Notita: antes de este capítulo hay tres más, el capítulo nueve y diez y de Demián, por si no los han leído, vayan a hacerlo. Mini maratón parte uno, terminado. Parte dos se publicará entre el lunes y el martes.
Suspiro levemente, me duele todo el cuerpo, me siento débil, como si hubiera pescado un resfriado, quiero morir en estos momentos. Intento abrir mis ojos, a penas puedo hacerlo por unos segundos en los que veo borroso pero logro distinguir figuras, por un momento creo ver a James. Y lo llamo. Tal vez no morí, puede que todo sea una horrible pesadilla. Sin embargo, vuelvo a quedarme dormida.
No sé cuántas veces pasa que abro los ojos por pequeños lapsus de tiempo. Mi cuerpo se siente muy pesado, como si la fuerza de atracción de la tierra me llamará. Prefiero estar inconsciente que sentir dolores.
De repente un día, me siento más ligera, como si estuviera a punto de volver a la normalidad. Abro mis ojos, parpadeo intentando enfocar algo, y luego de varios intentos lo consigo. Veo la misma pintura que vi cuando desperté aquí.
No ha sido una pesadilla, yo de verdad morí. Muevo mi cabeza un poco para buscar a alguien a quien ver, la primera persona que veo es a la señora Bell, sonrío. Estoy viva, de nuevo.
—Bell —mi voz se escucha pastosa y me duele la garganta, como cuando respiras mucho por la boca. Aunque mi voz se escucha baja, Bell me logra oír, deja de hacer lo que estaba haciendo y sus ojos se agrandan.
—Mama —exclama contenta, intento sonreír, pero me siento débil, una sensación de no poder moverme de ninguna manera porque me canso—. Ha despertado —lleva sus manos a su rostro y solloza de la emoción. Hasta respirar es cansado, ah.
—Bell —la vuelvo a llamar, asiente varias veces, se acerca hasta mí y toma mis manos.
—Emperatriz, es todo un milagro que haya despertado —no creo que eso sea verdad, pero agradezco su emoción.
—¿Mama? —veo hacia la puerta donde vienen entrando Lourdes y Martha. Martha deja caer las toallas con las que cargaba en brazos y corre hasta la otra orilla libre de la cama, se arrodilla y toma mi mano mientras llora.
—Mama, esto es una bendición de los cielos. Dios debe estar de nuestro lado —solloza, veo a Lourdes que se ha quedado estática en su lugar, con mucho esfuerzo sonrío.
—Hola, Lourdes —la saludo, sus ojos se llenan de lágrimas y se acerca del lado de Bell.
—Majestad, estábamos tan asustadas de que no despertara —chilla dejándose llevar por las emociones.
—¿Cómo se siente, Mama? ¿Necesita algo? —pregunta Bell alterada. Respiro hondo y creo que he perdido media vitalidad en eso.
—Quiero dormir un poco más, ¿puedo hacerlo sin que crean que he muerto? —pregunto medio bromeando, aunque me imagino que he dormido mucho, quiero seguir haciéndolo a ver si cuando me despierte me sienta más recuperada.
—Descanse, Majestad. Gracias por despertar —Bell y Martha besan mis manos, es un poco incómodo, en otro momento no las hubiera dejado hacerlo, pero me siento cansada así que lo dejo pasar y vuelvo a dormirme rápidamente.
Al día siguiente despierto sintiéndome mejor. Vaya, jamás creí que podría ser envenenada en toda mi vida, será una gran anécdota para contar después.
Bostezo e intento estirar mis músculos, pero aún duele, así que no me esfuerzo.
—¿Cómo se siente Majestad? —Bell se levanta del sillón para acercarse a mí, le sonrío y espero no verme como un gasparin sonriente.
—Me siento mejor, Bell, ¿has estado aquí toda la noche?
—No soy la única, hacemos turnos para cuidarla, Majestad —me siento aliviada y a la vez asustada, supongo que estaba tan enferma que no sentí una mirada mientras dormía, capaz que me daban pesadillas.
—¿Qué fue lo que paso, Bell? —su ceño se frunce, toda su cara se marca con muchas arrugas de la preocupación, mira a otro lado que no sea yo y palidece.
—¿No recuerda nada, Majestad?
—Solo recuerdo haber regresado, Esmeralda y yo íbamos de regreso al carruaje, el sol se estaba ocultando y entonces nos embocaron. A partir de ahí, mis recuerdos son confusos —hago una mueca, no recuerdo nada, mis recuerdos se bloquean en el momento en que yo me acerque al asesino. No sé ni siquiera cómo llegue aquí. Sé que fui envenenada porque en mis lapsus de estar medio despierta y medio dormida, escuche al médico hablar sobre veneno. No lo sé, y pensar demasiado solo hará que me sienta peor.
—Su Majestad fue herida, no sabemos los detalles, sin embargo, recibió varias heridas y una flecha envenenada rozo su brazo. Eso fue lo más peligroso —me mira asustada, no por mí, si no por lo que me pudo pasar.
—¿Cómo llegue aquí? —me da curiosidad, nadie podía reconocerme, así que no creo que alguien me hubiera visto y me hubiera regresado al palacio.
—Esmeralda se esforzó mucho para traerla de regreso, su Majestad —sonrío levemente, antes de que se me ocurra preguntar sobre el estado de Esmeralda, las puertas se abren, Martha y Lourdes entran con una bandeja llena de comida—. Debe de tener hambre, Majestad. Por favor, coma algo para que recupere sus fuerzas.
Me ayuda a sentarme, pone muchas almohadas detrás de mí, al sentarme suspiro del alivio, todo el cuerpo me duele, pero ya no por el veneno, si no por la debilidad de haber estado acostada sin hacer nada.
Martha acerca una mesita de madera y Lourdes deja la bandeja y me muestra mi desayuno. Es basto, un jugo de naranja, leche, tostadas, huevos revueltos, tocino, pan con mantequilla, mermelada y wafles. Lindo.
Como siendo observada por las tres mujeres que están en la habitación, las ignoro porque mi estómago se siente vacío.
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? —pregunto mientras engullo un pedazo de tostada.
—Han pasado cinco días, Mama —responde Martha.
—Por cierto, ¿por qué no veo a los duques? —siempre que he estado en una crisis, ellos de inmediato se presentan y lloran por mí, es extraño que no estén aquí, menos cuando he despertado. El silencio que le sigue a mi pregunta es extraño, veo a Bell mientras mastico, después de tragar vuelvo a hablar—. ¿Pasa algo? ¿Les paso algo a los duques? —pregunto asustada. No serán mis padres, pero lo son de este cuerpo y de la anterior Amalia, aunque no les tenga afecto, estoy agradecida por su devoción hacia mí, aunque yo no sea su hija.
—No —responde de inmediato Bell, dejo de comer para verlas, entre ellas tres se observan incómodas—. Es solo que... en cuanto llegó, el palacio de la Emperatriz fue cerrado, ninguna noticia de su situación se comentó. Ningún noble sabe de lo que le ocurrió —mi ceño se frunce, bueno, viéndolo por el lado bueno, esas son buenas noticias.
Así no tendrían que someterme a ningún castigo por salir del palacio, sin escolta y sin avisarle al Emperador.
—Está bien, no pasa nada —tomo el vaso con leche y le doy unos largos sorbos, con el vaso medio vacío, lo dejo de nuevo en su lugar y pregunto lo que he querido saber desde hace rato—. Otra duda, ¿cómo se encuentra Esmeralda? —suspiro triste, debió estar muy asustada—. Debe seguir estando mal, ¿verdad? —para no venir a verme, debe seguir estando en cama.
El silencio incómodo vuelve, mi ceño se frunce mientras veo los rostros pálidos de las tres mujeres que me acompañan, esa aura y ese silencio, no me gustan.
—¿Dónde está Esmeralda? —pregunto asustada, no quiero pensar lo peor, pero en este caso, no sé qué esperar. Bell hace una reverencia.
—Por la ineptitud de sus sirvientes, usted casi muere, Majestad. Su vida es mucho más importante que la de cualquier simple sirviente —mis ojos se agrandan y mis manos tiemblan.
—¿De qué hablas? ¿Dónde esta Esmeralda? —elevo la voz aunque me duele la garganta.
—Majestad, la incompetente sirvienta esta siendo interrogada por los caballeros... —no la dejo terminar, aviento la mesita de madera y la bandeja sin importarme la comida, la aviento a un lado y sin importar mi condición, de hecho, olvidando mis dolores, me pongo de pie de inmediato. No sé si estoy en condiciones para salir, pero no me importa.
Camino hasta la puerta.
—Mama, no puede salir.
—Debe reposar.
—Aún no ha mejorado por completo su salud.
Empujo las puertas y salgo de la habitación. Sé que todo lo que dicen es por obligación, no porque quieran. Ellas han estado esperado a que despierte para hacer algo por Esmeralda, lo presiento.
—¿En dónde tienen a Esmeralda? —me detengo al salir de la habitación, porque a pesar de que he estado algún tiempo aquí, todavía no conozco toda la estructura del palacio, veo a Bell que esta quieta detrás de mí—. Dímelo, es una orden —mi corazón late demasiado rápido, mi cuerpo tiembla, tengo miedo de lo que le hayan hecho a esa pobre niña.
—Por aquí, Majestad.
Bell se adelanta y la sigo, Martha me entrega una bata, aunque intenta ponérmela mientras caminamos, se la quito y yo sola me la pongo. Camino apresurada por los pasillos, quisiera correr pero no sé dónde es.
Mientras pasamos, los sirvientes me saludan, no parecen sorprendidos de que haya despertado, supongo que tampoco ellos saben lo que me paso. Salimos del palacio de la Emperatriz y nos dirigimos a una torre un poco lejos, saber a dónde vamos es más fácil ahora, así que corro.
—¡Majestad! ¡No corra!
—¡Su salud!
Ignoro sus gritos de preocupación. Llego hasta la entrada de la torre donde es custodiada por dos hombres.
Me ven confundidos, no esperaban mi llegada.
—Abran las puertas —les digo, respirando con dificultad por el ejercicio abrupto, ambos asienten.
—¡Abran las puertas! ¡Su Majestad la Emperatriz ha venido! —gritan, se escucha el movimiento de unas cadenas y la fuerza que aplican algunos caballeros mientras la enorme puerta de madera de la torre se va abriendo de par en par. En cuanto hay una abertura, entro.
—Mama, ¿qué la trae por aquí? —pregunta un tipo interponiéndose en mi camino, veo detrás de él, no hay nada, ni personas, ni habitaciones, solo una escaleras, esos segundos en los que tardo en contestar, se rompe por un grito.
Ya no puedo con la angustia, lo hago a un lado y subo las escaleras de dos en dos, sosteniendo la falda del camisón, pierdo una pantufla y me vale. Sigo avanzando hasta donde provienen los gritos.
Es realmente una torre, con un camino muy estrecho, escaleras de caracol donde solo puede pasar una persona a la vez, hay puertas separadas por cada vuelta, me imagino que es donde tienen a los prisioneros.
Llego hasta donde provienen los gritos, por suerte la puerta esta abierta.
—Mama —alguien me llama pero lo ignoro.
—Emperatriz, no puede entrar de esa manera... —el primero en darse cuenta de mi presencia es Witten, el mayordomo y asistente del Emperador. En cuanto me ve hace una reverencia.
—Saludos a su Majestad, la Emperatriz... —lo interrumpo.
—¿Qué diablos estás haciendo? —le pregunto al Emperador que sostiene un cuchillo de carnicero, amenazando la muñeca de Esmeralda. Cuando la veo, mi corazón se rompe.
Su bello rostro esta maltratado y lleno de moretones, su ojo izquierdo, no puede abrirlo. Su cabello enredado como una bola de estambre y sucio, no puedo ver completamente su estado porque esta sentada, sus brazos están extendidos en una mesa de madera podrida, además del Emperador y su fan número uno, hay otro sujeto que se mantiene en un extremo de la estrecha habitación. Un claustrofóbico podría morir aquí de un ataque.
—Mama —me llama Esmeralda emocionada, llevo mi mano a mi boca y mis ojos se llenan de lágrimas.
—Esposa —me llama el Emperador—. Es todo un alivio que hayas despertado e incluso que ahora puedes caminar, me sorprende lo rápido que mejoras —se ve molesto, supongo que lo esta porque le cause muchos problemas durante estos días que estuve inconsciente. Ocultar mi salud de los nobles, debió ser estresante.
—Te pregunte, ¿qué diablos estás haciendo? —mira a Esmeralda y luego a mí, deja el cuchillo en la mesa y se encoge de hombros.
—Solo estábamos interrogando...
—¿Interrogar? Majestad, eso es tortura. No tiene nada de interrogatorio —grito molesta, se cruza de brazos. Ahora que lo veo, parece que ha estado aquí algún tiempo, las mangas de su camisa están arremangadas hasta arriba de sus codos, los primeros botones que inician desde el cuello están desabrochados.
—Los métodos de interrogación no tienen nada que ver con el deber de la Emperatriz, no se involucre en esto y vuelva a su alcoba —escucho jadeos detrás de mí. Tanto de sorpresa como de cansancio.
—Me involucra porque esta torturando a mi sirvienta personal —respondo, sin poder quedarme callada ante esta injusticia, el Emperador rueda sus ojos y suspira.
—Emperatriz, ¿cree en la inocencia de esta chica? En una redada, ¿cómo es posible que solo ella saliera ilesa? —su pregunta hace que me duela la cabeza. No recuerdo lo que paso, pero no creo que ella tenga algo que ver.
—Porque yo la protegí —ese es el último pensamiento que recuerde, el Emperador se ríe divertido como si fuera una broma.
—Su vida vale más que la de una simple sirvienta. ¿Cómo es posible que usted sacrifique su vida como si nada? Debió dejar a la sirvienta y escapar, Emperatriz —su tono de voz se eleva.
—Quiero que la sueltes —explicar algo en estos momentos no servirá, porque no recuerdo lo que paso.
—No lo haré. Ella puede estar trabajando para los que intentaron herirte...
—¡Dije que las sueltes! —grito fastidiada, quiero llorar de la impotencia, si hubiera despertado antes, ella no estaría en ese estado, todo porque quise salir, mi acto estúpido y rebelde termino con una consecuencia más allá de la que puedo controlar.
—¡Emperatriz! ¡Vuelva a sus sentidos! —grita respondiendo.
—¡¿Desde cuándo al Emperador le ha importado si vivo o si muero?! ¡Me ha dejado abandonada en un palacio desde que los casamos y ¿cree estar pensando en mí con sus acciones?! —pregunto incrédula—. Parece una broma de mal gusto, Majestad.
—Herirla es herir a la familia imperial, no se tome su posición tan a la ligera. Aunque nuestra relación no es estable, seguimos siendo marido y mujer.
—Hasta que la muerte nos separé —termino—. Y al menos que usted sea un Dios, mi muerte no debería importarle. Si muero y por culpa de quién muero, es mi problema.
—¿En serio cree que puede actuar de esa manera, Emperatriz? —su quijada se aprieta, necesito salvarla.
—Ella trabaja para mí, es mi gente, intentaron matarme a mí, yo misma me encargaré de la investigación de ser necesaria.
—¿De ser necesaria? ¿Cree que no es necesario abrir una investigación en contra de los que intentaron asesinarla?
—Pudo haber sido una coincidencia —aunque lo dudo, ellos llegaron directamente por mí, como si me conocieran. El Emperador se queda en silencio.
—No. Sospecho que ella esta involucrada... —grito de la frustración, y en movimientos rápidos y gracias al poco espacio que tenemos en este lugar, alcanzo a tomar al mayordomo del Emperador, le quito la daga que oculta con su saco y mantiene en su cintura, es gracias a que lo vi que puedo usarlo, no se resiste mientras lo tomo como rehén. Amenazo su cuello con la daga y lo sostengo de los hombros, pareciera un abrazo, el mayordomo se agarra de mi brazo con el que lo pego a mí—. ¿Qué cree que esta haciendo Emperatriz? —grita eufórico, intenta acercarse y presiono con un poco más de fuerza contra el cuello de su subordinado, siento un líquido caliente en mis dedos.
—Dije que soltará a Esmeralda.
—¿Cree que puede amenazarme Emperatriz?
—Esta no es una amenaza, Majestad. Yo creo que el señor Witten también esta involucrado con el intento de asesinato en mi contra, así que solo lo tomaré como testigo y lo interrogaré, este es solo un método para asegurarme de que no escape —su mirada es poco agradable. En estos momentos debe querer matarme.
—Emperatriz... —me llama con los dientes apretados—. El señor Witten es inocente...
—¿Cómo saberlo Majestad? Yo solo me preocupo por usted, tal vez esta vez fue contra mí, pero luego puede ir por su cabeza. Es la persona que más sabe además de usted, es una persona peligrosa, ¿cómo puedo estar segura de que es inocente? —el señor mayordomo esta temblando, me siento culpable por usarlo de esa manera, pero es la única forma para salvar a Esmeralda, quien me mira con su único ojo medio sano, derrama lágrimas.
—Mama —tartamudea por su llanto. Al final el Emperador desiste y le hace una señal al que parece ser el carcelero, saca unas llaves y le quita las cadenas a Esmeralda.
—Sabía que eras tonta, pero no creí que fueras tan estúpida. Mantener a tus enemigos cercas solo les dará más posibilidades para lastimarte —sacude su cabeza en una negativa, veo a Esmeralda que cojea lentamente hasta donde estoy, le sonrío levemente aunque sigo asustada.
—Lo mantengo a usted cercas, Majestad —le respondo a su crítica. Resopla molesto.
—Tu sirvienta será liberada, pero con su cojera, no creo que se recuperé. Debes deshacerte de ella de inmediato —mi ceño se frunce.
—¿Por qué debería? —aún sostengo a su mayordomo, Bell se adelanta para tomar a Esmeralda que parece sorprendida por las palabras del Emperador.
—Es una discapacitada. No sirve.
—¡¿Y por culpa de quién quedó así?! ¡Si me hubieras esperado! —grito.
—Podías haber muerto mientras esperaba —me responde—. La culpable eres tú. Todo esto no hubiera pasado si no hubieras salido del palacio sin escolta y sin permiso —en eso tiene razón.
—Ella seguirá trabajando para mí —murmuro derrotada.
—No, es una incapacitada —maldito terco. Yo más que nadie sé que una incapacidad no hace imposible a las personas para tener una vida más o menos normal. Esta forma de pensar tan barbárica me molesta. Así que sostengo con fuerza la daga y en vez de amenazar el cuello del mayordomo llevó la punta de la daga al ojo derecho del sujeto, esa acción hace que todos se queden quietos, el Emperador me mira como si estuviera loca.
—Si lo dejo tuerto, es un incapacitado. Él tampoco deberá trabajar para su Majestad, el Emperador —sostengo con fuerza la barbilla del mayordomo para que no se le ocurra moverse y encajarse la daga. No quiero llegar a ese extremo.
—Emperatriz, estás llegando demasiado lejos —da un pequeño paso, retrocedo y acerco más la punta al ojo, el mayordomo chilla y se remueve un poco—. ¿Por qué tienes que llegar tan lejos por una sirvienta? —grita molesto.
—Porque es mi culpa, ¿sí? —mi voz se rompe y lagrimeo un poco—. Yo sé que es mi culpa, hice que terminara de esa manera por mi estupidez. Ella... solo es una niña, por mi culpa no podrá casarse, no podrá vivir como antes —sollozo desesperada porque me entienda a lo que quiero llegar.
Nos quedamos en total silencio luego de mi confesión, con la amenaza palpable. El Emperador bufa y asiente.
—Está bien, puedes conservarla —suspiro aliviada y suelto al mayordomo, quien corre de inmediato hacia el Emperador, poniéndose detrás de él, un lugar seguro. El Emperador se acerca hasta mí con solo dos pasos largos, cierro mis ojos y me encojo esperando el golpe.
Aunque odiaría ser golpeada, sé que esta vez me lo merezco. Sin embargo, nada sucede. Abro mis ojos y el Emperador me arrebata la daga, se la pasa a su mayordomo que la toma con las manos temblando por el susto que le hice pasar. Luego toma los listones de la bata y la cierra.
—Eres una paciente que sigue en recuperación y se te ha ocurrido venir hasta aquí, solo por una doncella —murmura, ya no parece molesto, aunque acabamos de tener una pelea, debo hablar o después será difícil para mí decirle.
—Lo siento —arquea una de sus cejas rojizas—. Por causar tantos problemas —susurro avergonzada. Suspira y asiente.
—Sí, causas demasiados problemas. Si lo sabes, deja de hacerlo —ve mis pies y yo también lo hago, un pie esta descalzo y el otro no—. Que alguien vaya por el zapato de su Majestad —ordena—. Debo volver al trabajo. Si estás segura de que puedes hacerte cargo de lo demás, lo dejo en tus manos. Los detectives... los tienes a tu disposición —asiento lentamente. Se ve más tranquilo que hace unos minutos.
—Gracias —siempre hay que estar agradecidos con quien te ayuda.
—Gracias a ti por despertar —palmea mi hombro y se marcha. Una vez que escucho sus pasos lejanos, me tambaleo, todo se oscuro por breves segundos y me golpeo contra la pared.
—Mama —me llama Bell asustada, se acerca a mí y me toma de los hombros, sonrío levemente—. No debería exigirse más, Mama —me pide. Asiento, veo a Esmeralda que se acerca a mí dubitativa.
—Lo siento mucho, Esmeralda. Por mi culpa... —estalla en llanto interrumpiendo mi sincera disculpa, se acerca hasta mí y me abraza.
—Mama, ha despertado... estaba tan asustada... ese... ese día... no puede hacer nada por usted... merezco la muerte —sigue tartamudeando debido a los sollozos, suspiro, ella estaba preocupada por mí en lugar de preocuparse por sí misma.
—Ese día... ¿cómo fue que sobrevivimos? —le pregunto, completamente curiosa por saber cómo llegamos a sobrepasar ese ataque, aún sollozando, Esmeralda habla.
—Un hombre... un misterioso hombre la rescató. No sé cómo paso, pero me dijo que escapará con usted —responde brevemente. Aunque quisiera interrogarla y hacerle muchas preguntas, debe sentirse cansada, acaricio su cabeza.
—Primero volvamos, debes darte una ducha, comer y tratar esas heridas —pienso en alguien más que debería ser tratado—. Bell, entrega al mayordomo del Emperador un ungüento para las cicatrices, y dile que le ofrezco mis disculpas por haberlo tratado de esa manera —digo avergonzada, Bell asiente.
—Hay que regresar, Majestad —me dice, me río entre dientes, perdiendo toda adrenalina que había acumulado y sintiendo mis piernas de gelatina.
—Esa sería buena idea, pero... —veo al carcelero que sigue estando en esta pequeña habitación—. ¿Podrías ayudarme a bajar? Por favor —le pregunto al carcelero, parpadea pero asiente.
—Por supuesto Majestad.
Como el espacio de las escaleras es muy estrecho, la única manera en que me puede bajar es cargándome de caballito. Se acuclilla frente a mí dándome la espalda. Bell y Martha me ayudan a agarrarme del joven porque ya no puedo con mi alma.
Me sostiene de las piernas con mucho cuidado, como si tuviera miedo de tocarme una nalga.
Suspiro dejándome ser, no voy a ocultar que mi peso no es el de una pluma, si no el de una foca, todavía no llego a peso pesado estilo ballena, pero si sigo comiendo cinco veces al día, en un año estaré para rodar.
Bajamos las escaleras lentamente y me quedo dormida en el proceso.
Gaste muchas energías, más de las que tenía.
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Updated 139 Episodes
Comments
Elisa Patico
No que no lastimaba inocentes? Maldito degenerado, ojalá te quedes viejo y solo por el resto de tu miserable existencia
2023-12-05
2
Monikita
ay no que desgraciado es un gran hipócrita
2023-11-18
1
Monikita
maldita hipócrita
2023-11-18
1