Sinopsis:
Un matrimonio por conveniencia de dos años. Dos mentes calculadoras dispuestas a todo.
Emma creía que Dilan era el títere perfecto para lograr su venganza familiar y luego desaparecer con su herencia. Dilan sabía que Emma era un lobo con piel de cordero desde el día en que la conoció, y la eligió por eso.
Cuando las mentiras salen a la luz y el imperio de piezas se derrumba, ella exige la libertad que estipulaba el contrato. Pero él tiene una nueva condición: "Úsame, destruye a quien quieras, pero te quedas conmigo". Una historia de amor obsesivo, secretos y poder donde el peligro más grande no son los enemigos externos, sino la atracción entre los dos. Una pregunta que Emma no sabe cómo responder: ¿Se puede ganar una guerra cuando tu mayor enemigo está dispuesto a entregarte todo con tal de que lo ames?
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Capítulo 10
Emma
Mi madre se me quedó viendo fija, implacable, como si acabara de confesar el peor de los crímenes.
—Somos jóvenes todavía —insistí, intentando que mi voz no temblara frente a su escrutinio—. Aún queda mucho tiempo.
—El momento de tener hijos es ahora. Llevan casados dos años —sentenció ella, cruzándose de brazos—. Lo más importante para que un matrimonio funcione es un hijo, Emma. Grábatelo.
Dilan amagó con intervenir, tensando la mandíbula, pero mi madre no le dio oportunidad.
—Me llevaré a mi hija un momento —anunció con un tono que no admitía réplicas. Me tomó firmemente de la muñeca y me arrastró literalmente hacia la cocina.
Verla en ese estado me provocó un escalofrío. El miedo me atenazó el estómago; mi madre siempre había sido una mujer estricta, alguien cuyas palabras eran ley absoluta. Y la verdad era que, desde que me había casado con Dilan, no había cumplido ni una sola de sus órdenes.
En cuanto la puerta de la cocina se cerró, se dio la vuelta y me acorraló con la mirada.
—¿No quieren hijos... o eres tú la que no los quiere?
—No quiero ser madre —solté, sosteniéndole el tono a pesar del pánico.
—¡Estás loca! —exclamó, exasperada—. ¡Un hijo es lo único que te falta para tener tu lugar asegurado en esa familia!
—No, mamá. Puedo ocupar mi lugar en el mundo sin necesidad de dar a luz.
—¡Es que no entiendes nada! —siseó, dándome un leve empujón en el hombro—. El día de mañana, cuando él se canse de ti, te dejará de lado. Si tienes un hijo, aseguras tu futuro, ¿lo entiendes? No importará si te es infiel o no. Un hijo te garantiza el puesto de esposa legítima para siempre.
—Si Dilan llega a ser infiel, me divorcio —repliqué con firmeza, harta de sus cálculos fríos.
Los ojos de mi madre se encendieron en furia.
—¡Ni se te ocurra pensar en eso! ¿Sabes lo mucho que nos esforzamos para mantener este compromiso en pie? Si no fuera por ti, tu hermana sería la esposa de Dilan hoy mismo.
Ese reclamo me dolió en lo más profundo, transformando mi miedo en pura indignación.
—Sabes perfectamente lo mucho que me negué a este matrimonio. ¡No me eches la culpa de algo a lo que fui obligada!
—¡Él te quería a ti! —me gritó en un susurro rabioso—. Y por eso mismo debes usar ese favor a tu ventaja. ¡Complácelo! Un hijo hará que ese hombre sea tuyo por completo.
—No quiero. Dilan no está interesado en mí de esa manera.
—¡Hace lo que sea que tú le pidas! La que no quiere eres tú, y él lo sabe perfectamente. Por eso se niega a venir a cenar con nosotros o a asistir a los eventos de la empresa, ¡porque sabe que tú no irás!
De pronto, su expresión se suavizó de una manera casi tétrica. Me tomó de las manos, apretándolas con desesperación.
—Si le das un hijo, estoy segura de que lo harás el hombre más feliz del mundo —dijo, esbozando una sonrisa ensayada.
Se me hizo un nudo asfixiante en la garganta. Miré sus manos sobre las mías y sentí náuseas. Ella solo miraba por la felicidad y el estatus de los demás, mientras que la mía siempre había sido algo desechable.
—No quiero ser una madre como tú —susurré, arrastrando cada palabra.
Mi madre parpadeó, impactada.
—¿Qué?
Levanté la mirada, encarándola con una valentía que no sabía que poseía, a pesar de verla más molesta que nunca.
—¿Soy una mala madre para ti? —me preguntó, usando esa voz cargada de autoridad con la que siempre me hacía encoger.
—No quise decir eso... —intenté retroceder por puro instinto.
—Lo dijiste claro y fuerte: no quieres terminar siendo una madre como yo. ¡Soy una mala madre a pesar de que me esforcé por darte lo mejor! ¡Por sacarte de esta casa y convertirte en una mujer de valores!
—Creo que te confundes —solté, rompiendo el hilo de voz que me quedaba, dejando salir todo el resentimiento acumulado—. A mí no me has enseñado nada de eso. Todo lo que sé me lo enseñaron mis nanas. Tú solo te la pasabas prohibiéndome todo lo que me gustaba, mientras que a mi hermana le consentías absolutamente todo. Ella es tu verdadera hija. A ella debiste casar en primer lugar... ¿O ya se te olvidó lo que dijiste justo antes de la cena de compromiso?
Mi madre me clavó una mirada asesina. Hacía años que yo no le respondía de esa manera, pero estaba al borde del abismo. Ella solo buscaba el beneficio ajeno, nunca el mío.
—Te dejamos ocupar el puesto de tu hermana —reprochó con desprecio.
—¡Nunca me preguntaste! —grité, liberando toda la frustración que me quemaba el pecho—. ¡Me obligaste a firmar ese maldito papel de unión! ¡Para ti solo soy eso, una maldita obligación!
La respuesta a mi grito fue un golpe seco. Una bofetada limpia e implacable que me descolocó la cara y me hizo tambalear.
El dolor físico no fue nada comparado con el zumbido que me quedó en los oídos. Me quedé helada, acariciando mi mejilla caliente, mirándola fijamente mientras las lágrimas comenzaban a desbordarse por mis ojos sin control.
—Soy tu madre —declaró ella, respirando agitada.
—No. No lo eres.
—¡Basta! —me gritó, levantando la mano otra vez.
—¡No quiero ser madre para terminar como tú! —le grité de vuelta, plantándole cara—. ¡No pienso atarme a un hombre solo para cumplir sus caprichos! ¡No quiero vivir para complacer a nadie! ¡Quiero ser libre! ¡Quiero ser yo misma!
Mi madre alzó el brazo dispuesta a golpearme de nuevo, pero el impacto nunca llegó. Sentí unas manos firmes y protectoras posarse sobre mis hombros. El calor de Dilan me envolvió de inmediato cuando me dio la vuelta con delicadeza y me pegó a su pecho, escudándome con su cuerpo.
—Fue suficiente. Mi esposa no se siente bien —declaró Dilan. Su voz ya no era calmada; era un témpano de hielo que cortaba el aire. Sin darle tiempo a mi madre de reaccionar, me sacó de la cocina a paso firme.
—Hijo... —llamo, la madre de Dilan se levantó en cuanto nos vio cruzar la sala.
No quise mirar a nadie. Me hundí más en el pecho de Dilan, escondiendo mi rostro cubierto de lágrimas contra su camisa. Solo quería desaparecer.
—Es nuestra decisión tener hijos —sentenció Dilan, deteniéndose en seco frente a sus padres y mis padres—. Y respecto al contrato, ya no es un problema entre nosotros. Si vuelvo a escuchar una sola palabra sobre este tema, se van a arrepentir.
—¿Nos estás amenazando? —preguntó su padre, encendido de ira.
—Nunca me he metido en las decisiones que tomas con tu vida, respeta las mías —replicó Dilan, indomable—. Mi esposa no quiere ser madre y yo acepto su decisión. A mí me enseñaron a respetar y valorar a mi mujer, y eso es exactamente lo que estoy haciendo.
Sin esperar respuesta, me guió firmemente hasta el auto. Yo me aferraba a él, temblando, incapaz de soltarlo. En cuanto abrimos las portezuelas, lo sentí quitarse el saco de vestir y colocarlo sobre mis hombros para protegerme del viento helado de la noche.
Me rodeó con sus brazos en un abrazo reconfortante mientras sus manos me acariciaban la espalda, intentando calmar mis espasmos. Cerré los ojos y me dejé llevar por su aroma. Quería evitar a toda costa quebrarme delante de él, pero el llanto contenido simplemente estalló.
—Madre, ahora no —lo escuché decir de pronto.
Levanté la cabeza con dificultad y vi a mi suegra de pie junto a la ventanilla, mirándonos con una expresión indescifrable.
—Llévala a casa. Hablaremos luego —fue lo único que dijo ella, antes de dar media vuelta y regresar a la casa.
Me aparté suavemente de Dilan y me limpié las lágrimas con el dorso de la mano, sintiéndome patética.
—Me quiero ir —susurré, subiéndome al asiento del copiloto.
Él asintió en silencio y rodeó el auto para subir al lugar del conductor. Durante el trayecto, me quedé pegada a la ventana, viendo pasar las luces borrosas de la ciudad. El silencio en el habitáculo era denso, casi asfixiante. Ninguno sabía qué decir.
—¿Quieres comer algo? —preguntó él de la nada, rompiendo la tensión.
—Sí —admití. El vacío en mi estómago por la ansiedad era insoportable.
—¿Pido algo a domicilio o...?
—Quiero comer fuera de casa. Hay un lugar de hamburguesas cerca de aquí —le interrumpí. Él solo asintió, cambiando de carril.
Llegamos a un pequeño local de hamburguesas. Nos acomodamos en una mesa apartada, hicimos el pedido y esperamos en un silencio incómodo. Dilan sacó su teléfono y comenzó a teclear con una rapidez que me sorprendió.
—Mañana puedes faltar al trabajo si lo deseas —dijo, dejando el aparato sobre la mesa y mirándome fijamente.
En ese momento, la mesera llegó con los platos, los dejó en la mesa y se retiró con timidez.
—No quiero faltar mañana —respondí tajante.
Acto seguido, le di un enorme bocado a mi hamburguesa, masticando con desesperación. Necesitaba bloquear el dolor con algo. Inmediatamente después, di otro bocado, y luego otro, casi sin respirar.
—Oye, dale más despacio —me pidió Dilan de forma suave. Tomó una servilleta, se inclinó hacia mí y me limpió con delicadeza la comisura de los labios—. La comida no es buena consejera, Emma.
Sus ojos chocaron con los míos con una intensidad que me desarmó. El nudo en mi garganta volvió a apretarse y la vista se me nubló por completo.
—Comer así solo te hará daño —insistió él, sin apartar la mano de mi rostro—. Si quieres llorar, solo llora. No te lo contengas.
—Es fácil para ti decir eso. Eres hombre —solté con amargura tras tragar con dificultad el trozo de comida.
Dilan frunció el ceño, visiblemente desconcertado por mi ataque.
—¿Qué quieres decir con eso? ¿Piensas que por ser hombre no tengo sentimientos o no sufro?
—No... Lo que digo es que invalidas las emociones de los demás —reproché, dejando la hamburguesa en el plato—. Dilan, tú me hiciste firmar ese maldito acuerdo. Nada de este desastre hubiera sucedido si no hubieras propuesto esa estupidez. No te importó en lo más mínimo lo que pasaría después.
Dilan guardó silencio un segundo, y vi cómo una chispa de indignación cruzaba su mirada.
—Perdóname por pensar en tu bienestar y no en el mío —replicó con un deje de sarcasmo—. Creí que si ponía esas cláusulas te sentirías más cómoda y protegida de mí. Pero veo que me equivoqué. Si tantas ganas tenías de acostarte conmigo y darme un hijo para complacer a tu familia, debiste decírmelo antes.
Se puso de pie, visiblemente molesto, dejando el dinero sobre la mesa. Su ironía me dolió como una bofetada.
—¡No es eso! —grité, levantándome de golpe también—. ¡Pero sí, es tu culpa! ¡Desde el principio todo esto fue tu culpa! Debiste casarte con mi hermana, no conmigo. Pero tenías que complicarlo todo.
Sin esperar a que respondiera, agarré mi hamburguesa y caminé a zancadas hacia el auto. Dilan me siguió de cerca. Cuando subimos, vi que traía en la mano la hamburguesa que él había pedido. En un arranque de pura ansiedad y rabia, se la arrebaté de los dedos y empecé a comérmela también.
—No me pidas que me calme ahora —le advertí con la boca medio llena, devorando la comida—. Comer me ayuda a mantener el control.
Terminé su hamburguesa en tiempo récord, impulsada por los nervios. Dilan se limitó a quedarse estático en el asiento del conductor, observando mi desplante en un silencio absoluto que me puso los pelos de punta.
Finalmente, apagó las luces del tablero, se giró hacia mí y soltó la pregunta que me heló la sangre:
—¿Quieres divorciarte?
Su pregunta me dejó completamente sin palabras