Susena creía vivir en un paraíso: un hogar impecable, tres hijos amados, un bebé en camino y un esposo que parecía perfecto. Pero cuando Julián muere en un trágico accidente, su mundo de cristal estalla.
Entre deudas ocultas y el descubrimiento de una impactante doble vida, Susena se queda en la calle y sin nada. Sola con sus hijos y una tía a su cargo, deberá abandonar su fragilidad para transformarse en una madre de acero. Una historia de traición y coraje donde una mujer deberá luchar contra la pobreza y el engaño para reconstruir su destino.
¿Hasta dónde llegarías para salvar a los tuyos cuando descubres que tu vida entera fue una mentira?
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CAPÍTULO 13: La calidez del hogar
El trayecto desde la escuela hasta Astoria transcurrió en un silencio que, por primera vez, no era incómodo. En el asiento trasero del lujoso auto de Maximiliano, los trillizos miraban por la ventana, todavía procesando que el hombre que salía en las portadas de las revistas de negocios acababa de salvar su futuro escolar. Mateo, con su labio partido pero con la mirada brillante, no dejaba de observar a Max de reojo, admirando la seguridad que ese hombre emanaba. Susena, al lado de Max, sentía una mezcla de alivio y una extraña vulnerabilidad. Estaba agradecida, pero ver a Maximiliano D'Angelo entrando en su mundo privado la ponía nerviosa.
Al llegar al edificio de ladrillos rojos en Astoria, Susena dudó por un momento.
—Señor D'Angelo, gracias por todo. No tiene que subir, nosotros estamos bien ahora —dijo ella, intentando mantener la distancia.
—Max —corrigió él, mirándola fijamente—. Y voy a subir. Quiero asegurarme de que Mateo esté bien y que esa herida no necesite algo más que una limpieza.
Susena no tuvo más remedio que guiarlo por las escaleras hasta el cuarto piso. Al abrir la puerta del apartamento, el contraste fue inmediato. No había porteros de uniforme ni pisos de mármol. El aire olía a la canela de las galletas que la tía Martha acababa de hornear. El apartamento era pequeño, con muebles sencillos que Susena había logrado comprar con su adelanto, pero tenía una calidez que la Torre D'Angelo nunca conocería. Las paredes estaban decoradas con dibujos de los niños y fotos familiares que habían rescatado.
La tía Martha salió de la cocina, sorprendida de ver a la "leyenda de Wall Street" cruzando su humilde puerta.
—Tía, el señor D'Angelo nos ayudó con un problema en la escuela —explicó Susena rápidamente.
—Mucho gusto, señora —dijo Max, inclinando la cabeza con una cortesía que Susena nunca le había visto usar con sus socios millonarios—. Tienen un hogar muy... acogedor.
Maximiliano se sentó en el sofá de tela color crema, que para él debía sentirse como sentarse en el suelo, pero no hizo ni un solo gesto de incomodidad. Se quitó la chaqueta de sastre, se arremangó la camisa de seda y llamó a Mateo. Con una paciencia que nadie en Nueva York le creería, ayudó a la tía Martha a revisar el golpe del niño.
—Fue un buen golpe, Mateo. Pero recuerda, el acero no se rompe, solo se templa —dijo Max, usando la palabra favorita de Susena.
Mateo asintió, fascinado. Durante la siguiente hora, Maximiliano dejó de ser el magnate implacable para convertirse simplemente en Max. Escuchó a Valeria hablar sobre sus libros, probó las galletas de la tía Martha —admitiendo que eran mejores que cualquier postre de cinco estrellas— y observó cómo Susena se movía por la pequeña cocina preparando café. En ese apartamento humilde de Astoria, Max se sintió extrañamente a gusto. Aquí no había segundas intenciones, no había modelos buscando su dinero ni socios buscando su poder. Había una familia real, una madre que luchaba y un hogar que se sentía vivo.
Antes de irse, Max se detuvo frente a Mateo.
—Me contaron que eres bueno en los deportes, pero que te falta técnica en el tenis. Mi club tiene las mejores canchas de la ciudad. ¿Qué te parece si este sábado te llevo a jugar y te enseño algunos trucos?
Los ojos de Mateo casi se salen de sus órbitas. Miró a su madre buscando permiso. Susena, conmovida por el gesto, asintió con una sonrisa.
—¡Me encantaría, señor Max! —exclamó el niño.
—Entonces es un trato. El sábado a las diez pasaré por ti —dijo Max, dándole un apretón de manos firme.
Al despedirse en la puerta, Max se quedó a solas con Susena por un instante. El pasillo del edificio estaba mal iluminado, pero la intensidad de su mirada lo llenaba todo.
—Tienes algo increíble aquí, Susena —susurró él—. He pasado cincuenta años construyendo edificios de cristal, pero nunca había sentido la calidez que hay entre estas paredes. Gracias por dejarme entrar.
Susena se quedó apoyada en la puerta después de que él se fue, escuchando sus pasos alejarse. Su corazón latía con una fuerza desconocida. Maximiliano D'Angelo no solo había salvado la escuela de sus hijos; estaba empezando a derretir el hielo que rodeaba su propia vida. Pero mientras sonreía, una pequeña duda cruzó su mente: ¿qué pasaría cuando el hombre que duerme con modelos cada fin de semana se diera cuenta de que ella no era un pasatiempo, sino una mujer con raíces y un pasado que todavía podía alcanzarla?
Corta y sin tantos dramas.
Corta y sin tantos dramas.