Aurora, la ladrona
En una época de castillos, reyes y caballeros, una joven desafía las leyes del reino con una única regla: jamás derramar sangre inocente.
Aurora es la líder de la temida Banda del Cuervo, un grupo de ladrones que roba las riquezas de nobles corruptos y comerciantes deshonestos para ayudar en secreto a quienes más lo necesitan. Su habilidad para desaparecer entre las sombras y dejar una pluma negra como única pista la ha convertido en una leyenda.
Mientras el capitán de la guardia moviliza a todo el reino para capturarla, el príncipe Daniel inicia una implacable persecución sin imaginar que la misteriosa ladrona es muy distinta de la criminal que todos describen.
Entre robos imposibles, conspiraciones, traiciones y secretos que podrían cambiar el destino del reino, Aurora descubrirá que el mayor desafío no será escapar de sus enemigos, sino decidir entre proteger a su banda o seguir los dictados de su corazón.
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Un secreto compartido
Los hombres que habían intentado transportar los cofres estaban ahora rodeados por los soldados del rey.
Daniel se acercó al carruaje mientras Aurora permanecía a unos pasos de distancia.
—Abran los cofres —ordenó.
Uno de los hombres negó con la cabeza.
—No tenemos autorización.
Daniel lo miró fijamente.
—Soy el príncipe de este reino. Creo que es suficiente autorización.
El hombre tragó saliva.
Finalmente sacó una llave.
El primer cofre se abrió.
Dentro había monedas de oro.
Aurora sintió que se confirmaban sus sospechas.
—Ese oro pertenece al reino —dijo.
Daniel la miró.
—¿Cómo lo sabes?
Aurora sacó el pergamino de debajo de su capa.
—Porque encontré esto en la mansión del conde Ricardo.
Daniel observó el documento con atención.
—¿Lo robaste?
Aurora levantó una ceja.
—Técnicamente.
Él sonrió ligeramente.
—Al menos eres sincera.
—No siempre tenemos tiempo para explicar nuestras buenas intenciones.
Daniel tomó el pergamino y comenzó a leer.
Su expresión cambió al llegar a las últimas líneas.
—Esto habla de un acuerdo con el duque de Monteverde.
Aurora asintió.
—Y menciona la frontera oriental.
Daniel miró hacia los soldados.
—Si el contenido de esta carta es cierto, el conde está preparando algo mucho más grande que un simple robo de impuestos.
—Una invasión —dijo Aurora.
Daniel guardó silencio.
Durante unos segundos ambos observaron los cofres.
Entonces el príncipe se acercó a uno de los hombres capturados.
—¿A dónde llevan este oro?
El hombre no respondió.
Daniel desenvainó lentamente su espada, pero no la dirigió contra él.
—No quiero hacerte daño. Solo quiero la verdad.
El hombre miró a los soldados y finalmente bajó la cabeza.
—A la frontera.
Aurora y Daniel intercambiaron una mirada.
—¿Dónde exactamente? —preguntó ella.
—Una vieja fortaleza abandonada. La llaman San Marcos.
Daniel conocía aquel lugar.
—Está a menos de dos días de la frontera.
El hombre continuó.
—Allí esperan otros hombres. Nosotros solo debíamos entregar los cofres.
Daniel hizo una señal a sus soldados.
—Llévenlos al castillo.
Los prisioneros fueron escoltados hacia los caballos.
Aurora comenzó a retroceder.
—Nosotros también deberíamos irnos.
Daniel la miró.
—¿Nosotros?
Aurora se quedó en silencio.
—Quise decir... mi grupo.
—Claro.
El príncipe sonrió.
—Por un momento pensé que estabas considerando quedarte.
Aurora sonrió.
—No te emociones, alteza.
Daniel soltó una pequeña risa.
Era extraño.
Estaba hablando con una ladrona buscada por la corona y, sin embargo, se sentía más tranquilo con ella que con algunos nobles de su propia corte.
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Los compañeros de Aurora se acercaron.
Mateo miró a Daniel con desconfianza.
—¿Qué pasará ahora?
—El oro será llevado al castillo —respondió Daniel.
—¿Y nosotros?
Daniel observó a Aurora.
—Debería arrestarlos.
Mateo llevó discretamente la mano hacia su cinturón.
Aurora negó con la cabeza.
Daniel continuó:
—Pero no lo haré.
Todos quedaron sorprendidos.
Aurora también.
—¿Por qué?
Daniel bajó la voz.
—Porque necesito descubrir qué está planeando Ricardo. Y ustedes conocen cosas que mis soldados no.
Aurora cruzó los brazos.
—¿Quieres nuestra ayuda?
—Sí.
—¿Y después?
Daniel la miró directamente.
—Después veremos.
Aurora pensó unos segundos.
—Acepto.
Mateo abrió los ojos.
—¿Aurora?
Ella se volvió hacia él.
—No confío completamente en el príncipe.
Daniel sonrió.
—Eso está bien.
Aurora lo miró.
—Pero confío en que quieres descubrir la verdad.
Daniel asintió.
—Y yo confío en que no utilizarás esta alianza para robar el tesoro real.
Aurora sonrió.
—No prometo nada.
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La noche había caído cuando comenzaron a preparar el regreso.
Los soldados se adelantaron con los prisioneros y los cofres.
Aurora y sus compañeros permanecerían ocultos en el bosque.
Daniel se quedó atrás.
Antes de marcharse, se acercó a Aurora.
—Mañana partiré hacia la fortaleza de San Marcos.
—Nosotros también.
—Entonces nos veremos allí.
Aurora asintió.
Daniel dio unos pasos, pero se detuvo.
—Aurora.
Ella levantó la mirada.
Era la primera vez que él pronunciaba su nombre.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Daniel sonrió.
—Tengo mis métodos.
Aurora negó con la cabeza.
—Eres bastante misterioso para ser un príncipe.
—Y tú bastante misteriosa para ser una ladrona.
Ambos sonrieron.
Daniel finalmente se alejó.
Aurora lo observó hasta que desapareció entre los árboles.
Lili se acercó lentamente.
—¿Te gusta?
Aurora abrió los ojos.
—¿Qué?
—El príncipe.
—¡Lili!
La joven soltó una carcajada.
—Solo preguntaba.
Aurora volvió a mirar hacia el camino.
—Es complicado.
—Eso no fue un no.
Aurora sonrió sin responder.
la idea de volver a encontrarse con Daniel no le parecía una amenaza.
Le parecía algo que esperaba con cierta impaciencia.
Y mientras la Banda del Cuervo preparaba su viaje hacia la fortaleza de San Marcos, muy lejos de allí, el conde Ricardo recibía una noticia que lo hizo palidecer.
Uno de sus cargamentos había sido descubierto.
Y ahora sabía que alguien estaba siguiendo sus pasos.