Sinopsis:
A los catorce años, ella se internó en la selva para salvarle la vida de un secuestro; a cambio, él la redujo a un recuerdo insignificante: una niña habladora, flacucha y con gafas.
Siete años después y tras la trágica pérdida de sus padres, un matrimonio por conveniencia y gratitud los une solo sobre el papel para proteger el patrimonio farmacéutico de su familia. Para ella, era la oportunidad de reencontrarse con el amor silencioso de su infancia; para él, el brillante y arrogante heredero de un imperio aeronáutico, no era más que un trámite molesto.
La ilusión se rompe en mil pedazos en la oscuridad de un club nocturno, cuando ella escucha cómo él se burla cruelmente de su recuerdo ante sus amigos, ignorando que la mujer que tiene a unos metros es dueña de una belleza arrolladora y un intelecto letal.
Sin reclamos ni lágrimas, la respuesta llega el lunes por la mañana: una demanda de divorcio exprés por matrimonio no consumado.
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5: El peso de un rival
Alexander estiró la mano para sujetarla por el brazo, pero Elena esquivó el contacto con la agilidad felina de quien ya no le teme a las sombras. El vacío que dejó su muñeca en los dedos de Alexander se sintió como una quemadura.
—No me toques —advirtió ella, con un tono tan sereno como tajante—. Ese tipo de confianza murió el viernes en la terraza de Vértigo, cuando me reducías a un chiste frente a tus socios.
Alexander se quedó congelado, con la mandíbula desencajada. La mención del club fue el tiro de gracia que le confirmó la peor de sus sospechas: ella lo había oído absolutamente todo.
—Elena, escúchame... —empezó él, dando un paso al frente con la desesperación asomando por primera vez tras sus ojos grises—. Aquello... aquello fue una estupidez. No sabía de lo que estaba hablando. Mis amigos...
—No te justifiques, Alexander. Te ves patético —cortó ella con una sonrisa gélida—. Te limitaste a ser quien siempre fuiste: un hombre vacío, cegado por su propio ego. Me hiciste un favor enorme. Me quitaste diez años de ceguera en dos minutos.
Sin esperar réplica, Elena desactivó la alarma del Porsche, subió con una elegancia impecable y cerró la puerta. El cristal polarizado subió al instante. El motor rugió con un ronroneo potente y el auto salió del estacionamiento sin que ella le dedicara un solo vistazo por el retrovisor.
Alexander se quedó plantado en medio del asfalto, respirando entrecortado. Su pecho subía y bajaba con violencia.
«Tengo una cena con un inversionista», la frase le taladraba el cráneo con la insistencia de un taladro de obra.
Subió a su vehículo a toda prisa y arrancó tras ella, manteniendo una distancia prudencial. No era propio de él seguir a una mujer; en su mundo, eran ellas las que orbitaban a su alrededor buscando una mirada suya. Pero en ese momento, el orgullo herido y un terror inexplicable le nublaban el juicio. Tenía que ver quién era ese hombre. Tenía que comprobar con sus propios ojos a qué clase de buitre le estaba entregando su tiempo la que había sido su esposa hasta hacía unas horas.
El recorrido terminó frente a la imponente fachada de L’Ambroisie, un exclusivo restaurante privado ubicado en la zona más aristocrática de la ciudad, al que solo se ingresaba con membresías heredadas o fortunas que cotizaban en bolsa internacional.
Elena descendió del auto entregándole las llaves al valet parking.
Alexander estacionó de mala manera en la esquina contraria, ignorando las quejas del guardia de la entrada, y se adentró en el vestíbulo de mármol negro tras mostrar su credencial de socio vitalicio.
Avanzó con paso rápido hacia el salón privado de la terraza acristalada, pero lo que vio al cruzar el arco de bienvenida le clavó los pies al suelo con la fuerza de un golpe seco al estómago.
Esperaba ver a un banquero anciano, a un burócrata regordete o a un intermediario de laboratorio.
No estaba preparado para el hombre que se puso de pie para recibir a Elena.
Era alto, de hombros anchos y porte imperial, con un traje gris plomo a medida que delataba un físico trabajado con disciplina atlética. Tendría alrededor de treinta y dos años, con una mandíbula afilada, cabello oscuro peinado con prolijidad impecable y unos ojos azules, casi plateados, que irradiaban una autoridad magnética y tranquila. No tenía la soberbia ruidosa de Alexander; tenía esa presencia imponente de los hombres que no necesitan levantar la voz para que el mundo guarde silencio.
Alexander reconoció ese rostro al instante: Bastián Vance.
El heredero principal del consorcio suizo-británico Vance Global, líder mundial en logística médica de alta gama y fondos de biotecnología avanzada. Un titán financiero cuya influencia en el mercado europeo hacía palidecer incluso a las rutas aéreas del conglomerado Foster. Bastián Vance no solo era multimillonario: era doctorado en Farmacogenética por Oxford, un estratega brillante y el soltero más codiciado y esquivo del continente.
Alexander sintió un nudo amargo en la garganta al ver cómo Bastián se inclinaba ligeramente sobre la mesa, tomando la mano de Elena con una delicadeza reverente y rozándola con los labios.
—Llegas a tiempo, doctora Morel —dijo Bastián, con una voz profunda, aterciopelada y de un acento cosmopolita que rezumaba magnetismo—. Aunque debo confesar que si hubieras tardado una hora más, la espera habría valido cada segundo. Estás deslumbrante.
Elena, que venía con el escudo de hielo levantado tras su cruce con Alexander, sintió cómo una corriente tibia e inesperada le subía por el cuello.
Por primera vez en mucho tiempo, no la miraban como a un ratón de laboratorio, ni como a una carga conyugal obligatoria, ni como a una niña huérfana pidiendo clemencia. Bastián la miraba como a una reina. Había fascinación en sus ojos plateados, pero también un respeto intelectual absoluto.
—Gracias, Bastián —respondió ella, acomodándose en el sillón de cuero que el mozo retiró con cuidado—. Espero que no te hayas cansado de esperarme.
—Jamás me cansaría de esperar a la mente más brillante que ha pisado un congreso de farmacología en la última década —repuso Bastián, sirviéndole vino tinto de una cosecha privada con una sonrisa cálida que le acentuaba los hoyuelos en las comisillas de los labios—. He revisado tu desglose molecular del Catharanthus-M durante el vuelo desde Ginebra. Elena, lo que lograste con la síntesis de esos alcaloides no es solo ciencia; es una obra de arte. Mis directores de investigación todavía no comprenden cómo estabilizaste la cadena proteica sin degradar el tejido circundante.
Elena sintió que los ojos le brillaban. No por vanidad, sino por esa pasión pura que compartía con la memoria de sus padres.
Comenzaron a hablar de farmacocinética, de rutas de distribución continental y de patentes clínicas. Bastián no solo entendía cada tecnicismo; debatía con ella de igual a igual, proponía soluciones audaces y la escuchaba con una atención tan devota que el mundo exterior pareció desvanecerse para ambos.
Y en medio de esa danza de mentes brillantes, Elena descubrió algo que la descolocó por completo.
Bastián era ingenioso, tenía un humor sutil que le arrancaba risas genuinas y libres, y una galantería sin fisuras. Cuando la escuchaba, apoyaba el mentón sobre una mano y la miraba con una intensidad que le encendía la piel. De pronto, Elena se descubrió a sí misma tocándose un mechón de cabello dorado, bajando la mirada con una coquetería natural que creía enterrada, y sintiendo un aleteo peligroso, vibrante y desconocido en el estómago.
Durante diez años se había convencido de que su corazón solo podía pertenecerle a un muchacho arrogante que la despreciaba. Estar frente a este hombre maduro, seguro de sí mismo, protector y abiertamente cautivado por ella, era como abrir una ventana a un mundo donde ella no tenía que mendigar afecto: era venerada.
A pocos metros, oculto tras la sombra de una columna revestida de mármol y las plantas de la terraza, Alexander observaba la escena con las manos crispadas alrededor de un vaso de whisky que amenazaba con romperse en pedazos.
El espectáculo era una tortura lenta.
Elena jamás se había reído así con él. Jamás la había visto ruborizarse de esa manera, inclinando la cabeza con timidez mientras jugaba con el borde de su copa. Su risa era como una campana de plata, limpia, fresca, llenando el salón. Y ese bastardo de Vance lo sabía. Se movía con la seguridad de un depredador sofisticado: rozó los dedos de Elena sobre la mesa al alcanzarle una carpeta, le sonrió con una complicidad que gritaba intimidad a los cuatro vientos y no apartaba los ojos de sus labios rojos ni por un segundo.
El fuego de los celos le quemó las entrañas a Alexander de una forma tan salvaje que el aire le faltó en los pulmones. No era solo rabia; era un pánico voraz. Vance tenía el dinero, tenía el prestigio y, peor aún, tenía el cerebro y el encanto para ofrecerle a Elena el imperio que ella merecía.
Sin poder contenerse un segundo más, empujado por la rabia ciega de ver a otro hombre ocupando el lugar que él había tirado a la basura esa misma mañana, Alexander dejó el vaso en una bandeja y avanzó hacia la mesa con pasos largos y pesados.
—Vaya, qué sorpresa encontrar a mi exesposa cerrando tratos a espaldas de la industria local —soltó Alexander, interrumpiendo la conversación con una voz cargada de una hostilidad apenas disimulada.
Bastián Vance levantó la vista lentamente. No hubo sorpresa ni sobresalto en sus facciones; solo una calma gélida y aristocrática. Dejó los cubiertos sobre el plato y midió a Alexander de arriba abajo con una ceja ligeramente alzada, reconociéndolo sin darle la menor importancia.
Elena, en cambio, ni siquiera se inmutó. Levantó su copa, dio un sorbo delicado y miró a Alexander con la frialdad de quien contempla a un cliente descontento en una tienda ajena.
—Alexander —dijo ella, con un tono neutro que congeló el aire—. Veo que tu educación corporativa sigue teniendo lagunas. En las reuniones privadas, la gente civilizada espera una invitación para acercarse.
—No necesito invitación para saber quién merodea cerca de los activos que mi familia protegió durante meses —espetó Alexander, clavando los ojos furiosos en Vance—. Señor Vance. No sabía que su fondo de inversión se dedicaba a carroñar sobre patrimonios en reestructuración.
Bastián soltó una risa seca, elegante y profunda. Se limpió la comisura de los labios con la servilleta de lino y se recostó en su respaldo con una postura tan dominante que hizo ver la agresividad de Alexander como la rabieta de un adolescente.
—Señor Foster —dijo Bastián con una voz que derrochaba clase y aplomo—. Lo que usted llama carroñar, en el mundo de los adultos se conoce como visión de negocios. Aunque entiendo su nerviosismo. Si yo hubiera tenido en mis manos a la mujer más brillante y deslumbrante de este país y la hubiera dejado escapar por pura mediocridad, probablemente también estaría haciendo el ridículo entre las mesas ajenas.
Alexander dio un paso al frente, con los ojos inyectados en sangre y las venas del cuello palpitando.
—Cuida tus palabras, Vance. No sabes con quién te estás metiendo ni lo que Elena significa para mi familia.
Bastián no pestañeó. Su mirada azul plata se volvió tan afilada como el hielo polar. Con un movimiento tranquilo pero firme, estiró su brazo sobre la mesa y cubrió con su mano grande y cálida la mano de Elena, entrelazando suavemente sus dedos frente a los ojos desorbitados de Alexander.
Elena no retiró la mano. Al contrario: sintió la firmeza del contacto de Bastián como un ancla poderosa, y una pequeña sonrisa desafiante se dibujó en su rostro al mirar a su exesposo.
—Lo que la doctora Morel signifique para su pasado no tiene la menor relevancia, Foster —sentenció Bastián, con una lentitud demoledora—. Lo que importa es lo que significa para su futuro. Y créame: voy a asegurarme de que ese futuro esté a la altura de su grandeza. Ahora, si nos disculpa, tenemos una cena pendiente y su presencia está estropeando el vino.
Alexander se quedó petrificado, mirando las manos unidas sobre el mantel blanco.
El dolor que le atravesó el pecho fue tan real, tan físico y tan desgarrador que por un instante creyó que el corazón se le partía en dos. Elena no solo no lo necesitaba: estaba mirando a otro hombre con un brillo nuevo en los ojos, un brillo que jamás, ni en mil vidas de arrogancia, él había sabido ganarse.