✅️🦋El Capitán Lin junto a Ettore y Marco, emprenden un viaje lleno de aventuras para recuperar el alma del hechicero Norman. Es la continuación de "El Despertar Del Príncipe".🦋✅️
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Saevus
El Salón del Trono del palacio de Yalnizlik era una estancia construida con piedra gris que exhalaba una humedad helada. Las antorchas, empapadas en una brea fétida, soltaban hilos de humo negro que se pegaban a los estandartes oscuros del Rey Erke. El ambiente no olía a incienso caro como en cualquier otro palacio, sino a cera rancia, sudor y el aroma metálico del miedo que los sirvientes dejaban tras de sí al limpiar el lugar.
Sentado en el trono de hierro negro, el Rey Erke sostenía una copa de oro con dedos enjoyados. Tenía la barba canosa manchada de vino tinto y una mirada turbia, gastada por los excesos de su harén. A su izquierda, de pie sobre las sombras de la columna principal, permanecía el Consejero Val. El traidor de la Orden de la Luz vestía su túnica blanca, pero la pureza de su ropa contrastaba con la maldad que brillaba en sus ojos afilados.
La pesada puerta de hierro se abrió con un estruendo. Armoton, el Verdugo, entró con pasos ensordecedores. Su armadura de placas negras estaba abollada y salpicada de un tinte púrpura del barrio de los tintoreros. En su mano derecha arrastraba a un hombre encadenado. Era el viejo posadero de El Telar Roto, que tiritaba de terror, con el rostro deformado por los golpes.
—¡Aquí está la rata, padre! —rugió Armoton, arrojando al posadero contra las piedras del suelo—. Descubrí que este sordo ocultaba a tres supuestos tejedores en la habitación número seis. Eran ex-cazadores de la Orden de la Luz, el capitán Lin y dos más. Mis hombres, fueron ejecutados en silencio dentro de su hostal. Esos malditos les cortaron la respiración antes de que pudieran dar la alarma.
El posadero gateó sobre el piso, intentando alcanzar las botas del Rey Erke mientras lloraba con un silbido seco.
—¡Piedad, Majestad! ¡Piedad! —chilló el viejo, con los dientes ensangrentados—. ¡Yo no sabía quiénes eran! ¡Llegaron al amanecer oliendo a alcantarilla y me pagaron con tres monedas de oro de las arcas del sur! ¡Me obligaron a comprarles túnicas de lana y a calentar cuatro tinas de agua!
Val dio un paso al frente, con una sonrisa de serpiente dibujándose en sus labios delgados. Se agachó frente al posadero, tomándolo de los cabellos sucios para obligarlo a mirarlo.
—¿Cuatro tinas de agua, viejo estúpido? —siseó Val, su voz cargada de un veneno insoportable—. ¿Eran cuatro hombres entonces? ¿Quién era el cuarto?
—¡El príncipe! ¡El príncipe menor, Vetmi! —delató el posadero, entregando la información con una rapidez desesperada para salvar su cuello —. ¡Iba con ellos! Vestía un chaleco de cuero viejo. Los otros tres hombres… uno era grande, de hombros anchos y ojos grises, y el más joven cargaba una ballesta pesada. Decían que se dirigían hacia la meseta profunda, hacia el sur… ¡Es todo lo que sé, se los juro por la Luz!
Armoton soltó una carcajada y, sin esperar una orden de su padre o de Val, levantó su bota blindada de hierro negro y la descargó con toda su fuerza sobre la nuca del posadero. Un crujido seco resonó en el Salón del Trono. El viejo se quedó inmóvil, con la sangre tiñendo el mármol gris. Los sirvientes de las esquinas bajaron la mirada, acostumbrados a esa crueldad diaria.
El Rey Erke soltó una risotada gorda, tomando un trago largo de su copa de oro.
—Buen golpe, Armoton. Ese sordo ya no servirá para cobrar aranceles. Así que el pequeño bastardo de Vetmi sigue vivo y huye con esos hombres. ¿Qué buscan esos perros en mis tierras, Val? ¿Por qué se llevaron a mi hijo menor?
Val caminó de regreso al trono, paseando sus dedos amarillentos por la mesa. Sus conclusiones no tenían nada que ver con la verdadera misión para recuperar a Norman; su mente corrupta solo podía pensar en el oro y el poder político.
—Es obvio, Rey Erke —declaró Val, con una fijeza mentirosa—. Ese bastardo de Vetmi siempre odió el palacio de piedra gris. Se alió con las capas grises del norte para guiar a los cazadores desertores de Lin hacia tus bóvedas secretas de Kala-Zul. Quieren robarse tu oro, Erke. Quieren usar las arcas de Yalnizlik para financiar la reconstrucción de ese palacio de cristal oscuro de Lucien Blackshield. El capitán Lin es solo un mercenario que busca quedarse con tu tesoro.
Erke golpeó el brazo de hierro de su trono, sus ojos rojos por la furia.
—¡Nadie toca mi oro! ¡He exprimido a los granjeros de la meseta durante años para llenar esas bóvedas! ¡Armoton, toma a cincuenta jinetes más y cierra los desfiladeros del sur profunda! ¡Quiero la cabeza de ese Lin y la de Vetmi en una pica antes del fin de semana!
—Se hará como ordenas, padre —respondió Armoton, acomodándose la maza de espinas en el hombro—. Drilon y sus guardias heridos me dieron el informe de que los emboscaron en la lavandería. Voy a despellejar a esos traidores de la Luz en cuanto los encuentre en las rocas altas.
El Verdugo dio media vuelta y salió de la sala, dejando un rastro de barro y sangre en las piedras.
Val miró la bandeja de frutas que un joven sirviente, un esclavo del harén de apenas quince años, sostenía con manos temblorosas. El chico había pestañeado por el miedo al ver el cadáver del posadero. Val, por pura diversión sádica, extendió su mano y le arrebató la daga de frutas al sirviente, hundiéndosela en la garganta con un movimiento rápido y sucio. El muchacho cayó al suelo sin poder gritar, ahogándose en su propia sangre, mientras la bandeja de plata rodaba por los escalones del trono.
El Rey Erke soltó otra carcajada, aplaudiendo con sus manos enjoyadas.
—¡Vaya, Val! Sigues teniendo el pulso rápido. Traigan a otra concubina para limpiar este lodo, y que sea una de las nuevas que trajimos de la frontera el mes pasado.
Val se limpió los dedos manchados de sangre en la túnica blanca del sirviente muerto, mirando hacia la puerta del fondo, donde el príncipe Saevus, era otro hijo bastardo de Erke, esperaba en la penumbra. Saevus era un hombre de facciones brutales, conocido por su envidia podrida hacia sus otros hermanos.
Minutos después, en un pasillo estrecho que conectaba el salón del trono con los aposentos privados del harén, Val se detuvo frente a Saevus. El aire aquí olía a aceites perfumados baratos y al llanto ahogado de las mujeres encerradas tras las rejas de hierro. El Consejero Val se inclinó hacia el príncipe, con su mirada malvada brillando en la oscuridad.
—Tu hermano Drilon está herido en la enfermería del palacio, Saevus —susurró Val, y su voz fue un siseo de pura manipulación—. Perdió su brazo derecho por el acero de Lin, y sus generales dicen que ha quedado inútil para la guerra. Pero tú sabes cómo funciona esto. Si Drilon se recupera, intentará ganarse el favor de tu padre acusándote de no haberlo apoyado en los techos de la lavandería. Y lo que es peor… si Armoton cae en el sur, Drilon sigue siendo el siguiente en la línea para el trono de hierro.
Saevus apretó los puños, su rostro desfigurado por el rencor.
—Drilon siempre fue el favorito de las concubinas de alto rango. ¿Qué sugieres que haga, consejero?
Val sonrió, dándole un pequeño golpe cariñoso en el hombro de la armadura.
—Sugiero que limpies el tablero, Saevus. Un accidente en la enfermería con el veneno del hongo de risco es fácil de justificar en estos días de crisis. Dile a tu padre que Drilon murió por las secuelas de las heridas que los extranjeros le dejaron en el techo. Así ganarás el mando de sus soldados, y yo me aseguraré de que el trono de marfil vacío de la Orden respalde tu nombre en el futuro.
Saevus asintió con una mirada asesina.
—Se hará esta misma noche, Val. Mi hermano no va a ver el amanecer de mañana.
Val regresó a sus aposentos privados, caminando por los pasillos del harén real con una arrogancia que no pertenecía a un fugitivo. Se detuvo en una de las celdas de bajo rango, donde una joven concubina lloraba abrazada a sus piernas. Sin un solo gramo de piedad, Val la tomó del cabello y la arrastró hacia el interior, abusando de su poder y de la debilidad de los inocentes mientras el Rey Erke seguía consumiendo vino en su trono, ajeno por completo al hecho de que la gran emboscada de la Garganta del Cuervo ya había sido destruida por el acero libre de Lin y las trampas de Marcos.
La podredumbre de Yalnizlik se cerraba sobre sí misma, una colmena de víboras donde los hijos se mataban por coronas de hierro y los sirvientes eran sacrificados por el capricho de los monstruos de túnica blanca.
Mientras tanto, en las fronteras lejanas de la meseta profunda, las tres capas grises y el príncipe Vetmi descansaban en la cueva del ermitaño Toivo, con la moral en alto, sin saber que el Verdugo ya cabalgaba hacia ellos con el hambre de la maza. La cacería por el alma de Norman se volvía cada vez más sucia en el sur, pero el acero de los hombres libres seguía afilado, listo para romper cualquier red que la envidia de los tiranos intentara tejer en su camino hacia el Faro.