapada, ¿verdad? —susurró contra mi cuello, mientras sus dientes tiraban del lóbulo de mi oreja—. Puedo olerte. Hueles a deseo puro, a mi deseo.
Sus dedos se colaron bajo el dobladillo de mi vestido, subiendo por mis muslos con una lentitud agónica. Cuando sus yemas rozaron el borde de mi lencería de encaje, sentí un calambre eléctrico que me hizo arquear la espalda. Jonathan hundió dos dedos en mi humedad, encontrándome hirviendo, lista para él.
—¡Oh, Dios, Jonathan...! —mi voz era un ruego roto.
—Dilo otra vez. Dime cuánto quieres que te destroce esta noche —me provocó, aumentando el ritmo de sus dedos, frotando mi clítoris con una presión experta que me hizo ver destellos de luz tras los párpados.
—Victoria... —su voz fue un gruñido bajo en mi oído, un sonido que me hizo arquear el cuello involuntariamente—. Te he deseado desde que te vi, y no tienes idea de lo que voy a hacerte ahora que por fin te tengo sola.
Sus labios no buscaron los míos de inmediato; en su lugar, se dedicaron a devorar la línea de mi cuello, succionando y mordiendo con una urgencia que me arrancó el primer gemido. Cuando finalmente me giró, sus labios colisionaron con los míos en un beso que sabía a desesperación y dominio. Sus lenguas se entrelazaron con una ferocidad que me dejó sin aliento, mientras sus manos bajaban con ímpetu, estrujando mis muslos y subiendo mi falda hasta que sus dedos encontraron la seda de mi lencería.
Me empujó hacia la cama con una urgencia que me hizo tambalear. Me desplomé sobre el edredón y él se quedó de pie un segundo, desabrochándose la camisa con movimientos lentos y calculados, sin apartar sus ojos grises de los míos. Parecía un depredador admirando a su presa. Cuando la prenda cayó al suelo, revelando su torso esculpido y tenso, el deseo se convirtió en un dolor sordo en mi vientre.
Se lanzó sobre mí, atrapando mis muñecas sobre mi cabeza con una sola mano, mientras la otra se dedicaba a explorar mi piel como si quisiera reclamar cada centímetro de territorio. Sus caricias no eran suaves; eran deliberadas, exigentes. Bajó por mi abdomen, dejando un rastro de besos húmedos que me hacían jadear, hasta que sus dedos se engancharon en mi ropa interior y la arrancaron sin ceremonias.
—Dime que me deseas, Vic... —ordenó, su voz rasposa por la lujuria—. Quiero oírte suplicar por lo que viene.
—Te deseo... ¡Dios, Jonathan, te necesito dentro de mí ahora! —grité, arqueándome cuando sus dedos finalmente encontraron mi centro, hundiéndose en mi humedad con una precisión que me hizo ver estrellas.
Él no me dio tregua. Se deshizo de lo que quedaba de su ropa y, al quedar desnudos, el contacto de su piel ardiente contra la mía fue como una explosión. Sus manos recorrieron mis nalgas, elevándome para acomodarme bajo él, y cuando finalmente se hundió en mí, fue una invasión total. Un gemido agudo escapó de mi garganta; me llenaba de una manera que me hacía sentir completa y devastada a la vez.
Cada embestida era profunda, rítmica y cargada de una fuerza que me hacía golpear contra el cabezal de la cama. El sonido de nuestros cuerpos chocando, el roce del sudor, los jadeos pesados... todo era una sinfonía de puro erotismo. Jonathan se ensañaba con mi cuello, dejando marcas que contarían la historia de esta noche, mientras sus manos nunca dejaban de tocarme, apretando mis pechos, buscando mis puntos más sensibles, llevándome al borde del abismo una y otra vez.
—Eres mía —susurró, su aliento caliente chocando contra mis labios mientras aumentaba la velocidad—. Mía para deshacerte, mía para usarte, mía para siempre.
Mis uñas se hundieron en su espalda, dibujando surcos de placer mientras el orgasmo empezaba a subir desde la base de mi columna. La intensidad creció hasta volverse insoportable; sentía que mis músculos se contraían alrededor de él, atrapándolo en mi propio incendio. Con un último empuje violento y un rugido que salió de lo más profundo de su pecho, ambos colapsamos. La descarga fue eléctrica, un éxtasis prolongado que nos dejó temblando, unidos por el sudor y el agotamiento más absoluto.
Nos quedamos así, entrelazados, escuchando únicamente nuestras respiraciones erráticas. El fuego no se había apagado; simplemente se había transformado en una brasa latente, lista para volver a arder al menor roce.
—Nunca había sentido algo así... —susurré, todavía procesando la tormenta.
Jonathan me atrajo más hacia él, besando mi frente con una mezcla de posesión y una ternura inesperada.
—Esto es solo el principio, Victoria. Mañana no habrá vuelta atrás.
Me atrapo, y me encanto.
Tienes mucho talento 👏👏👏🥰🥰