Novela +18
Mi nombre es Lucia Westton, la hija legítima del Marqués Arturo Westton.
Durante años viví rodeada de amor, lujos y tranquilidad… hasta que mi madre murió en un trágico accidente de carruaje después de una fiesta de té.
Creí que aquella sería la peor tragedia de mi vida.
ME EQUIVOQUÉ.
Poco después descubrí que mi padre había ocultado una amante… y una hija ilegítima: Laura Westton.
Desde el momento en que ellas cruzaron las puertas de la mansión, todo cambió.
Mi hogar dejó de sentirse seguro.
Las miradas se volvieron frías.
Los susurros comenzaron en la oscuridad.
Entonces Laura me convenció de jugar un extraño juego.
Dijo que podría ayudarme a hablar con mi madre una última vez.
PERO ALGO SALIÓ MAL.
Ahora… algo me sigue desde las sombras.
Lo veo en los espejos.
Escucho sus pasos detrás de mí.
Siento sus manos heladas rozando mi cuello mientras duermo.
¡TENGO MIEDO!
Y lo peor de todo…
¡NADIE ME CREE!
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CAPÍTULO 9 — TU ALMA ME PERTENECE
Entonces todo quedó en silencio.
Un silencio absoluto.
Y después...
TOC.
Un único golpe en la puerta.
Suave.
Educado.
Como el de una visita inesperada.
TOC. TOC.
La sangre se congeló en mis venas.
Una voz femenina habló desde el otro lado.
Dulce.
Cariñosa.
Inconfundible.
—Mi niña...
Las lágrimas acudieron inmediatamente a mis ojos.
Aquella voz...
Era la de mi madre.
—¿Mamá...?
—Lucia...
TOC. TOC. TOC.
—Ábreme.
Cada palabra era idéntica.
El mismo tono.
La misma calidez.
La misma voz que había escuchado durante toda mi infancia.
Pero algo dentro de mí se retorció de horror.
Un instinto profundo y primitivo me gritaba que no me acercara a esa puerta.
Que no respondiera.
Que no abriera.
Permanecí inmóvil.
Y no lo hice.
Pasaron varios segundos.
Entonces la voz volvió a hablar.
Esta vez había algo extraño en ella.
Algo incorrecto.
Como una máscara que comenzaba a resquebrajarse.
—¿Por qué dejaste de jugar?
El aire de la habitación se volvió gélido.
Las velas titilaron al unísono.
Y los susurros comenzaron a reír.
Primero unas pocas voces.
Luego decenas.
Después cientos.
Miles.
Una multitud invisible riendo desde la oscuridad.
Una risa hueca, enfermiza y desesperada llenó cada rincón de la habitación mientras aquello que aguardaba al otro lado de la puerta parecía disfrutar de mi silencio.
Apreté los puños con fuerza.
Intentaba convencerme de que todo era una pesadilla.
Que nada de aquello estaba ocurriendo realmente.
Pero entonces sentí algo.
Un roce.
Ligero.
Sobre mi muñeca.
Mi respiración se detuvo.
Permanecí inmóvil.
Durante unos segundos fui incapaz de moverme.
Luego llegó un segundo roce.
Más lento.
Más deliberado.
Como si unos dedos recorrieran mi piel con curiosidad.
El terror se extendió por mi cuerpo como agua helada.
Bajé la mirada poco a poco.
Y sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Desde las sombras de la habitación emergían varias manos deformes.
No eran humanas.
Sus dedos eran demasiado largos.
Las articulaciones sobresalían bajo una piel oscura y agrietada que parecía haber permanecido siglos enterrada bajo tierra.
Las uñas terminaban en garras negras y curvas.
Una de aquellas manos descansaba sobre mi brazo.
Otra se deslizaba lentamente por mi cintura.
Una tercera se aferraba a mi hombro.
Contuve un grito.
Mi cuerpo entero comenzó a temblar.
Retrocedí un paso.
Las manos avanzaron.
Retrocedí nuevamente.
Ellas volvieron a acercarse.
Como si me siguieran.
Como si supieran exactamente dónde estaba.
Mis ojos recorrieron la habitación desesperadamente.
Y entonces comprendí que aquellas cosas no estaban apareciendo únicamente a mi alrededor.
Surgían de todas partes.
De debajo de la cama.
Del interior del armario.
De los rincones oscuros donde la luz de las velas no alcanzaba.
Cada sombra parecía estar viva.
Cada sombra parecía ocultar algo.
Las paredes continuaban retorciéndose.
Los rostros atrapados en ellas abrían sus bocas en silenciosos gestos de agonía.
Algunos lloraban.
Otros reían.
Otros me observaban con expresiones vacías mientras intentaban arrastrarse fuera de la pared.
Un olor nauseabundo inundó nuevamente la habitación.
Era tan intenso que sentí arcadas.
Carne podrida.
Humedad.
Tierra removida.
Como si decenas de cadáveres se estuvieran descomponiendo a mi alrededor.
—N-No...
Mi voz apenas fue un susurro.
Las lágrimas comenzaron a nublar mi visión.
Fue entonces cuando todas las manos se detuvieron.
Al mismo tiempo.
Como si hubieran recibido una orden.
El olor desapareció.
Las risas cesaron.
Los lamentos desaparecieron.
Incluso la voz que imitaba a mi madre guardó silencio.
La quietud que siguió fue aún más aterradora.
El aire se volvió pesado.
Difícil de respirar.
Y entonces sentí algo detrás de mí.
Una presencia.
Inmensa.
Antigua.
Oscura.
Una sensación tan abrumadora que mis piernas estuvieron a punto de ceder.
Escuché una respiración.
Lenta.
Profunda.
Justo detrás de mi nuca.
No me atreví a moverme.
No me atreví a mirar.
Algo dentro de mí sabía que hacerlo sería un error.
La habitación quedó sumida en una penumbra espectral.
Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que podía escucharlo en mis oídos.
Y entonces sentí dos enormes manos apoyarse lentamente sobre mis hombros.
Aquellas manos eran distintas.
Mucho más grandes que las demás.
Mucho más pesadas.
Sus garras atravesaron la tela de mi vestido.
El contacto era helado.
Tan helado que sentí un dolor punzante recorrer mi espalda.
Las lágrimas resbalaron por mis mejillas.
No podía moverme.
No podía gritar.
No podía escapar.
Y en medio de aquella oscuridad, una voz masculina susurró junto a mi oído.
Una voz profunda.
Grave.
Antinatural.
Como si varias criaturas hablaran al mismo tiempo desde las profundidades de un pozo.
—Lucia Westton... tu cuerpo y tu alma me pertenecen.
Las palabras resonaron junto a mi oído como un eco surgido de las profundidades de una tumba.
Sentí que el mundo entero se detenía.
Aquella cosa conocía mi nombre.
Y afirmaba que yo le pertenecía.
El terror amenazó con paralizarme, pero una parte de mí se negó a aceptar aquellas palabras.
Apreté los dientes.
—Yo no te pertenezco.
Durante un instante todo quedó en silencio.
Un silencio absoluto.
Tan profundo que incluso los susurros de las paredes desaparecieron.
Entonces ocurrió algo.
La presencia detrás de mí cambió.
La sensación sofocante que emanaba de ella se transformó en algo mucho peor.
Rabia.
Una rabia salvaje y descontrolada.
Un rugido espantoso sacudió la habitación.
No se parecía al grito de ningún ser humano.
Sonó como cientos de voces desgarrando al mismo tiempo.
Las ventanas vibraron.
Las paredes se estremecieron.
Los rostros atrapados en la pared comenzaron a gritar de agonía.
Y antes de que pudiera reaccionar, una fuerza brutal me golpeó.
Mi cuerpo salió despedido por los aires.
Me estrellé contra la pared con tal violencia que el aire escapó de mis pulmones.
Un dolor insoportable recorrió mi espalda.
Caí al suelo aturdida escupiendo sangre.
Intenté incorporarme.
No pude.
Algo me sujetó.
Algo invisible.
Sentí unas garras aferrarse a mis tobillos.
Y entonces me arrastraron.
—¡Suéltenme!
Clavé las uñas en el suelo desesperadamente.
Intentando detenerme.
Intentando sujetarme a cualquier cosa.
Pero era inútil.
Aquella fuerza era demasiado grande.
De repente un dolor agudo atravesó mi cuello.
Solté un grito.
—¡AHHH!
Sentí unos dientes hundirse en mi piel.
No eran mordidas normales.
Aquello era como si una bestia estuviera intentando desgarrarme.
El dolor me hizo llorar.
Intenté apartar aquello manoteando a ciegas.
No toqué nada.
Solo oscuridad.
Solo vacío.
Y aun así seguía sintiendo aquellos colmillos.
Aquella respiración helada.
Aquella presencia monstruosa.
Fui arrastrada por el suelo mientras mis dedos intentaban aferrarse a cualquier objeto cercano.
Logré sujetar una de las puertas del armario.
Durante un segundo creí que podría resistir.
Que podría detener aquello.
La madera crujió.
Mis uñas se quebraron.
Y la fuerza que tiraba de mí aumentó.
Mis dedos resbalaron.
Perdí el agarre.
Un sollozo escapó de mis labios.
La oscuridad siguió arrastrándome hacia la cama.
Las sábanas colgaban inmóviles.
Las sombras bajo el colchón parecían más profundas de lo normal.
Demasiado profundas.
Como la entrada a un abismo.
vamos Lucia a gozar del cardenal, que está es papasito así este en silla de ruedas, lo demás debe responder jajajajajjajajajajajajua
Ho ayy si🤔