⚠️🚫Un nuevo "asesino perfecto" aparece en la ciudad. No usa feromonas, usa tácticas militares que Ben reconoce. Y ese es solo el inicio de los problemas de la familia Volkov Masson. 🚫⚠️ 💡Estilo staempunk💡
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Estaba marcado
La noche en Puerto Gris era gélida. Tras los pesados ventanales de la habitación principal, la brisa marina silbaba con una violencia contenida, pero las puertas del balcón permanecían cerradas por seguridad; Bruce Albor estaba fuera y la mansión era ahora un búnker. Dentro, el aire era una mezcla densa de jazmín eléctrico y bosque quemado, una fragancia que se volvía más pesada con cada segundo de silencio.
Ben, estaba sentado en el gran diván de terciopelo oscuro, iluminado únicamente por la luz plateada de la luna que se filtraba por el cristal. A sus treinta y tantos años en ese mundo, el Capitán conservaba una planta de guerrero, pero la fatiga mental de los últimos días le pesaba en los hombros. Sus ojos azules, que chispeaban con ese matiz de su mutación, observaban a Valerius caminar hacia él.
Valerius Volkov no era el mismo hombre que conoció hace trece años; el tiempo lo había vuelto más implacable, más territorial. El alfa se detuvo frente al diván, despojándose de su camisa. Bajo la luz lunar, las cicatrices de su pecho parecían grabados antiguos. Sus ojos dorados, cargados de una dominancia posesiva, se clavaron en Ben.
—Han pasado años, Ben, pero sigues tratando de cargar el mundo sobre tu espalda —la voz de Valerius era un rugido bajo—. Tu aroma me dice que estás al límite. Deja de ser el oficial por una noche. Sé solo mío.
Ben soltó un suspiro largo, dejando caer la cabeza contra el respaldo del diván.
—Bruce me tiene fuera de mí, Valerius. Él conoce mis debilidades. Siento que me está observando incluso aquí dentro.
Valerius se inclinó, atrapando las manos de Ben y obligándolo a arrodillarse sobre el diván. La diferencia de tamaño y poder se hizo evidente de inmediato. El alfa no buscaba permiso; buscaba sometimiento. Valerius rodeó el cuello de Ben con una mano grande y cálida, presionando el pulgar justo debajo de su mandíbula.
—Nadie te observa aquí más que yo —sentenció el alfa—. Y yo soy el único que tiene derecho a reclamar lo que hay en este cuerpo.
Con un movimiento brusco, Valerius obligó a Ben a girarse y apoyarse contra el respaldo del diván, quedando de espaldas al alfa. El policía sintió el frío de la noche colarse por su bata abierta, contrastando con el calor abrasador de Valerius. El alfa lo tomó con una intensidad que recordaba a sus primeros años en la mansión, cuando el deseo era una guerra constante.
Valerius despojó a Ben de su ropa con una urgencia que no admitía réplicas. El omega dominante, el estratega que nunca se rendía, decidió que por esa noche, la rendición era su único refugio. Ben sintió los lubricantes naturales de su cuerpo mojar sus muslos, una respuesta biológica que Valerius reconoció con un gruñido de satisfacción. El alfa utilizó su propia saliva para preparar el camino, sus dedos moviéndose con una pericia que solo años de intimidad podían otorgar.
—Mírate, Ben —susurró Valerius al oído, mordisqueando el lóbulo de su oreja mientras lo penetraba con un empuje lento y profundo—. Llevo años marcándote y sigues apretándote alrededor de mí como si fuera la primera vez. Estás tan necesitado de tu alfa que me dan ganas de encerrarte aquí para siempre.
Ben soltó un gemido que se mezcló con el silbido del viento fuera de la mansión. Se dejó someter, permitiendo que Valerius lo manejara a su antojo sobre el terciopelo.
Cada embestida del Lobo era una declaración de propiedad que resonaba en los huesos del policía. Ben arqueaba la espalda, sus manos arañando la tela del diván, mientras las palabras sucias y posesivas de Valerius inundaban su mente, borrando las imágenes de los cadáveres en los muelles y las marcas de Bruce.
—¡Más fuerte! —suplicó Ben, su voz perdiendo toda la compostura del Capitán—. ¡Haz que olvide todo, Valerius!
El alfa aumentó el ritmo, sus embestidas golpeando el fondo del omega con una fuerza rítmica y despiadada. El placer era una descarga eléctrica constante. Ben sentía que su mente se disolvía, entregándose al hombre que lo había rescatado de la miseria años atrás. Cuando el clímax comenzó a asomarse, Valerius buscó el lugar que le pertenecía.
Se inclinó sobre la nuca de Ben, justo donde la glándula latía con una violencia suicida. Los colmillos de Valerius rozaron la piel, un recordatorio de la marca que ya existía, pero que necesitaba ser renovada ante la amenaza del traidor.
—Dime de quién eres, Ben Connors —rugió Valerius, su voz vibrando contra su piel.
—Tuyo... siempre tuyo, Lobo —jadeó Ben, entregando su cuello por completo.
Valerius hundió sus colmillos en la glándula con una ferocidad que hizo que Ben gritara de éxtasis. El dolor agudo se transformó instantáneamente en una ola de calor que recorrió su columna vertebral. Al mismo tiempo, el alfa sintió que el nudo en la base de su miembro comenzaba a hincharse.
Valerius se hundió hasta el fondo por última vez mientras el nudo se sellaba dentro de Ben. Era una unión biológica total, una conexión que los anclaba el uno al otro de forma física y espiritual. Ben soltó un jadeo largo, sintiendo la plenitud del anudamiento, esa sensación de ser uno solo con el alfa que lo protegía.
El clímax los golpeó con la violencia de una tormenta de ozono. Valerius se descargó dentro de Ben con espasmos largos, llenándolo de su esencia mientras se aferraba a sus caderas. Ben se quedó inmóvil, atrapado por el peso y el nudo de su esposo, con la marca en su nuca ardiendo como un fuego volcánico que renovaba su pacto de lealtad.
Minutos después, con la respiración aún agitada y los cuerpos unidos en el diván bajo la luz lunar, Valerius hundió el rostro en el cabello de Ben. El alfa ya no estaba enojado, ni paranoico; estaba saciado.
—Bruce Albor puede intentar lo que quiera —susurró Valerius, acariciando la marca fresca en el cuello de Ben—. Pero mientras este nudo nos mantenga unidos, él nunca podrá tocar al hombre que vive bajo mi piel.
Ben cerró los ojos, disfrutando de la pesadez del anudamiento y del calor de su alfa. En ese diván, con la brisa fría golpeando los cristales cerrados, el Capitán finalmente encontró la paz. Estaba marcado, estaba anudado y, por encima de todo, estaba en casa.