El sacrificio es solo el comienzo.
Para salvar a su hermana de una muerte segura, Elisabeth toma una decisión irrevocable: entregar su libertad y su sangre a la realeza de las sombras. Como la nueva sierva de sangre personal del príncipe Damián, su vida ahora se mide en gotas y se consume tras los muros de un palacio donde la luz del sol es un recuerdo lejano.
Damián es todo lo que las leyendas advierten: frío, letal y poseedor de una belleza tan peligrosa como su linaje. Sin embargo, tras la máscara de heredero implacable, Elisabeth descubre a un hombre atrapado en su propia inmortalidad. Lo que comienza como un contrato de supervivencia se transforma en una atracción magnética y prohibida que desafía las leyes de la naturaleza y los prejuicios de siglos de guerra.
Pero en el mundo de los inmortales, el amor es una debilidad que los enemigos no perdonan. Mientras su conexión crece, el destino comienza a tejer una red de traiciónes, secretos y una profecía antigua
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capítulo 8: El límite de la oscuridad
El silencio del pasillo hacia mis aposentos era asfixiante después del estruendo del baile. Damián no me había dejado regresar sola; caminaba un paso detrás de mí, su presencia como una sombra física que me quemaba la espalda. Al llegar a mi puerta, no me retiré. Me giré para encararlo, todavía con la adrenalina del vals corriendo por mis venas.
—Ya cumplí —dije con la voz entrecortada—. Todos vieron la marca. Todos saben que soy tuya por contrato. ¿Ahora vas a dejarme en paz?
Damián cerró la distancia en un parpadeo. Puso una mano en el marco de la puerta, justo por encima de mi cabeza, acorralándome. Sus ojos ya no eran grises, eran de un color plata líquida, brillando con una necesidad que nada tenía que ver con la política del palacio.
—¿Crees que esto es por un contrato, Elisabeth? —su voz era un gruñido bajo, cargado de una tensión que me hizo vibrar—. ¿Crees que me arriesgué a que mi hermano te pusiera las manos encima solo por un estúpido acuerdo?
No pude responder. Su otra mano subió a mi cintura, apretando la seda del vestido azul con tal fuerza que oí la tela gemir. Me atrajo hacia él bruscamente, eliminando cualquier espacio entre nosotros. Podía sentir el calor de su cuerpo —un calor extraño para un vampiro— y la fuerza de sus músculos tensos.
—Dijiste que yo era tu peligro —le recordé en un susurro, mi respiración mezclándose con la suya—. Si es así, ¿por qué no me dejas ir?
—Porque eres el único peligro al que quiero rendirme —respondió él, bajando la mirada a mis labios.
Fue entonces cuando la atmósfera cambió. Damián se inclinó, pero no hacia mi boca, sino hacia la marca púrpura de mi cuello. Sus labios rozaron la piel sensible y esta vez no hubo sutileza. Su lengua delineó la marca, despertando una corriente eléctrica que me hizo arquear la espalda y soltar un gemido que se perdió en la oscuridad del pasillo.
No era solo una marca de propiedad; era una declaración de guerra contra sus propios instintos. Sus manos bajaron de mi cintura a mis muslos, levantándome ligeramente para pegarme más a su cuerpo, demostrando que en ese momento, Silas, el palacio y el linaje no importaban. Solo importábamos nosotros dos.
—Mírame —ordenó, separándose apenas unos centímetros.
Obligué a mis ojos a encontrarse con los suyos. Estaba asustada, sí, pero también ardía por dentro.
—Si te quedas aquí esta noche —advirtió, sus colmillos rozando mi labio inferior—, no habrá vuelta atrás. No serás solo mi sierva. Serás mi perdición. Y te aseguro que no dejaré que nadie más te toque. Jamás.
Me quemaba la mirada, pero no bajé la cabeza. Si él quería que yo fuera su "perdición", no se lo pondría fácil. Mis manos, que antes temblaban, subieron hasta su pecho, sintiendo la dureza de su armadura de seda.
—Entonces, deja de hablar de peligro y haz algo, Damián —le siseé, con un valor que no sabía que tenía—. O es que el gran Príncipe de las Sombras tiene miedo de lo que una simple humana puede hacerle sentir?
El silencio que siguió fue atronador. Vi cómo sus pupilas se dilataban hasta que el gris desapareció, dejando solo un abismo negro. Soltó un gruñido gutural, un sonido que no era humano, y de un movimiento rápido me empujó hacia el interior de la alcoba, cerrando la puerta tras de nosotros con un golpe seco que retumbó en todo el piso.
Me acorraló contra la madera, sujetando mis muñecas por encima de mi cabeza con una sola de sus manos. Su fuerza era abrumadora, pero no me lastimaba; era una presión que exigía rendición.
—No tienes idea de lo que estás pidiendo —susurró contra mi boca, su aliento frío contrastando con el calor abrasador que subía por mi cuerpo—. Tu sangre... está cambiando. Puedo olerlo. No es solo miedo, Elisabeth. Es deseo. Y es tan dulce que me está volviendo loco.
Sentí el roce de sus colmillos, esta vez de forma más deliberada, presionando la vena de mi cuello. Pero lo que ocurrió después nos sorprendió a ambos. En el lugar donde mi piel tocaba la suya, una luz tenue, casi dorada, empezó a emanar de mis venas. No era la luz azul del palacio, era algo vivo, algo cálido.
Damián retrocedió un milímetro, sus ojos fijos en el brillo que emanaba de mi herida mal curada. Su expresión era una mezcla de agonía y éxtasis.
—Tu linaje... —jadeó él, su voz rota por la necesidad—. Silas tenía razón. Eres un arma. Pero eres una que solo yo voy a empuñar.
No esperó más. Me besó con una ferocidad que me robó el alma, un beso que sabía a hierro y a una promesa oscura. Sus manos bajaron por mi espalda, desatando las cintas del vestido azul mientras sus labios reclamaban cada centímetro de mi piel, bajando de nuevo hacia mi cuello para marcarlo sobre la marca anterior, borrando cualquier rastro que no fuera el suyo.
En ese momento, la marca ya no dolió. Se sintió como una conexión, un lazo que me unía a él de una forma que la razón no podía explicar. Yo era su propiedad, sí, pero él estaba encadenado a mí por una sed que iba mucho más allá de la sangre.