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El Contrato de un Billonario

El Contrato de un Billonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor prohibido / Mujer fuerte/hombre frágil / Atracción entre enemigos
Popularitas:23.4k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10

"Di eso más fuerte"

Para él, la primera excusa que el destino le concedía para no volver a perderla.

Para Valentina, en cambio, la excusa llegó tres días después con uniforme planchado, carrito de limpieza y una orden impresa.

Hotel Castellano, suite presidencial 1801.

Huésped: Santiago Reyes Coronado.

Duración estimada: indefinida.

Personal asignado: Valentina Estrada Muñoz.

Valentina leyó la hoja dos veces en la oficina de ama de llaves. Luego la dejó sobre el escritorio de la supervisora.

—No.

La supervisora, una mujer de labios delgados y paciencia gastada, ni siquiera levantó la cabeza.

—No era pregunta.

—Tengo quince habitaciones hoy.

—Ya no. Te reasignaron.

—¿Quién?

La supervisora la miró por encima de los lentes.

—El huésped.

Patricia, que doblaba toallas en la mesa del fondo, soltó un silbido bajo.

—¿El señor Reyes te pidió por nombre?

Valentina tomó la hoja otra vez. Ahí estaba su nombre completo, negro sobre blanco, como si Santiago hubiera encontrado una nueva forma de escribir una deuda.

—No soy servicio personalizado.

—Hoy sí —dijo la supervisora—. La suite está pagando tarifa completa por mes. Quiere ama de llaves fija, discreción absoluta y disponibilidad prioritaria. La gerencia ya autorizó.

—La gerencia autoriza cualquier cosa si el número tiene suficientes ceros.

—Exacto. Me alegra que entiendas cómo funciona el mundo.

Karla Núñez, que pasaba con un ramo de flores para otra habitación, se detuvo lo justo para escuchar.

—Ay, Estrada. Míralo por el lado bueno. Hay peores destinos que atender a un millonario guapo.

Valentina le lanzó una mirada.

—Entonces ve tú.

Karla sonrió.

—No pidió mi nombre.

Eso dolió más de lo que Valentina quiso admitir.

No porque fuera un privilegio. No lo era. Era una trampa con alfombra suave, minibar caro y vista a Reforma. Santiago no podía obligarla a ir a su oficina todos los días, así que se había instalado en su territorio laboral. Donde ella no podía gritar sin perder el empleo. Donde cada "señor Reyes" tenía que salirle limpio de la boca aunque le supiera a veneno.

Patricia esperó a que Karla se fuera.

—¿Quieres que hable con recepción? Puedo decir que sigues lastimada.

—Estoy lastimada, no muerta.

—Tina.

Valentina dobló la orden y la metió en el bolsillo del uniforme.

—No me va a sacar corriendo de mi trabajo. Si quiere jugar al huésped importante, perfecto. Yo sé tender camas.

—Y clavar cuchillos con servilleta.

—Eso también.

Subió al piso dieciocho con el carrito de servicio y la rodilla protestando a cada cambio de peso. La suite presidencial ocupaba una esquina completa del piso. La puerta se abrió con tarjeta maestra y un pitido suave.

El interior olía a madera pulida, flores frescas y esa colonia que no debería reconocer todavía.

La sala era enorme: ventanales de piso a techo, sofá gris, mesa de mármol, un bar privado intacto. Sobre una silla descansaba el saco de Santiago. En la mesa, una laptop cerrada y un teléfono. En el recibidor, dos maletas negras.

Valentina se quedó en la entrada.

—Servicio de ama de llaves —anunció, porque las reglas todavía importaban aunque nadie las respetara.

Desde el baño principal llegó el sonido de la regadera.

Agua.

Nada más.

Valentina cerró los ojos un segundo.

Claro. Por supuesto. El hombre elegía llegar, pedirla por nombre y meterse a bañar justo antes de que ella subiera. Qué conveniente.

Dejó la puerta entornada, como protocolo, y empujó el carrito hasta la sala. Si él quería incomodarla, iba a tener que esforzarse más.

Primero revisó el minibar. Después cambió las toallas del baño de visitas. Luego abrió la primera maleta.

Camisas blancas, todas iguales y ninguna barata. Cinturones enrollados. Mancuernillas. Relojes. Una caja de madera con productos de afeitado. Todo demasiado ordenado para ser de alguien que necesitara ayuda.

—Millonario, vengativo y perfectamente capaz de doblar sus propios calcetines —murmuró.

La regadera siguió sonando.

Valentina colgó las camisas en el clóset. Las tocó lo menos posible. Aun así, la tela le rozó los dedos con una suavidad insultante. Recordó otra camisa, barata, del Colegio San Patricio, lavada tantas veces que el cuello había perdido forma. Santiago intentaba esconder el desgaste bajo el suéter del uniforme. Ella lo notaba y le compraba comida con excusas ridículas para que no se sintiera ofendido.

—Estúpida —se dijo.

No quedó claro si hablaba de la Valentina de antes o de la de ahora.

Terminó la maleta, recogió una taza usada de la mesa y vio una nota junto al servicio de té:

"Té verde, sin azúcar. 5:00 p. m."

La letra no era de Santiago. Probablemente Marco.

Valentina miró la hora. 4:57.

—Hasta el té tiene agenda.

Preparó la bandeja con movimientos precisos. Agua caliente, taza blanca, platito, servilleta, tetera pequeña. El sonido de la regadera se detuvo justo cuando ella dejaba la taza sobre la mesa baja.

La puerta del baño se abrió.

Valentina no miró.

Ese fue su error.

Porque no mirar hizo que todo lo demás se volviera más intenso: el aire tibio que salió del baño, el olor a jabón caro, los pasos descalzos sobre el piso, la presencia de Santiago ocupando la sala aunque ella tuviera la vista fija en una taza.

—¿Te dieron bien las instrucciones? —preguntó él.

Su voz venía más cerca de lo necesario.

Valentina acomodó la cucharita.

—Sí, señor Reyes.

—¿Señor Reyes?

—Está registrado como huésped.

—Y tú como personal asignado.

La cucharita chocó contra el plato.

Valentina levantó la mirada.

Santiago estaba a dos metros de distancia, con el cabello húmedo, una bata blanca anudada a la cintura y el cuello abierto lo suficiente para mostrar la línea del pecho. No era una exhibición vulgar. Eso lo hacía peor. Parecía cómodo en su piel, en el dinero, en el cuarto, en la incomodidad de ella.

Valentina sintió calor en la cara y lo odió.

—Su té.

—No pedí que lo sirvieras tú.

—Pero pidió que yo fuera su ama de llaves personal.

—Pedí eficiencia.

—Qué casualidad. Yo también.

Santiago miró la bandeja.

—La taza está muy cerca del borde.

Valentina la movió un centímetro hacia el centro con dos dedos.

—¿Así sobrevive su majestad?

—No sabía que seguías usando ese tono con los clientes.

—Solo con los que se lo ganan.

Sus ojos se encontraron.

Durante un segundo, el cuarto se llenó de cosas que ninguno dijo: la sala de piano, el coche, el hospital, el WhatsApp, los trece años. Valentina fue la primera en romperlo. Tomó la bandeja vacía y dio un paso hacia el carrito.

—Si no necesita nada más, me retiro.

—Necesito que revises el clóset.

—Ya lo hice.

—Hazlo otra vez.

Valentina sonrió sin alegría.

—¿Busca una arruga o una excusa?

—Ambas serían útiles.

Ella dejó la bandeja con más fuerza de la necesaria.

—¿Sabe cuál es su problema?

—Dímelo.

—Que tiene demasiado dinero y demasiado tiempo libre. Cualquier persona normal se hospedaría en un hotel para descansar. Usted se hospeda para cobrar una deuda en persona.

—No vine por la deuda.

Valentina soltó una risa corta.

—Claro. Vino por la vista.

—La vista es aceptable.

Su mirada no estaba en los ventanales.

Valentina sintió que la piel de los brazos se le erizaba.

—No empiece.

—¿Con qué?

—Con eso.

—¿Eso?

—Esa forma de hablar como si cada frase tuviera doble fondo. Es agotador.

Santiago tomó la taza de té, bebió apenas y la dejó.

—Tú siempre escuchas lo que quieres.

—Y usted siempre dice lo suficiente para no hacerse responsable.

La mandíbula de Santiago se tensó.

Bien.

Por fin algo le llegaba.

Valentina aprovechó, porque su rabia era más segura que el calor extraño que todavía le subía por el cuello.

—Aunque supongo que pedir una ama de llaves personal es más fácil que tener una conversación normal. ¿Qué sigue? ¿Hacerme plancharle las sábanas mientras se da otro baño? ¿O necesita público para convencerse de que no es emocionalmente impotente?

El silencio cambió.

No se rompió.

Se afiló.

Santiago dejó la taza sobre el plato con un sonido pequeño.

—Repite eso.

Valentina supo que debía callarse.

Naturalmente, no lo hizo.

—Dije que es emocionalmente impotente. No se emocione, omití lo importante.

Santiago dio un paso.

Ella dio otro hacia atrás, no por miedo exactamente, sino porque su cuerpo reaccionó antes que su orgullo. La mesa baja le bloqueó las piernas. La bandeja quedó a un lado. El aire olía a té verde y jabón.

—¿Omitiste lo importante? —preguntó él.

—Sí.

—Entonces dilo completo.

—No trabajo horas extra para alimentar su ego.

Valentina intentó tomar el carrito.

Santiago la sujetó de la muñeca.

No apretó sobre el moretón del hospital. No la lastimó. Pero su mano era firme, caliente, imposible de ignorar. Valentina pudo haber tirado de inmediato. Pudo haber gritado. En lugar de eso, se quedó un segundo de más mirando sus dedos alrededor de su piel.

Ese segundo la traicionó.

Santiago tiró apenas, lo suficiente para hacerla perder el equilibrio hacia él. La bandeja se movió, la taza tintineó, y Valentina terminó con una mano apoyada en la solapa de la bata para no caer de lleno contra su pecho.

La tela estaba tibia.

Debajo, él también.

Valentina levantó la cara, furiosa porque su pulso no sabía mentir.

—Suélteme.

Santiago bajó la voz.

—Podrías apartarte.

Era verdad.

La odiaba.

Odiaba que fuera verdad.

Valentina empujó apenas la bata, pero no se alejó lo suficiente.

—No confunda shock con permiso.

Los ojos de Santiago bajaron a su mano sobre la tela blanca. Luego regresaron a los suyos.

—Entonces no confundas provocación con seguridad.

—No me amenace.

—No estoy amenazando.

—¿Entonces qué está haciendo?

La comisura de su boca se movió apenas.

—Respondiendo.

Valentina tiró de su muñeca. Él la soltó, pero solo para atraparla por la otra mano y llevar sus dedos al nudo de la bata. El gesto fue lento. Deliberado. Le dejó tiempo para retirarse.

Ella no lo hizo lo bastante rápido.

El nudo quedó bajo sus dedos.

El cuarto se volvió demasiado pequeño.

Santiago inclinó la cabeza, tan cerca que su voz le rozó la cara.

—¿Por qué no compruebas tú misma si soy impotente?

La sangre le subió a las mejillas como una bofetada.

Valentina abrió la boca.

No salió nada.

Entonces salió todo.

—¡Santiago Reyes!

Él no se apartó.

Sus ojos, oscuros y quietos, parecían encenderse por primera vez en años.

—Di eso más fuerte.

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Stella Vergara
Hermosa historia
Stella Vergara
después de tantos secretos, lágrimas , desafíos, odio ,amor , reconciliación, tormentas , exoneración y justicia, siempre triunfa el amor
Stella Vergara
la verdad era más fácil aunque doliera
Stella Vergara
,fuerte,las mentiras son crueles
Stella Vergara
e🤭🤭🤭🤭🤭🤭 enamorados o no hacen un equipo perfecto
Stella Vergara
ya es hora que pase algo con bueno entre ellos ,se siente fastidiosa
Stella Vergara
no entiendo nada
Stella Vergara
par de locos se odian no se soportan y se aman o son ideas jajaja🤭👏👏
Stella Vergara
jajajajaj está interesante
Stella Vergara
pobre muchacha 🤭🤭
daniela guzman
me encanta
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