"Luna heredó una cabaña en un pueblo maldito donde vampiros, hombres lobo y la mafia se disputan el derecho a poseerla, sin saber que ella es la última Heredera de la Niebla y la única capaz de destruirlos a todos."
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CAPÍTULO 10: EL ENTRENAMIENTO DE LA HEREDERA
El miércoles amaneció con un sol pálido y hambriento.
Luna apenas había dormido. La llave de hueso descansaba bajo su almohada, y cada vez que cerraba los ojos, oía las voces de los Primeros repitiendo las once líneas del conjuro. Las había memorizado. Las llevaba grabadas en la lengua como una segunda dentición.
Bajó las escaleras y los encontró a los tres esperando.
No en el porche. Dentro. Con café.
—Hemos hablado —dijo Dante, sirviéndole una taza humeante—. Esta noche empieza tu entrenamiento.
—¿Esta noche? —Luna aceptó el café, sorprendida por lo normal que resultaba aquel gesto—. ¿No es mejor empezar ya?
—La Bruja Original te vigila —respondió Viktor, que estaba junto a la ventana, mirando el bosque con sus ojos de bourbon—. De día, su poder es más débil. Pero no inexistente. Si entrenas ahora, ella verá todo lo que aprendes.
—¿Y si entreno de noche?
—También lo verá —dijo Alec, sentado en la encimera de la cocina con una manzana en la mano—. Pero de noche nosotros somos más fuertes. Si ella intenta algo, podremos protegerte.
—No necesito que me protejáis —dijo Luna, aunque ya sabía que era mentira.
—Necesitas que te enseñen —la corrigió Dante con suavidad—. Y eso es lo que vamos a hacer. Viktor te enseñará la niebla. Alec te enseñará a pelear. Y yo... yo te enseñaré a mentir.
Luna arqueó una ceja.
—¿Mentir?
—La Bruja Original se alimenta de la verdad. De las certezas. De las promesas. Si aprendes a mentir —a ti misma, a ella, a todos—, le quitarás su principal arma.
Viktor asintió.
—Los vampiros llamamos a eso «la máscara de plata». No es solo engañar. Es creerte el engaño. Es convertir la mentira en una verdad paralela.
—Suena complicado.
—Lo es —dijo Alec, mordiendo la manzana—. Por eso empiezo yo. Con algo más simple. A dar puñetazos.
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El primer entrenamiento fue al mediodía, en un claro del bosque que los tres reyes conocían bien.
No era un claro normal. Era un círculo perfecto de tierra desnuda, rodeado de abetos negros, con el cielo abierto justo encima. Alec dijo que aquel lugar se llamaba el Círculo de los Colmillos, y que durante siglos los lobos lo habían usado para resolver sus disputas a muerte.
—Hoy no vamos a matarnos —dijo, descalzo sobre la tierra—. Pero casi.
Luna se quitó la chaqueta. Debajo llevaba un sujetador deportivo y unos leggings negros que había encontrado en un armario de la cabaña. Eran de su abuela. Le quedaban perfectos.
—¿Y las reglas? —preguntó, estirando los brazos.
—Una sola regla —respondió Alec, y sus ojos dorados se oscurecieron hasta el ámbar—. No te detengas.
Atacó primero.
Luna no lo vio venir. Un segundo Alec estaba a tres metros de ella; al siguiente, tenía su brazo alrededor de su cuello y su aliento en la oreja.
—Estás muerta —susurró.
—No he empezado —gruñó Luna, y se dejó caer hacia atrás con todo su peso.
Alec, sorprendido, perdió el equilibrio. Luna aprovechó para golpearle en la nuez con el canto de la mano. No fue un golpe limpio —nunca había golpeado a nadie en su vida—, pero fue suficiente para que él soltara el agarre.
Se separaron, jadeando.
—No está mal —dijo Alec, frotándose la garganta—. Instinto. Pero el instinto no basta. Tienes que pensar.
—¿Pensar? Acabas de decir que no me detuviera.
—Pensar rápido. No es lo mismo que pararse.
Atacó de nuevo. Esta vez, Luna lo vio. No con los ojos —era demasiado rápido para eso—, sino con la nuca. Con ese zumbido que la acompañaba desde que cruzó el cartel de Cresta Negra.
Se agachó. El brazo de Alec pasó sobre su cabeza. Y ella, sin pensarlo, le clavó los dedos en el costado.
Él soltó un gruñido —no de dolor, de sorpresa— y retrocedió.
—¿Dónde has aprendido eso? —preguntó, con los ojos muy abiertos.
—No lo he aprendido. Lo he... sentido.
Alec la miró largamente. Luego, sonrió. Era la primera sonrisa genuina que Luna le veía.
—Vas a ser un problema para la Bruja.
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El segundo entrenamiento fue al anochecer, en la misma cueva de la cascada.
Viktor la llevó allí flotando casi, sus pies apenas tocando el suelo. El agua golpeaba la piedra con un ritmo hipnótico, y el interior de la cueva olía a tierra mojada y a magia antigua.
—La niebla no se controla —dijo Viktor, sentado en el centro del círculo de runas—. Se negocia.
—¿Negociar con la niebla? —Luna se sentó frente a él, cruzando las piernas—. ¿Es consciente?
—No como tú y yo. Pero tiene voluntad. La Niebla de Cresta Negra es vieja. Más vieja que los árboles. Más vieja que los vampiros. Y tiene hambre.
—¿Hambre de qué?
—De propósito. Durante siglos, la Niebla ha sido usada por la Bruja Original como su brazo armado. Pero la Niebla no es mala. Es... indiferente. Si tú le ofreces un propósito mejor, se pondrá de tu lado.
—¿Y qué propósito puedo ofrecerle?
Viktor la miró a los ojos.
—La libertad. La Bruja Original la ha esclavizado. Tú puedes liberarla.
Luna cerró los ojos. Respiró hondo. Y entonces, por primera vez, no intentó ignorar el zumbido en su nuca. Lo abrazó.
Hola, pensó. Soy Luna.
La niebla respondió.
No con palabras. Con imágenes. Vio bosques que nunca habían conocido el hacha. Vio animales que se habían extinguido antes de que los humanos aprendieran a escribir. Vio una puerta —la misma puerta de la cueva—, pero no cerrada. Abierta. Y al otro lado, algo que no era oscuridad.
Era vacío.
Ayúdame, pensó Luna. Y yo te ayudaré.
La niebla se arremolinó a su alrededor, tocándole la cara con dedos húmedos y fríos. Y entonces, en el centro de su pecho, algo se encendió.
Un nudo. Un ancla. Un pacto.
Abrió los ojos.
La cueva entera estaba llena de niebla. Pero no era la niebla gris de siempre. Era violeta. Del color de sus ojos.
Viktor sonrió, y por primera vez Luna vio algo humano en su rostro.
—Lo has conseguido. La Niebla te ha elegido.
—¿Ahora qué?
—Ahora —dijo Viktor, poniéndose en pie—, aprendes a usarla.
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El tercer entrenamiento fue a medianoche, en la cabaña.
Dante la esperaba en la mesa de pino, con una baraja de cartas en las manos y una botella de whisky vacía a sus pies.
—Siéntate —dijo, señalando la silla frente a él—. Vamos a jugar al póker.
—¿Póker? —Luna se sentó, desconcertada—. ¿No deberías enseñarme a mentir?
—El póker es mentir con cartas. Y con miradas. Y con respiraciones. —Dante barajó con una habilidad que delataba años de práctica—. Si aprendes a ganarme a mí, podrás engañar a cualquiera. Incluso a la Bruja.
Repartió las cartas.
Luna miró su mano. Dos doses. Un cinco. Un ocho. Un rey. Una mierda.
—Apuesto diez —dijo Dante, empujando un puñado de cerillas hacia el centro de la mesa.
Luna lo miró. Su cara era un libro abierto. Tranquilo. Seguro.
Miente, pensó. Tiene que estar mintiendo.
—Veo —dijo, empujando también sus cerillas.
Dante sonrió. Mostró sus cartas: una escalera de color.
Luna maldijo.
—No te enfades —dijo él, recogiendo las cerillas—. El enfado es una emoción que se lee. La Bruja Original leerá tu miedo, tu rabia, tu deseo. Si quieres ganarle, tienes que sentir esas cosas... y mostrar otras.
—¿Cómo se hace eso?
—Practicando. —Dante barajó de nuevo—. Otra mano.
Jugaron hasta las tres de la madrugada. Luna perdió las primeras veinte partidas. Luego, algo cambió. Empezó a notar los tics de Dante: cómo se mordía el labio cuando tenía una buena mano, cómo se inclinaba hacia atrás cuando faroleaba, cómo sus ojos se iban a la izquierda cuando calculaba probabilidades.
Ganó la vigésimo primera partida.
Dante la miró, y por un instante, su máscara de cortesía se resquebrajó. Debajo, Luna vio algo que no esperaba.
Orgullo.
—Ya está —dijo Dante, levantándose—. Has aprendido más esta noche que la mayoría en un año.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó Luna, de repente—. Tu abuelo mató a la mía. Tu familia hizo un pacto con la Bruja. ¿Por qué estás aquí?
Dante se quedó quieto. Dio la espalda. Y cuando habló, su voz era tan baja que apenas se oía.
—Porque el niño perdido que Margaret salvó en el bosque nunca la olvidó. Y porque quiero que mi hijo —cuando lo tenga— herede un valle donde no tenga que matar para sobrevivir.
Se giró. Sus ojos negros brillaban.
—Y porque tú, Luna, eres la única persona que me ha mirado como si no fuera un monstruo.
Luna no supo qué responder. Pero algo en su pecho —ese nudo que la Niebla había dejado— se calentó un poco más.
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El jueves amaneció gris.
Luna entrenó todo el día. Nieve por la mañana con Viktor. Puñetazos con Alec al mediodía. Mentiras con Dante por la tarde.
Y al caer la noche, cuando los tres reyes se fueron a descansar —cada uno a su territorio, cada uno a prepararse para lo que venía—, Luna se quedó sola en la cabaña.
O no del todo sola.
La Niebla estaba con ella. Violeta. Tranquila. Esperando.
—Mañana es el viernes —dijo Luna en voz alta.
La Niebla se arremolinó.
—Mañana entro en la cueva. Mañana abro la puerta. Mañana me enfrento a ella.
La Niebla se posó en su hombro como un manto.
Luna cogió la llave de hueso de debajo de la almohada. La apretó contra su pecho. Y entonces, en la ventana, vio algo.
No era Viktor. No era Alec. No era Dante.
Era una figura pequeña, envuelta en harapos, con los ojos violetas brillando en la oscuridad.
Una niña.
La niña levantó la mano y señaló el bosque. Luego, sonrió. Y su sonrisa tenía demasiados dientes.
Luna parpadeó.
La niña había desaparecido.
Pero en el marco de la ventana, pegada al cristal desde fuera, había una hoja de arce roja.
En octubre.
Luna abrió la ventana. Cogió la hoja. La hoja se deshizo en sus dedos, pero no en ceniza.
En sangre.
Sangre caliente. Sangre que olía a lavanda.
Sangre de Margaret.
—Mañana —susurró Luna, limpiándose los dedos en los leggings—. Mañana te saco de ahí, abuela.
Afuera, la niebla violeta se extendió como una promesa.
Y en lo más profundo del bosque, la puerta negra parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
El viernes había llegado.