Una vez fui la general que nadie pudo doblegar.
Ahora… despierto en una jaula de cristal llamada familia.
Ella murió con traición en la sangre y una espada en el corazón.
Él era su hermano.
Él era su final.
Pero los dioses no entienden de finales.
Elara Voss. Hija legítima.
Olvidada. Humillada. Rechazada.
En su mansión, la hija adoptiva brilla como la estrella que nunca le permitieron ser.
Y todos… todos la adoran.
Excepto que algo dentro de Valeria despierta. Algo antiguo.
Algo que sabe matar con una mirada.
Y hay un secreto que nadie le dijo:
🗣️ Sus pensamientos… no son silenciosos.
La familia los oye.
El prometido los oye.
Pero la impostora… no.
¿Qué pasa cuando una leyenda renace en el cuerpo de la chica que todos ignoran?
¿Y si su voz interior… es la única arma que necesita para destruirlos a todos?
Entre galas de alta sociedad, sonrisas falsas y promesas rotas…
una guerra silenciosa está a punto de estallar.
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Lección en el aula
Me limito a quedarme sentada en mi sitio, con las manos cubriéndome la boca como si estuviese horrorizada por lo que mis amigas se encontraban haciendo, pero por dentro estoy vibrando de pura satisfacción mientras veía como Sophia empujaba la cabeza de Elara contra el pupitre, Isabella tira todos sus cuadernos y libros hacia el suelo con un ruido seco que hizo que varias hojas volaran por el aire, y Chloe pateó el pupitre con tanta fuerza que se deslizó hacia atrás y casi se volcaba. El salón enteró no pudo evitar contener la respiración por unos segundos y luego estalló en susurros y risitas contenidas; porque algo había claro, nadie se atrevía a intervenir porque todos tenían claro que meterse con nosotras era firmar su propia sentencia social.
Sophia se inclinó sobre Elara, quien se había quedado quieta mientras se frotaba la frente en donde golpeó el borde del pupitre, y le soltó con un tono de voz cargado de desprecio:
—Mira, campesina, es mejor que regreses al campo en donde perteneces. Aquí no necesitamos paletas sucias que vienen a quitarle el lugar a las personas de verdad.
Isabella se cruzó de brazos y agregó con una risa cruel: —Sí, vete a ordeñar vacas o lo que sea que hacías antes de aparecer fingiendo ser una dama de familia prestigiosa. Nadie te quiere aquí. Nadie.
Chloe termina de rematar, dándole otra patada ligera al pupitre caído: —Eres patética. Una oportunista que volvió para robar lo que no es suyo.
Elara levantó la vista lentamente, con esa calma irritante que tanto me sacaba de quicio, y dijo con una voz serena pero firme:
—Recojan mis cosas.
Las tres chicas se observaron entre sí y luego estallaron en risas. Sophia se agachó para quedar a su altura y le escupió las palabras en la cara:
—¿Qué dijiste, palurda? ¿Crees que somos tus criadas? Vete a la mierda.
Isabella agregó, con un tono burlón: —Pobre ilusa. ¿Te crees superior porque tus papás te recogieron como a un perro callejero?
Chloe la intenta imitar, fingiendo una reverencia exagerada:
—Oh, su majestad la campesina nos ordena. ¿Qué sigue? ¿Que le limpiemos los zapatos con la lengua?
Elara vuelve a repetir las mismas palabras, pero esta vez sin alzar la voz pero con un tono que podía cortar el aire como hielo:
—Arreglen mi pupitre y recojan mis cosas. Se los pido por segunda vez.
Las risas se volvieron más fuertes. Y Sophia, la más valiente (o la más estúpida), levantó la mano y le propinó una bofetada seca a Elara en la mejilla, un golpe que resonó en todo el aula y le dejó una marca roja instantánea.
—¿Y ahora qué, princesita? ¿Vas a llorar?
Y en ese preciso momento el aula se quedó en un silencio absoluto.
—Hay dos cosas que odio en esta vida: 1, que me toquen el rostro, y 2, las personas sin modales ni educación. Y ya que ninguna tiene educación, me encargaré de educarlas bien en lugar de sus padres.
Elara se levantó del pupitre con una lentitud deliberada, como una tormenta que se formaba en cámara lenta. Y antes de que Sophia pudiese reaccionar, la tomó del cabello con una fuerza brutal, tirando hacia atrás hasta que la cabeza de Sophia se arqueó dolorosamente, y le devolvió la bofetada con la palma abierta, pero mucho más fuerte: el sonido fue como un latigazo y la mejilla de Sophia se puso roja al instante, con la marca de cinco dedos perfectamente visibles.
Se pudo escuchar el grito de sorpresa y dolor que había soltado Sophia, pero Elara no la soltó; en cambio le dió una patada precisa en la parte trasera de la rodilla que hizo que las piernas de Sophia cedieran haciéndola caer al suelo de bruces con un golpe sordo. Sin siquiera soltarle el cabello, Elara se subió encima de ella, sentándose a horcajadas sobre su espalda, y le propinó tres bofetadas más, rápidas y fuertes, una tras otra, cada una resonando más que la anterior mientras Sophia no dejaba de patalear y llorar de rabia y humillación.
Luego, como si nada, Elara se levantó, mientras se sacudía el uniforme con calma y se dió la vuelta hacia Isabella, quien se había quedado paralizada con la boca abierta. Un paso, dos, y antes de que siquiera Isabella tuviera tiempo de retroceder, Elara la agarró del brazo, la hizo girar y le dió una bofetada abierta en la cara que la hizo tambalearse contra el pupitre vecino. Isabella intentó responder con un empujón débil, pero Elara la empujó contra la pared y le dió otra, más fuerte, dejando su mejilla completamente hinchada.
Chloe, la más alta, intentó intervenir por detrás, pero Elara se dió la vuelta como si lo hubiese previsto, la agarró del cuello de la chaqueta y la empujó hacia abajo hasta que Chloe tropezó y cayó de rodillas. Le propinó una bofetada rápida y Chloe se quedó allí tirada, tocándose la cara con los ojos repletos de lágrimas de shock.
El aula entera se quedó en un silencio sepulcral. Nadie se movía. Nadie se atrevía siquiera a respirar fuerte.
Y yo solo podía quedarme sentada en mi sitio, con el corazón latiéndome tan fuerte que podía creer que todos podían escucharlo. Las lágrimas falsas se me habían secado en la cara. Y mis amigas se encontraban en el suelo o apoyadas contra las paredes, mientras se tocaban las mejillas rojas, observándola con odio y miedo.
Y por primera vez desde que Elara regresó, podía sentir algo que no estaba esperando: un nudo frío en el estómago.
Esto no había salido como lo había planeado. Y algo me decía que esto solo era el principio.