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Los Quiero De Vuelta

Los Quiero De Vuelta

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / CEO / Época / Completas
Popularitas:6k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Él ocultó su inmensa fortuna.
Ella escondió su poderoso apellido.
En un viaje de negocios, dos extraños se enamoran perdidamente bajo el anonimato, sin saber que ambos pertenecen a los mundos más influyentes. Pero cuando ella escucha una dolorosa verdad a medias que hiere su orgullo, decide marcharse sin dejar rastro, llevándose consigo el secreto más grande de sus vidas.
Años después, el destino los vuelve a cruzar. Él ya no es el hombre que desconfiaba; ahora sabe la verdad y no se detendrá ante nada. El tiempo ha pasado, ella no está sola, y él solo tiene una misión: «Los quiero de vuelta».

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 19: La tormenta desatada

Federico cortó la llamada y bajó el teléfono a la mesa con la respiración entrecortada y los nudillos blancos de pura rabia contenida. Sus ojos claros ardían con una furia oscura que Sofía jamás le había visto.

—¿Qué pasa, Federico? —exigió ella, poniéndose de pie al instante con la intuición en alerta máxima—. ¿Quién viene en camino?

—Mi padre —respondió él, con la voz templada en un tono grave y áspero—. Aterrizó su avión privado hace media hora con auditores de Ginebra y asesores de prensa. Se enteró de que cancelé compromisos en el exterior y va directo a la torre de tu padre a exigir respuestas sobre la supuesta demora de la alianza energética. Cree que el Grupo Del Valle está saboteando los plazos.

El rostro de Sofía no mostró una sola gota de miedo. Al contrario: una frialdad soberana, idéntica a la de Roberto Del Valle en sus momentos más implacables, cubrió sus facciones.

—Nadie entra a la torre de mi padre a exigir nada —sentenció Sofía con voz baja y letal, guardando su teléfono en el bolso con movimientos precisos—. Y mucho menos un hombre que cree que el mundo entero se arrodilla ante sus chequeras.

Se giró hacia el corralito infantil, donde Theo continuaba encajando piezas de madera en el rompecabezas del tren, completamente ajeno a las nubes negras que se cernían sobre la ciudad.

Sofía sacó su móvil y marcó a Bruno.

—Bruno —dijo sin preámbulos en cuanto atendió—. Necesito que tú y Valentina vengan a la confitería de la plaza cultural en este mismo segundo. Llévate a Theo a la residencia familiar con mi madre. Cierren los portones y no lo dejen salir al jardín hasta que yo regrese.

—¿Sofía? ¿Qué carajos pasó? —preguntó Bruno al otro lado, con el sonido de las llaves del coche tintineando al instante.

—El padre de Federico acaba de llegar a la ciudad y va a la torre corporativa —explicó ella en un susurro cortante—. Voy hacia allá ahora mismo.

Federico dio la vuelta a la mesa y se colocó frente a ella, mirándola con desesperación y firmeza.

—No vas a ir sola, Sofía —dijo él, sin dejar espacio para la duda—. Este monstruo lo alimenté yo durante años con mi silencio y mis miedos. Ernesto Albarracín es mi padre, y seré yo quien le ponga un freno en la cara delante de quien sea necesario.

Sofía lo miró a los ojos, midiendo la verdad de sus palabras.

—Mi padre sabe destruirlo sin pestañear, Federico —le advirtió ella con frialdad.

—No dudo del poder de don Roberto —replicó él, bajando la voz con una intensidad sobrecogedora—. Pero tú y Theo son mi vida, Sofía. Y no voy a permitir que la sombra de ese hombre vuelva a tocar a lo único sagrado que tengo. Si hay que dinamitar el apellido Albarracín para protegerlos, lo haré hoy mismo.

Diez minutos más tarde, un frenazo suave frente a la confitería anunció la llegada de la camioneta negra. Bruno y Valentina entraron al local casi corriendo.

—Tranquila, leona, Theo está a salvo con nosotros —aseguró Valentina con el rostro encendido de determinación protectora, acomodando al niño en sus brazos mientras Theo saludaba con entusiasmo a su tío favorito.

—¡Mamá, dejé el tren casi terminado! —avisó el pequeño, dándole un beso ruidoso en la mejilla a Sofía.

—Lo terminamos después, mi amor. Pórtate bien con los tíos —susurró Sofía, besando su frente pecosa con devoción antes de verlo salir custodiado por sus dos mejores amigos.

En cuanto las puertas de cristal se cerraron, Sofía y Federico salieron a la avenida. El aire de la tarde se sentía cargado, presagiando tormenta.

—Vamos en mi auto —ordenó Federico, abriendo la puerta del copiloto de su todoterreno con una urgencia que no admitía dilaciones.

En el piso treinta y cinco de la torre central del consorcio Del Valle, la calma habitual del despacho presidencial había sido violentada.

Las puertas dobles de caoba estaban abiertas de par en par. En la antesala ejecutiva, una comitiva de hombres con trajes europeos a medida, maletines rígidos y expresión altiva custodiaba a su líder.

En el centro del salón, de espaldas al ventanal que dominaba el río, se encontraba Ernesto Albarracín.

Tenía casi sesenta años, el cabello completamente blanco peinado con gomina hacia atrás, facciones angulosas y una mirada calculadora de ojos grises que jamás parpadeaba. Vestía un abrigo de cachemira gris perla con cuello de piel y sostenía un bastón de empuñadura de plata que apenas usaba para apoyar su peso, sino como un símbolo de poder aristocrático.

Al otro lado del escritorio, Roberto Del Valle no se había molestado en ponerse de pie. Permanecía sentado con su camisa azul de gemelos discretos, revisando con absoluta parsimonia unas órdenes de carga marítima.

—No acostumbro a recibir visitas que no figuran en mi agenda, señor Albarracín —dijo Roberto sin levantar la cabeza, pasando la página con lentitud exasperante.

Ernesto soltó una risa seca, desprovista de cualquier calidez.

—Vine a resolver en persona la incompetencia de mi hijo, Del Valle —escupió Ernesto con voz metálica y acento refinado—. Federico lleva dos semanas retrasando la firma final del suministro en el Cono Sur y cancelando juntas en Zúrich por pasearse en suburbios como un vagabundo. Mi firma no tolera caprichos sentimentales ni pérdidas millonarias. Si su consorcio petrolero está buscando renegociar las tarifas a última hora, le aconsejo que lo piense dos veces: Albarracín Luxury puede buscar proveedores en Medio Oriente esta misma tarde.

Roberto Del Valle cerró el informe con un golpe seco que resonó como un disparo en la sala. Se quitó los lentes, los dejó sobre el escritorio y se levantó con toda su imponente estatura. Sus hombros anchos y su mirada de acero hicieron que dos de los asesores suizos de Ernesto retrocedieran un paso por puro instinto.

—Usted puede comprar combustible en Medio Oriente, en el Ártico o donde le plazca, Albarracín —respondió Roberto con una calma devastadora—. Mi consorcio no necesita sus hoteles para seguir siendo el amo de la energía en este continente. Y en este edificio, el único que habla de negocios de pie frente a mí... es alguien que haya aprendido modales primero.

Ernesto apretó la empuñadura de plata de su bastón, sorprendido por la insolencia del magnate local.

—No vine a aprender modales de un petrolero rudo —contraatacó Ernesto con desdén ponzoñoso—. Vine a saber con qué clase de distracción barata mi hijo está perdiendo el tiempo en esta ciudad. Mis informantes me dicen que Federico anda rondando a una mujer con un bastardo a cuestas, olvidando su linaje y arriesgando el patrimonio de nuestra dinastía.

El aire se extinguió en la sala.

Roberto Del Valle dio un paso al frente con los ojos inyectados en sangre, dispuesto a cruzar el escritorio para destrozar al hombre que acababa de insultar la sangre de su familia.

Pero antes de que el patriarca diera el segundo paso, las puertas de la oficina se abrieron con un estruendo violento.

—¡Retira cada una de tus palabras si no quieres que te arranque la presidencia del directorio ahora mismo, Ernesto! —rugió la voz de Federico desde el umbral, con la furia de un león herido.

Y a su lado, con la barbilla en alto, los ojos echando chispas y un porte de reina intocable, Sofía Del Valle entró al despacho, clavando su mirada de fuego en el hombre que una vez enseñó a su hijo a desconfiar del mundo.

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Almonte De Rodriguez Yamilet
👏🤔 interesante
Maria Laura Perez: 🥰 gracias
total 1 replies
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