El matrimonio que lloré a escondidas
Una historia real de amor, un bebé milagro y un duelo que nadie vio
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El embarazo que dolia
Dicen que el embarazo es la etapa más bonita de una mujer. Que te ves bonita, que brillas, que todo es amor y antojos y fotos con la panza. Pero mi embarazo no fue bonito. Mi embarazo dolía. Dolía desde el primer día, dolía en el cuerpo y dolía en el corazón.
Desde que me enteré que estaba embarazada, con mi operación y todo, los doctores me dijeron que era un embarazo de alto riesgo. Muy alto riesgo. Me dijeron "señora, usted está operada, tiene cicatrices por dentro, su matriz no está preparada para otro bebé, tiene que cuidarse mucho, tiene que guardar reposo, no puede hacer esfuerzos". Y yo les hacía caso. Dejé de trabajar tanto, dejé de cargar cosas pesadas, trataba de no estresarme.
Pero es difícil no estresarte cuando tu esposo está lejos, cuando tienes que hacer fila horas para verlo, cuando tienes que aguantar que la gente te mire raro por estar embarazada y ser esposa de alguien que está preso. Todo eso me estresaba mucho y mi pancita lo sentía.
Mi bebé milagro era bien delicado. Desde el principio me daban cólicos, me daban dolores bajitos que me asustaban. Iba al doctor a cada rato y me decían "tiene amenaza de aborto, tiene que reposar". Y yo reposaba, me acostaba, le hablaba a mi panza y le decía "aguanta, mi amor, aguanta, no te me vayas, tú eres un milagro, tú tienes que quedarte con mamá".
Mi esposo sufría mucho conmigo. Cada que le decía que me dolía, que había ido al doctor, que me habían dicho que tenía amenaza de aborto, él se ponía a llorar por teléfono y me decía "cuídate, mija, cuídate por favor, no quiero que te pase nada a ti ni al bebé, si te pasa algo yo me muero aquí adentro". Y yo le decía "no me va a pasar nada, mi amor, nuestro milagro va a estar bien".
Pero en enero de 2025 pasó algo que todavía me da coraje recordar. Me enfermé muy feo de la gripe, con fiebre muy alta, con tos, y me dolía mucho la espalda y el pecho. Fui al seguro, a urgencias, porque me sentía muy mal. Y ahí, en urgencias, sin preguntarme si estaba embarazada, sin hacerme prueba, me mandaron a hacer rayos X.
Yo les dije "estoy embarazada" pero la enfermera me dijo "no pasa nada, es una sola placa, no le hace daño al bebé". Y yo, con fiebre, con dolor, sin saber qué hacer, le hice caso. Me pusieron el chaleco de plomo, pero me hicieron los rayos X del pecho. Me hicieron dos placas.
Cuando salí de ahí y fui con mi ginecólogo y le dije que me habían hecho rayos X, se enojó muchísimo. Me dijo "¿cómo dejó que le hicieran rayos X estando embarazada? Eso le puede hacer daño al bebé, sobre todo en los primeros meses". Y yo me solté llorando, le dije que yo sí les dije que estaba embarazada y que me dijeron que no pasaba nada. Y el doctor me dijo "tenemos que esperar a ver cómo viene su bebé, vamos a tener que hacer estudios más seguidos".
Desde ese día viví con miedo. Con un miedo horrible de que mi bebé viniera mal por esos rayos X. Le rezaba a Dios todos los días, le decía "Diosito, perdóname por no haberme defendido, por dejar que me hicieran eso, pero cuida a mi bebé, que venga sanito, te lo pido por favor". Y le ponía mis manos en la panza y le decía a mi bebé "perdóname, mi amor, perdóname, mamá no quería hacerte daño".
Mi esposo, cuando se enteró, se puso furioso. Me dijo "¿por qué no me marcaste? ¿Por qué no me dijiste? Yo te hubiera dicho que no te dejaras". Y yo le decía "tenía fiebre, mi amor, no pensé". Y él lloraba de coraje y de impotencia porque no podía estar conmigo, porque no me podía cuidar.
Mi embarazo siguió con dolores. Aparte de los cólicos, me dolía mucho la cabeza, se me hinchaban los pies, me daba mucho sueño pero no podía dormir por la preocupación. Mi suegra me cuidaba mucho, me llevaba calditos, me sobaba los pies, me decía "tranquila, mija, tu bebé va a estar bien, es un milagro y los milagros no se rompen tan fácil".
En febrero, ya tenía como 2 meses y medio, casi 3, mi panza ya se empezaba a notar poquito. Yo ya me sentía más mamá, ya le había comprado unos calcetincitos chiquitos, bien chiquitos, que guardaba abajo de mi almohada. Se los enseñaba a mi esposo en fotos y él lloraba de felicidad y me decía "cómprale más, cómprale lo que quieras, que cuando salga yo le voy a comprar todo".
Pero el 20 de febrero empecé a sentir un dolor muy fuerte. Un dolor que no era normal, que no era cólico. Era un dolor bajito, punzante, que me doblaba. Me asusté mucho y fui al baño y vi sangre. Poquita, pero sangre.
Me fui corriendo a urgencias, sola, llorando, con mi panza agarrada, diciéndole a mi bebé "no, mi amor, no, aguanta, no te me vayas". En urgencias me revisaron y me dijeron "tiene sangrado, vamos a hacerle ultrasonido".
Me hicieron el ultrasonido y la doctora se quedó callada mucho tiempo viendo la pantalla. Y yo le decía "¿está bien mi bebé? ¿Está bien?". Y ella no me contestaba. Hasta que me dijo "señora, no le encuentro latido a su bebé, lo siento".
No. No le encuentro latido.
Cuatro palabras que me mataron en vida. Me mataron ahí mismo en esa camilla fría, con el gel frío en la panza, sola, sin mi esposo, sin mi suegra, sin nadie.
Le dije "no, doctora, revísele bien, está chiquito, a lo mejor no se ve, revísele bien por favor". Y la doctora me dijo "ya le revisé, señora, no hay latido, su bebé ya no tiene latido".
Me solté gritando. Gritando como loca en esa sala de urgencias. Gritaba "¡no, mi bebé no, mi milagro no, no me lo quiten, no!" Y las enfermeras me agarraban y yo no me dejaba.
Mi bebé milagro, el que Dios me había mandado de forma imposible, el que había sobrevivido a mi operación, el que había aguantado mis desvelos, mis filas, mis tristezas, el que pateaba cuando escuchaba la voz de su papá, ya no tenía latido.
El 23 de febrero de 2025, a las 3 de la mañana, me hicieron el legrado. Me sacaron a mi bebé milagro. Me sacaron el pedacito de mi esposo que llevaba dentro. Y yo lo único que hacía era llorar y pedirle perdón a mi bebé por no haberlo podido cuidar, por haberme dejado hacer esos rayos X.
Cuando desperté de la anestesia, lo primero que hice fue tocarme la panza. Y ya estaba vacía. Ya no había nada. Ya no había milagro.
Le marqué a mi esposo en cuanto pude hablar. Le marqué llorando, sin poder respirar, y le dije "mi amor, nuestro bebé se murió, nuestro milagro se murió". Y del otro lado escuché el grito más doloroso que he escuchado en mi vida. Mi esposo gritó como si lo hubieran matado a él. Gritó "¡no, mi hijo no, mi hijo no, Mari, dime que no es cierto, dime que es mentira!".
Y los dos lloramos. Lloramos por teléfono, cada quien en su dolor, por el hijo que tanto habíamos soñado y que se nos había ido a los casi 3 meses.
Ese día entendí que el embarazo no siempre es bonito. A veces duele. Duele hasta el alma.