Camila y Luciano son grandes amigos desde pequeños, ambos se quieren como hermanos, pero las trampas y envidia de una mujer perversa hacen que dos amigos, unan sus vidas por el bienestar de una inocente.
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El dolor al ver una vieja ecografía
La habitación estaba bañada por la luz grisácea de un atardecer que se filtraba débilmente por las cortinas de seda, tiñendo todo de un tono melancólico y apagado, en algún lugar de los Estados Unidos, lejos de todo lo que alguna vez conocieron, Lidia permanecía sentada junto a la ventana, las manos temblorosas apretando contra su pecho una vieja ecografía, gastada por el tiempo y los infinitos roces de sus dedos.
El papel amarillento, con manchas de humedad y bordes desgastados, era el único tesoro que le quedaba, la única imagen de las dos pequeñas vidas que crecieron en su vientre, las dos hijas que le arrebataron sin piedad antes de que pudiera siquiera ponerles un nombre.
Las lágrimas corrían sin freno por sus mejillas, dejando surcos húmedos en su piel, pasaba los días así, volviendo una y otra vez sobre esa hoja de papel, intentando descifrar entre las sombras borrosas los rostros que nunca llegó a ver, imaginando sus sonrisas, sus ojos, la forma en que habrían sido. —Mis niñas, mis pequeñas sin nombre.— Susurraba con voz rota, acariciando con ternura infinita aquellas formas tenues— ¿Dónde están? ¿Saben que las busco? ¿Saben que las amo con toda mi alma?
Miguel permanecía inmóvil en el marco de la puerta, el corazón encogido en el pecho al verla así, había recorrido juntos medio mundo, gastado fortunas, interrogado a cientos de personas, seguido cada rastro, cada pista, cada esperanza — Aun así, después de diecinueve años, el vacío seguía ahí, inmenso y doloroso, como el primer día en que se las llevaron.
Ver a Lidia desmoronarse así era la tortura más cruel que podía soportar, Entra despacio, sus pasos suaves sobre la alfombra, y se sienta a su lado, rodeándola con sus brazos fuertes y protectores, atrayéndola contra su pecho para que pudiera llorar libremente, para que sintiera que no estaba sola en esa inmensa tristeza.
—Mi amor. —murmuró él, besando su cabello con infinita dulzura— Sé que duele, sé que parece que nunca llegaremos a encontrarlas, pero te lo prometo, no descansaremos hasta tenerlas entre nuestros brazos, no importa cuánto tiempo pase, cuántos caminos debamos recorrer, jamás dejaremos de buscarlas.
Lidia se aferró a su camisa como si fuera el único ancla en un mar de desesperación, empapando la tela con sus lágrimas. —Son nuestras hijas Miguel, nuestras mellizas, no tenemos ni idea de dónde están, ni si están bien, no sabemos si saben que tienen padres que las aman más que a la vida. —Levanta la mirada hacia él, sus ojos rojos e hinchados llenos de un dolor profundo y antiguo— A veces siento que el destino se burla de nosotros, que nunca las hallaremos.
Miguel le acarició suavemente la mejilla, secando sus lágrimas con la yema de los dedos, con esa ternura que solo él sabía darle. —No pienses eso, mientras respiremos, hay esperanza, precisamente por eso he venido a hablar contigo, algo me dice que algo está cambiando, que el destino por fin nos tiende una mano.
—Hace una pausa, buscando las palabras justas— He cerrado tratos con varios socios en estos meses, y hoy formalizo una alianza muy importante con un joven empresario, dueño de clínicas, laboratorios y negocios de gran envergadura. Se llama Emiliano Ferrari Soler. Es un hombre íntegro, brillante, con una fortuna inmensa pero un corazón noble y algo me dice que no es casualidad que nuestros caminos se crucen, tendremos que retornar a Roma.
Lidia lo mira con ojos cansados, pero una pequeña chispa de curiosidad se encendió entre tanta oscuridad. —¿Crees que él puede ayudarnos?
—No lo sé todavía, mi vida, Pero su presencia me da una extraña paz, como si el universo por fin nos abriera una puerta. —Miguel toma sus manos de Lidia entre las suyas, apretándola con firmeza— Vamos a conocerlo, a trabajar junto a él y quién sabe, tal vez, muy pronto, empecemos a encontrar respuestas que llevamos toda una vida esperando.
Lidia mira de nuevo la ecografía entre sus manos, y por primera vez en mucho tiempo, su corazón dolorido sintió un soplo de esperanza, tenue pero real, Apoya la cabeza en el hombro de Miguel, y juntos se quedaron en silencio, abrazados, soñando con el día en que por fin pudieran llamar hijas a las dos niñas que nunca dejaron de buscar.