es de terror, una creepypasta
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El Heredero del Pecado
La lluvia seguía cayendo cuando Elías Montoya dio un paso hacia ellos.
No parecía afectarle el agua.
Ni una sola gota tocaba su abrigo negro.
Era como si la lluvia lo esquivara.
Samuel sintió un escalofrío.
Había algo profundamente antinatural en aquel hombre.
No era un anciano, pero tampoco parecía joven. Tendría unos cuarenta años, aunque en su rostro no había arrugas, cicatrices ni imperfecciones. Sus ojos eran de un gris tan claro que parecían de cristal.
Gabriel se interpuso entre Samuel y el desconocido.
—No deberías estar aquí.
Elías sonrió con educación.
—Y, sin embargo, aquí estoy.
Su voz era tranquila, casi amable.
—Han pasado muchos años desde la última vez que alguien encontró la tumba de Isabela.
Miró a Samuel.
—Debo admitir que me sorprendiste.
Samuel frunció el ceño.
—¿Quién eres realmente?
Elías hizo una leve inclinación con la cabeza.
—Ya lo dije. Soy Elías Montoya.
El último descendiente directo de la familia Montoya.
La misma familia de Isabela.
El silencio cayó sobre el cementerio.
Samuel recordó las últimas palabras que había escuchado durante la visión.
"Fue entregada por alguien de su propia sangre."
Sintió rabia.
—¿Tu familia la traicionó?
Elías no respondió de inmediato.
En cambio, caminó lentamente alrededor de la tumba.
Pasó la mano sobre la piedra desgastada.
Luego habló con una tristeza que parecía auténtica.
—Sí.
Mi familia la entregó.
Pero no por maldad.
Gabriel lo interrumpió.
—¡No te atrevas a justificarlo!
Elías suspiró.
—¿Crees que no lo he intentado entender durante toda mi vida?
Miró la tumba.
—La historia nunca fue tan simple como la cuentan los diarios.
Samuel dio un paso al frente.
—Entonces cuéntala tú.
Elías levantó la vista.
Durante unos segundos nadie habló.
Finalmente, dijo:
—Mi antepasado se llamaba Tomás Montoya.
Era el hermano mayor de Isabela.
Samuel sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Su hermano...?
—Sí.
Y la quería más que a nadie.
Gabriel negó con la cabeza.
—¡Eso es mentira!
—No.
Lo que es mentira... es creer que la entregó por voluntad propia.
Elías sacó de su abrigo un viejo reloj de bolsillo.
Lo abrió.
Dentro había un pequeño retrato pintado a mano.
Mostraba a dos niños jugando junto a un río.
Una niña llevaba un listón azul en el cabello.
Un niño sonreía mientras sostenía una caña de pescar.
—Ellos eran Isabela y Tomás.
Samuel observó la pintura.
No parecía falsa.
Era demasiado antigua.
—Eran inseparables.
Elías cerró el reloj.
—Hasta que el culto encontró a Tomás.
Gabriel permanecía en silencio.
Elías continuó.
—Le dieron dos opciones.
La primera...
Entregar a su hermana.
La segunda...
Ver morir a toda su familia.
Samuel sintió un nudo en la garganta.
—¿Y él...?
—Intentó escapar con ella.
Pero el culto ya los vigilaba.
Los capturaron antes de abandonar el pueblo.
Gabriel bajó lentamente la mirada.
Era evidente que aquella parte de la historia no la conocía.
—Entonces...
¿No fue una traición?
Elías respiró profundamente.
—Fue una elección imposible.
Samuel permaneció varios segundos sin hablar.
Toda la historia comenzaba a cambiar.
Isabela no había sido traicionada por odio.
Había sido sacrificada para salvar a los demás.
Pero una duda seguía rondando su cabeza.
—Si eso es cierto...
¿Por qué tu familia ocultó la verdad durante tres siglos?
La expresión de Elías cambió.
Por primera vez dejó de sonreír.
—Porque Tomás sobrevivió.
Samuel frunció el ceño.
—¿Qué tiene de malo?
—Que jamás pudo perdonarse.
Elías volvió a mirar la tumba.
—Se convirtió en el primer guardián del bosque.
Juró que impediría que alguien volviera a acercarse al lugar del ritual.
Después tuvo hijos.
Y esos hijos heredaron su culpa.
Luego sus nietos.
Después sus bisnietos.
Generación tras generación...
Los Montoya dedicaron su vida a vigilar el bosque.
Asegurándose de que nadie encontrara la muñeca.
—¿Y funcionó?
—Durante mucho tiempo.
Hasta hace un mes.
Samuel sintió un escalofrío.
—¿Cuando yo encontré la muñeca?
Elías asintió lentamente.
—No.
Cuando alguien la desenterró...
Y volvió a enterrarla para que tú la encontraras.
El mundo pareció detenerse.
Samuel dio un paso atrás.
—¿Qué...?
Gabriel abrió los ojos con horror.
—Eso significa...
—Sí.
Elías terminó la frase.
—Samuel nunca la encontró por accidente.
Alguien lo llevó hasta ella.
El silencio fue absoluto.
Samuel recordó el paquete que había entregado.
La insistencia de don Ernesto para que no entrara al bosque.
El camino.
La voz.
Las huellas.
Todo parecía demasiado perfecto.
Demasiado planeado.
—¿Quién lo hizo?
Elías lo miró fijamente.
—Eso es precisamente lo que intento descubrir.
Un fuerte trueno iluminó el cielo.
Durante un instante, Samuel creyó ver varias figuras observándolos entre los árboles del cementerio.
Cuando el relámpago desapareció...
También lo hicieron las siluetas.
Elías dio media vuelta.
—No tenemos mucho tiempo.
Samuel levantó la voz.
—¡Espera!
El hombre se detuvo.
—¿Qué quieres?
Samuel respiró hondo.
—¿De qué lado estás?
Elías permaneció inmóvil.
Después respondió sin girarse.
—Esa es la pregunta equivocada.
Caminó unos pasos.
—La verdadera pregunta es...
¿De qué lado está Isabela?
Samuel sintió un escalofrío.
Elías continuó.
—Lleva trescientos años compartiendo su alma con un demonio.
¿Estás completamente seguro de que la mujer que intenta hablar contigo sigue siendo la misma?
Nadie respondió.
Porque ninguno de los dos tenía una respuesta.
Elías desapareció entre la lluvia.
Cuando el silencio regresó, Gabriel tomó el brazo de Samuel.
—Tenemos que irnos.
—¿Por qué?
El anciano señaló el suelo.
La tierra alrededor de la tumba estaba moviéndose otra vez.
Pero esta vez no salían manos de porcelana.
Salían raíces.
Raíces negras.
Gruesas.
Retorcidas.
Comenzaban a extenderse por todo el cementerio como si estuvieran vivas.
Las lápidas empezaron a agrietarse.
Una tras otra.
Hasta que una de ellas se partió completamente.
Debajo no había un ataúd.
Había una enorme cavidad que descendía hacia las profundidades de la tierra.
Desde ese agujero emergió un olor insoportable a humedad y azufre.
Y, por primera vez, Samuel escuchó un grito.
No era el de un demonio.
No era el de un fantasma.
Era el grito desesperado de una mujer.
—¡SAMUEL... NO BAJES... ES UNA TRAMPA!
Era Isabela.
Pero antes de que pudiera reaccionar, otra voz, idéntica a la de ella, habló desde el interior del agujero.
Con el mismo tono.
Con la misma desesperación.
—¡SAMUEL... AYÚDAME... ESTOY AQUÍ ABAJO!
Samuel quedó paralizado.
Las dos voces eran exactamente iguales.
Una decía que huyera.
La otra le suplicaba que descendiera.
Y ya no había forma de saber cuál de las dos era la verdadera Isabela.