Ricco Salvatore nació en la cima de la cadena.
Heredero de una de las familias más temidas de España, lleva el caos en la sangre y el peligro en la sombra de cada paso.
Pero el día en que una joven empleada doméstica se desmaya en el baby shower de su cuñada, revelando un mundo de agresiones escondidas bajo maquillaje y silencio… Ricco ve algo para lo cual ningún imperio lo había preparado:
Vulnerabilidad. Pureza. Y un valor silencioso.
Ana Lua, criada en la periferia, lo perdió todo; los padres huyeron a México, el hermano la odia y la maltrata, y el novio se volvió cómplice del dolor.
Ricco la salva una vez. Luego, otra.
Y cuando empieza a descubrir su pasado, intenta impedir que sufra, mientras ella trata de empezar de nuevo. Entonces se da cuenta de que la cercanía y la protección pueden ser tan peligrosas como los golpes que recibía.
Porque Ricco Salvatore no sabe jugar.
Él cuida. Él protege.
Y cuando ama, es hasta el final, o hasta la destrucción.
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Capítulo 1
El hierro golpea con fuerza, resonando en el cobertizo como una advertencia. No hay música, no hay distracción. Solo el sonido de mi respiración pesada y del sudor escurriendo por mi espalda mientras levanto otra barra de acero. Entrenar es mi descanso. Mi mente se calma cuando el cuerpo sangra esfuerzo.
Soy Ricco Salvatore. Veinticinco años. Tercer hijo del clan Salvatore.
Heredero de un linaje que carga el poder como maldición y la responsabilidad como hierro caliente grabado en la piel.
Pero a diferencia de mis hermanos, yo nunca pedí explicación. Nunca pedí perdón.
Luiz es el primogénito. El más astuto, el más político. Siempre supo escuchar antes de actuar, pero letal de una forma que nadie vivió para contar, se casó con Bianca, una bomba de relojería, tan destructiva como él, pero cargando la calma junto, son la pareja perfecta.
Eduardo... es el corazón estratégico. Subjefe de Carlo López, nuestro líder, y probablemente el más controlado de nosotros tres, lo que dice mucho, viniendo de un Salvatore.
¿Y yo? Yo soy la sombra que limpia el desorden. La mano que resuelve lo que nadie tiene coraje de encarar.
Vivo lejos de la propiedad central, la casa donde Eduardo y Mirella viven, y lugar donde vivirán con los gemelos, sí... yo seré tío, y así como protejo todo a mi alrededor viviré con eso.
Hay días que la sangre hierve sin explicación. Hoy es uno de ellos. Por eso estoy aquí, golpeando el saco de arena como si fuera un recordatorio de todo lo que intento mantener lejos.
El caos vive en mí. Pero aprendí a domesticar la fiera... más o menos.
Me detuve un instante y me miré en el espejo del fondo. El rostro sudado, la mirada que aprendí a mantener firme.
Eres lo que ellos temen. Eres lo que protege, ellos no entienden mi distancia, pero siento que si yo estoy cerca el caos vendrá conmigo.
Mi familia es todo. No importa lo cuán lejos yo esté.
Antonella... ah, Antonella. Mi hermana menor, mi debilidad y mi fuerza. Solo de pensar que alguien podría tocarla con mala intención, ya siento el gusto de la sangre en la boca.
Está a punto de cumplir dieciocho. Creció demasiado rápido. Y aun sabiendo que está protegida por todos los nuestros, yo continúo atento. Siempre.
Ella es demasiada luz para este mundo que yo conozco, y aun siendo todos de la mafia, mi padre nunca tuvo prisa en verla casar.
Respeto a mis hermanos. Amo a mi familia. Y por más que mi alma ya se haya perdido en algunas guerras, por ellos yo hago cualquier cosa.
Descargo el último golpe en el saco, el sonido seco resuena. Me quedo allí, sudando, sintiendo el pecho subir y bajar como si mi cuerpo estuviera intentando contener algo que nunca se calma por completo.
Y entonces, sin aviso, el teléfono vibra sobre la bancada.
Miré la pantalla. Era Eduardo.
Atendí al segundo toque, pasando la toalla por el cuello.
—Habla, hermano. —mi voz salió ronca, baja, como después de una pelea o de un entrenamiento pesado.
—¿Estabas entrenando, o explotaste la mitad de la ciudad? —la voz de Eduardo vino con aquella ironía arrastrada de quien ya me conoce demasiado.
Sonreí, incluso sin querer.
—Solo el saco de arena esta vez. Bajé el tono. —¿Y qué? ¿Algún motivo para llamarme o solo añoranza?
—Mirella. —dijo el nombre y ya me enderecé. —Está animada con el baby shower. Quiere a todo el mundo allí. Y cuando digo todo el mundo, es incluso tú, Ricco.
Rodé los ojos y fui hasta el espejo, encarando el reflejo del tipo que todos intentaban domesticar sin éxito.
—Voy, sí. Sábado, ¿no? No dejaría a Mirella tirada. Ella merece este tipo de felicidad... —hice una pausa. —Principalmente después de todo.
Eduardo quedó en silencio por dos segundos. Él sabía lo que yo quería decir.
—Nuestro padre preguntó por ti. —cambió el asunto, pero no tanto. —Dijeron que sería bueno que pasaras más tiempo en la propiedad. Cerca de la familia.
Solté una risa seca, ahogada.
—Yo soy el heredero del caos, hermano. Esta mierda de calma no combina conmigo. Una visita ya es suficiente.
—Tú no eres el caos. Solo lo cargas en la espalda, fingiendo que no pesa. —repuso con aquel modo sabio irritante.
—Estás filosofando demasiado para un jefe del tráfico que mata hombres como quien cambia de ropa. —repliqué con una sonrisa de lado.
—Y tú estás huyendo demasiado para quien sabe que tiene un lugar aquí. Mirella siente tu falta. Antonella también. Y los hombres... bueno, ellos te respetan como respetan la guerra. Porque saben lo que tú haces por nosotros.
Quedé en silencio por un tiempo. Paso firme, ojos en la nada.
—Voy. Pero no se acostumbren. Quedar muy cerca de mí es pedir problema. —hablé con certeza, recordando accidentes, caídas, de enemigos y juramentos de muerte que cargaba conmigo.
—O solución. Depende del lado en que tú estás. —respondió él.
La llamada terminó con un silencio confortable.
Saliendo de allí seguí hasta el estudio de tatuaje que tenía marcado de conocer, marcar el cuerpo era algo que amaba hacer y la chance de una mujer intentar matarme era mínima.
La tatuadora me miró con interés mal disimulado así que entré. Alta, piel bronceada, ojos delineados y un escote que más gritaba de lo que insinuaba. Ella mordió el labio al verme sin la camisa, el cuerpo todavía sudado del entrenamiento.
—Tú eres Ricco... Salvatore, ¿no? —dijo, como si el nombre fuera una contraseña.
Asentí con un breve levantar de quijada.
—¿Qué quieres hoy? ¿Algo con sangre, calaveras, fuego? ¿O el nombre de alguien especial? —ella rió, mordiendo la puntita de la aguja.
Me senté en la silla, frío como siempre.
—Lo que quiero... es silencio mientras tú haces el trabajo. ¿Puede ser? Quiero dos lobos, uno blanco y uno negro, de espaldas uno al otro, ambos con ojos brillando, azul y dorado. Entre ellos, un gladius romano cruzado con una rosa, símbolo de fuerza y delicadeza, espada y flor, masculino y femenino.
Arriba, una franja con las palabras en latín:
"Sine Timore – Ad Vitam"
(Sin miedo – Por la vida)
Ella bufó con una sonrisa provocante y comenzó a preparar las agujas. Fingía concentración, pero no quitaba los ojos de mí.
—Poético... Sabes que la mayoría de los tipos bonitos y peligrosos que vienen aquí acostumbran a llamarme para salir después. —ella se inclinó propositalmente. —Puedo mostrarte un infierno que vas a querer repetir.
Incliné la cabeza, encarándola con frialdad.
—Ya oí eso antes. —hablé.
—Pero no de mí. —repuso ella, intentando suavizar la voz. —No es solo sobre cuerpo. Yo... siento algo en ti. Fuerte. Oscuro.
Solté una risa seca, baja.
—Hablar dulce para intentar atraer el corazón de un hombre jodido... otras ya intentaron.
—¿Y? —desafió ella.
—Y ellas fallaron. —respondí, firme. —Yo no soy terreno para plantar ilusión. Tú quieres marcar mi piel, belleza. Pero es solo tinta. ¿Corazón? Ese está cerrado. Y quien vaya a intentar abrirlo... va a tener que sangrar para merecerlo.
Ella quedó en silencio por un segundo. Tal vez sin saber si se ofendía o si se admiraba.
Terminé el tatuaje.
Me levanté, tiré el dinero sobre el mostrador y la encaré una última vez.
—La próxima vez que alguien intente conquistarme con voz dulce... que al menos sepa lo que es sobrevivir a mí.
Salí de allí con la piel ardiendo, pero la mente fría. El mundo me conocía como el ejecutor.
Pero mi cabeza ya bullía. Porque si hay una cosa que aprendí, es que todo momento de alegría, toda luz... atrae sombra.
Y el baby shower sería bonito, claro. Pero... yo sentía en el aire. El caos estaba llegando. Y adonde él va, yo soy el primero en pisar.
Pero nadie sabía... que la mayor guerra que yo enfrentaría todavía estaba a punto de comenzar.
Y ella tenía ojos claros y el nombre de la luna.