"Dicen que el amor a los veinte años es una promesa y a los cincuenta es una certeza. Pero ¿qué pasa cuando la certeza se rompe en mil pedazos? Después de treinta años de matrimonio, una traición pública y una depresión que amenazó con apagar su luz, Norielys Bustamante entendió que el fin de una historia no era el final de su vida, sino el despertar de su verdadera fuerza. Entre empresas familiares, hijos leales, amigas incondicionales y el implacable desprecio de la alta sociedad hacia el hombre que la traicionó, Norielys demostró que una reina nunca se queda sin corona, especialmente cuando la vida le regala un nuevo baile con el hombre menos esperado."
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El abrazo de las manadas y el dolor en carne viva
Los minutos que siguieron al llamado de auxilio de Noris se sintieron como una eternidad en la imponente casona de los Santander-Bustamante. No había transcurrido ni media hora cuando el sonido de los autos frenando en seco frente a la entrada principal rompió la madrugada. Dariel y Daniel, acompañados por sus respectivas esposas, irrumpieron en la casa con el rostro desencajado por el pánico. Al subir corriendo las escaleras, encontraron a Daniela y Noris sentadas en el frío suelo del pasillo, abrazadas y temblando de pies a cabeza.
—¿Dónde está? ¿Qué pasó? —preguntó Dariel con la voz ahogada por la desesperación, señalando hacia la recámara principal.
—Está en el baño... No ha querido salir desde que subió. La escuchamos gritar y llorar bajo la regadera—balbuceó Daniela, rompiendo nuevamente en llanto.
Sin pensarlo un segundo más, Dariel empujó la puerta de la habitación y se adentró en el baño, seguido de cerca por Daniel y las chicas. La escena que encontraron les desgarró el alma en mil pedazos. Norielys, una mujer siempre altiva, fuerte e imponente, yacía sentada en el suelo de la ducha, completamente empapada, con su costoso traje sastre arruinado y pegado a su cuerpo, abrazando sus propias rodillas mientras el agua fría seguía cayendo sobre ella.
—¡Mamá! ¡Por Dios, mamá, aquí estamos contigo! —gritó Daniel con la voz quebrada, arrojándose al suelo mojado sin importarle ensuciarse la ropa, para rodearla con sus brazos.
Dariel también se dejó caer de rodillas a su lado, tomando las manos heladas de su madre mientras las lágrimas corrían libremente por sus mejillas. Las esposas de sus hijos y sus hermanas entraron al baño ahogando los sollozos, arrodillándose para abrazarla y cubrirla con una toalla.
Al sentir el calor y la presencia de sus hijos rodeándola, Norielys levantó el rostro. Tenía los ojos hinchados y rojos por el llanto, los labios pálidos y una expresión de sufrimiento tan profundo que parecía haber envejecido años en una sola noche.
—Hijos míos... mis niños... —balbuceó Norielys con una voz rasposa, rota, que apenas y se entendía por encima del ruido del agua—. Duele... Dios mío, me duele el alma entera. No lo vi venir... ¡juro que no vi venir este engaño!
—Tranquila, mamá, estamos aquí, no estás sola, te lo ruego, cállate un momento —le rogaba Dariel, besándole la frente empapada mientras intentaba sostenerla.
—¡Es que no lo entiendo, hijos! —gritó Norielys de repente, con un tono de desesperación que sacudió el corazón de todos los presentes—. ¡Si hace apenas una semana estábamos en el viaje de aniversario! ¡Me miraba con tanta dulzura, me decía cosas tan bonitas, me hacía el amor como si fuéramos unos jóvenes enamorados! ¡¿Cómo pudo hacerlo?! ¡Ay, Dios mío, este dolor me está matando por dentro! ¿Qué hago? ¡¿Qué se supone que haga ahora con los pedazos de mi vida?!
Las lamentaciones de Norielys eran cuchillos afilados clavados en el pecho de sus hijos, quienes lloraban con ella, apretándola en un abrazo colectivo que intentaba, en vano, reparar lo irreparable.
Sintiéndose rebasada por la angustia y viendo que el llanto de su madre no cesaba, la hija menor, Noris, se puso de pie con las piernas temblorosas y salió corriendo hacia la sala. Necesitaba ayuda urgente. Tomó el teléfono fijo de la mesa auxiliar y marcó con premura el número de Margarita, la más cercana de las tres inseparables amigas de su madre. Sabía perfectamente que, a pesar de las horas de la madrugada, ellas debían saber lo que había pasado.
Al tercer tono, una voz adormilada y preocupada respondió al otro lado de la línea.
—¿Bueno? ¿Quién habla a estas horas? —preguntó Margarita.
—¡Tía Margarita! ¡Soy Noris, por favor ayúdanos! —rompió a llorar la joven sin poder contenerse.
—¿Noris? Niña, ¿qué pasa? ¿Estás bien? ¿Le pasó algo a tus hermanos? —preguntó Margarita, incorporándose de golpe en su cama, mientras su esposo, uno de los socios de Darío, encogía los ojos con desconcierto a su lado.
—No somos nosotras... es mamá. Papá nos convocó a una cena esta noche y nos abandonó por otra mujer. Mamá está destrozada, está en el baño gritando de dolor y no podemos calmarla. Por favor, tía Margarita, tú y mis tías Azucena y Sandra vengan, se las suplico, las necesitamos aquí.
—¡Madre mía! Voy para allá ahora mismo. Despierto a Azucena y a Sandra en este instante. Espéranos, niña ya vamos —respondió Margarita con firmeza, colgando el teléfono de inmediato.
No pasó ni media hora cuando el timbre de la casona resonó con insistencia. Noris corrió a abrir la puerta y se encontró con las tres amigas inseparables de su madre: Margarita, Azucena y Sandra, quienes habían viajado de urgencia con la ropa mal puesta y el rostro desencajado por la preocupación.
—¿Dónde está Norielys? ¡Llévanos con ella inmediatamente! —exclamó Sandra con la voz temblorosa apenas cruzaron el umbral.
Al llegar al baño de la recámara principal, las tres amigas se quedaron petrificadas al ver la escena. Sin dudar ni un solo segundo, Margarita, que era una mujer de carácter fuerte pero de corazón noble, dio un paso al frente y tomó el liderazgo de la situación.
—Muchachos, déjenos a nosotras. Salgan un momento del baño, por favor. Nosotras nos encargamos de ella —pidió Margarita con una mezcla de autoridad y ternura maternal.
Los hijos y las nueras, reacios al principio, ayudaron a levantar a Norielys con sumo cuidado y salieron a la habitación, dejando a las tres fieles amigas a solas con ella. Entre las tres la despojaron con delicadeza del traje mojado, la envolvieron en batas tibias y la sentaron en la cama, mientras Norielys seguía sollozando de manera inconsolable.
—¡Por qué me hizo esto, Margarita! ¡Hace una semana me besaba en la playa, me decía que me amaba, y ahora me bota como si fuera basura! ¡Me quema el pecho, amigas, siento que me ahogo! —gritaba Norielys, aferrándose a las manos de Azucena y Sandra como si fueran su único ancla en medio de la tormenta.
—Shhh, tranquila, mi reina, desahógate, llora todo lo que tengas que llorar, estamos aquí contigo y no te vamos a soltar —le decía Azucena con los ojos bañados en lágrimas, mientras le acariciaba el cabello mojado.
Mientras tanto, en la amplia sala de la planta baja, los hijos de Norielys y sus esposas esperaban con el alma en un hilo. Al poco rato bajaron las tres amigas, con el rostro serio y la indignación reflejada en cada gesto.
—Ya se quedó dormida, agotada de tanto llorar. Le prepararon un té caliente con un sedante suave que le dio algo de paz —les informó Sandra con un suspiro profundo, cruzándose de brazos—. Ahora, por favor... explíquenos exactamente qué demonios pasó aquí esta noche. Queremos saber cada maldito detalle.
Dariel, con los nudillos todavía blancos de la rabia contenida, miró a las tres amigas de su madre y, con la voz firme pero cargada de desprecio, comenzó a relatarles la traición imperdonable de su padre: desde el discurso cínico en la mesa hasta la manera en que había nombrado a Dolores Ferrer, desatando la tormenta que hoy los tenía a todos consumidos por el dolor.