Ella es mejor amiga del chico popular el cual comienza a sentir algo por el Pero los prejuicios por las apariencias complican todo
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Capitulo 10
Una porrista se acercó a Pablo.
Era rubia, alta, con la sonrisa ensayada de quien está acostumbrada a conseguir lo que quiere. Se paró frente a él, inclinó la cabeza y soltó la pregunta como si fuera un favor.
—Hola. ¿Me puedes dar tu número?
Pablo ni siquiera lo pensó.
—No, lo siento —respondió, y volvió a mirar hacia Abril.
La porrista se quedó helada.
Nadie le decía que no.
Nadie.
Entonces, con una rapidez que nadie esperaba, agarró el vaso de leche de la mesa de al lado y se lo arrojó en la cabeza a Pablo.
El líquido blanco escurrió por su cabello, por su rostro, por su cuello. Cayó sobre la camisa impecable.
—Pudrete, imbécil —dijo ella, con la voz llena de veneno.
El silencio invadió la cafetería.
Y entonces Abril explotó.
—¿Qué crees que haces, perra? —gritó, levantándose de su silla.
La porrista la miró de arriba abajo, con desprecio.
—No te metas en lo que no te importa, vaca —respondió, alzando la barbilla.
Abril sintió cómo algo se rompía dentro de ella. No era tristeza. No era miedo.
Era paciencia.
La paciencia que había guardado durante años. Las burlas. Los empujones. Los comentarios. Las risas. Todo eso se condensó en un segundo.
Y entonces la agarró de los pelos.
La porrista chilló. Las mesas se corrieron. Alguien gritó. Alguien más se rió.
Pablo reaccionó al instante. Se levantó, se interpuso y empujó a la porrista lejos de Abril, con suficiente fuerza para que ella tropezara y cayera al suelo.
—¡Basta! —gritó Pablo, con la voz rota entre la furia y la desesperación.
La cafetería entera miraba.
Abril respiraba agitada, con los puños aún apretados. Pablo estaba frente a ella, goteando leche, protegiéndola.
Y Diana, desde su mesa, observaba todo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Esto se está poniendo interesante, pensó.
La cafetería estaba en silencio.
La porrista lloraba en el suelo, con el cabello revuelto y la maquillaje corrido. Algunas chicas se acercaron a ayudarla, lanzándole miradas asesinas a Abril.
Pablo seguía frente a ella, con la leche goteando de su barbilla.
—Vámonos —dijo, tomando a Abril del brazo.
Ella no opuso resistencia. Caminaron rápido, sin mirar atrás, mientras los susurros crecían como un río detrás de ellos.
Salieron al patio trasero. Un lugar vacío, olvidado, donde nadie iba.
Abril se soltó y se sentó en una banca, con las manos aún temblando.
—Lo siento —dijo, con la voz apagada—. No debí hacer eso.
Pablo se sentó a su lado. No le importaba la leche. No le importaba su camisa arruinada.
—Ella se lo merecía —dijo.
Abril negó con la cabeza.
—No. Eso no es quien soy. No quiero ser así.
Pablo la miró. La vio pequeña, arrepentida, con los ojos brillantes.
—¿Y quién eres? —preguntó.
Abril tardó en responder.
—Alguien que está cansada —dijo al final—. Cansada de que me empujen. Cansada de que me llamen vaca. Cansada de que Milo se baje del coche para que no lo vean conmigo. Cansada de fingir que no duele.
Las palabras salieron como un río contenido.
Pablo no supo qué decir.
Porque él también había sido de los que empujan. De los que llaman vaca. De los que se ríen.
Y ahora estaba ahí, sentado junto a ella, queriendo protegerla de un monstruo que, hasta hace muy poco, era él mismo.
—No voy a permitir que te vuelvan a hacer daño —dijo Pablo, en voz baja.
Abril lo miró, confundida.
—¿Por qué? Apenas te conozco.
Pablo sostuvo su mirada.
—Porque eres la única persona que no me ha dado la espalda.
Abril sonrió. Una sonrisa triste, pequeña.
—Eso es triste.
—Lo sé —dijo él.
Abril sacó un pañuelo de su mochila.
—Deja —dijo, acercándose a él.
Pablo se quedó quieto mientras ella le limpiaba la leche del rostro. Sus movimientos eran suaves, delicados. Como si estuviera limpiando algo frágil.
Luego pasó a la ropa. Frotó suavemente sobre la camisa blanca, intentando quitar las manchas.
—¿Por qué no le diste tu número? —preguntó Abril, sin levantar la vista.
Pablo la miró.
—Es bonita —dijo ella.
—Sí, lo es —respondió él—. Y mucho. Pero está loca y da miedo.
Abril soltó una risa.
Luego él también.
Y entonces ambos empezaron a reír. Una risa que venía de lo más profundo, de alivio, del absurdo de la situación. Un chico cubierto de leche y una chica que acababa de pelear con una porrista.
—No sabía que tenías tanto sentido del humor —dijo Abril, secándose una lágrima de risa—. Eso me gusta.
Pablo sintió algo cálido en el pecho.
—Me alegra mucho —dijo, con una voz más suave de lo que pretendía—. Realmente eres una persona muy interesante.
Diana los veía a la distancia.
Estaba escondida detrás de una columna, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.
Pero vio algo diferente en los ojos de Pablo.
No había maldad.
No había sarcasmo.
No había el brillo burlón de siempre.
Había algo más suave. Algo que ella no reconocía.
¿Será que realmente le estaba gustando la gorda?
Negó con la cabeza.
No. Eso es imposible.
A Pablo solo le gustan mujeres como ella.
Pero mientras miraba cómo Abril le limpiaba la camisa y cómo Pablo la miraba con una intensidad que nunca le había dedicado a nadie...
Diana sintió algo que no sabía nombrar.
Y no era amor.
Era miedo.
Y por primera vez, no le importó reconocerlo.