En una mansión aislada entre bosques nevados, el antiguo clan Vane oculta secretos que podrían destruir el mundo vampírico. Julian Vane, un vampiro de doscientos veinte años, ha perdido toda conexión con su humanidad, hasta que conoce a Leo Ardent, un joven restaurador de arte cuya sangre guarda un misterio ancestral.
Atraídos por una conexión inexplicable, ambos se adentran en una historia de obsesión, secretos familiares, celos y deseos prohibidos. Pero mientras el pasado amenaza con repetirse, Julian deberá enfrentar una verdad aterradora: la sangre puede unir sus destinos, pero jamás garantizar que Leo llegue a amarlo.
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Capítulo 1.
La primera impresión que Leo tuvo de Blackthorn fue que la casa estaba demasiado viva.
No era una idea racional. Las casas no respiraban, no escuchaban y, desde luego, no podían observar a sus visitantes.
Pero aquella mansión parecía hacer las tres cosas.
El vestíbulo olía a madera antigua, cera de abejas y rosas marchitas. Sobre las paredes colgaban retratos de hombres y mujeres vestidos según modas de siglos diferentes. Algunos tenían una semejanza inquietante entre sí: la misma palidez, la misma mirada inmóvil, la misma expresión de quienes conocían el final de todas las historias.
Leo dejó su maleta junto a una columna.
—¿Señor Ardent?
Se volvió.
Una mujer alta, vestida de negro, descendía por la escalera. Su cabello plateado estaba recogido en un moño impecable. No aparentaba más de cincuenta años, pero su mirada tenía la severidad de alguien acostumbrado a ver fracasar a personas mucho mayores.
—Leo —respondió él—. Gracias por recibirme. El camino estaba bastante complicado.
—Las carreteras suelen estarlo en octubre. La nieve es una de las pocas cosas que todavía no hemos conseguido controlar.
Ella le ofreció una mano.
—Evangeline Vane.
Leo estrechó sus dedos.
Estaban helados.
No fríos como las manos de alguien que acababa de entrar desde el exterior. Helados como una pieza de mármol olvidada en una cripta.
Evangeline lo estudió durante un segundo más de lo necesario.
—Ha sido difícil encontrar a alguien dispuesto a aceptar este trabajo.
—Me gustan los archivos antiguos.
—¿Y las cosas muertas?
Leo levantó la mirada.
La mujer sonrió con una cortesía perfecta.
—Los objetos, señor Ardent. Los cuadros, los libros, las esculturas. Este lugar está lleno de ellos.
—Supongo que las cosas muertas son más fáciles de entender que las personas vivas.
La sonrisa de Evangeline desapareció por una fracción de segundo.
—Eso mismo dijo alguien de esta familia hace mucho tiempo.
Antes de que Leo pudiera preguntarle quién, un ruido resonó en el piso superior.
Un golpe.
Después, el sonido de unos pasos.
Evangeline alzó la cabeza con una expresión que no era exactamente molestia.
Parecía preocupación.
—Le ruego que ignore cualquier cosa extraña que pueda escuchar durante su estancia. La casa es antigua y sus habitantes tienen horarios poco convencionales.
—¿Incluyendo caminar como si estuvieran intentando derribar el techo?
—Especialmente eso.
Y entonces Leo lo vio.
Un hombre permanecía en lo alto de la escalera, apoyado contra la barandilla de hierro forjado.
Vestía pantalones negros, camisa del mismo color y un abrigo largo que parecía pertenecer a otra época. Tenía el cabello oscuro, la piel extraordinariamente pálida y una belleza que resultaba casi ofensiva en su perfección.
No sonrió.
Simplemente miró a Leo.
Y Leo sintió que acababan de pronunciar su nombre dentro de su cabeza.
No había escuchado ninguna voz. No había sucedido nada que pudiera explicar aquella sensación.
Sin embargo, por un instante, tuvo la certeza de que aquel desconocido llevaba mucho tiempo esperándolo.
—Julian —dijo Evangeline, con una advertencia apenas disimulada—. Nuestro nuevo restaurador.
Julian descendió los escalones lentamente.
Uno.
Dos.
Tres.
Leo descubrió que estaba conteniendo la respiración.
Era ridículo. Aquel hombre no había hecho nada. Ni siquiera había pronunciado una palabra. Pero había algo en su forma de moverse que le producía la inquietante impresión de estar viendo a un depredador que todavía no había decidido si la criatura delante de él merecía ser devorada.
Julian se detuvo a escasos pasos.
—Leo Ardent —murmuró.
Su voz era profunda, suave y ligeramente ronca.
—Sí. Encantado de conocerte.
Julian inclinó la cabeza.
—Eso todavía está por verse.
Evangeline suspiró.
—Julian tiene una personalidad difícil.
—Qué manera tan delicada de describirlo, madre.
—Y tú tienes una incapacidad crónica para comportarte como un adulto.
—Tengo doscientos veinte años. Creo que ya he superado la etapa de intentar agradarte.
Leo soltó una risa involuntaria.
Fue un sonido pequeño, pero bastó.
Julian dejó de mirar a su madre.
Sus ojos regresaron a Leo.
Algo cambió en su expresión.
No fue una sonrisa ni un gesto reconocible. Fue una inmovilidad absoluta, como si todas las partes de su cuerpo hubieran recibido simultáneamente una orden de detenerse.
El corazón de Leo latió con fuerza.
Y Julian lo escuchó.
No solo escuchó los latidos.
Escuchó la sangre.
Debajo de la piel de aquel hombre circulaba un aroma imposible, una nota cálida y extrañamente dulce que atravesó sus sentidos como una memoria olvidada. No era simplemente el olor de la sangre humana. Julian había conocido miles de personas, había compartido habitaciones con reyes y poetas, y había reconocido la enfermedad, el miedo y la muerte en incontables cuerpos.
Aquello era distinto.
Aquella sangre le resultaba familiar.
Tan familiar que, por primera vez en más de un siglo, sintió miedo.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Leo.
Julian apartó la mirada con una brusquedad que no consiguió ocultar.
—Perfectamente.
—Pareces enfermo.
—Y tú pareces alguien que hace demasiadas preguntas para llevar menos de cinco minutos en mi casa.
—No sabía que las preguntas tuvieran un límite de tiempo.
Esta vez, Julian sí sonrió.
Fue una sonrisa lenta, peligrosa y genuinamente divertida.
—Oh, Leo. Me parece que vamos a tener problemas.