El amor entra por el estómago y los ojos
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16
El jardín de la mansión Románov parecía el escenario de una película surrealista. En el centro del césped impecable, un poni color crema con un lazo rosa gigante masticaba tranquilamente el pasto, mientras a su alrededor se desarrollaba el evento más importante del año: el té real de Inna.
La mesa era inmensa, una estructura de madera blanca vestida con encajes y porcelana fina. En el mundo de la mafia, existen jerarquías de sangre y fuego, pero en ese jardín, la jerarquía la dictaba una niña de cuatro años. Nadie, absolutamente nadie, se atrevía a rechazar una invitación al té. Allí estaban sentados desde los guardaespaldas que podían matar a un hombre con un suspiro, hasta las chicas del servicio, el mayordomo y los cocineros, todos con sus tazas de té minúsculas en manos endurecidas por el trabajo o las armas.
Inna, sentada en su trono acolchado, tomó uno de los besos de cereza que Jazmín había horneado con tanto esmero. Al morderlo, sus ojos azules se iluminaron como dos zafiros bajo el sol.
—¡Qué rico, papi! —exclamó con la boca manchada de un poco de azúcar—. Está delicioso, ¿verdad, Señor Conejo? —preguntó, acercando el dulce al hocico de felpa de su peluche.
Sergei, sentado a la cabecera, sintió que el nudo de tensión que siempre cargaba en los hombros se deshacía por completo. Ver a su hija feliz era su única redención.
—¿Te gustaron, bomboncito? —preguntó Igor, quien lucía una corona de plástico que la niña le había obligado a ponerse.
—¡Sí, tío Gor! Están deliciosos. Son los mejores del mundo entero —sentenció la pequeña princesa.
En ese preciso momento, el ambiente en la mesa cambió. Un silencio denso cayó sobre los invitados, pero no era un silencio de miedo, sino de envidia pura y dura. En la corte de Inna, los lugares en la mesa no eran fijos; se ganaban. Y el asiento a la derecha de la niña era el "Santo Grial" de la mansión. Solo los afortunados, los que habían hecho un mérito excepcional a los ojos de la pequeña, podían ocuparlo.
Hoy, ese lugar estaba ocupado por Neón.
El conductor, un hombre que usualmente no mostraba más emoción que una piedra, intentaba mantener la compostura, pero el brillo de triunfo en sus ojos era innegable. Había sido él quien encontró la cafetería "Dulce Encuentro". Había sido su búsqueda la que trajo los besos de cereza que ahora tenían a la jefa de excelente humor.
Neón sintió el peso de las miradas. Sus compañeros de batalla, hombres que habían sobrevivido a balaceras juntos, lo miraban con un rencor mal disimulado. Las chicas de servicio cuchicheaban entre ellas, envidiando su proximidad a la pequeña; el mayordomo suspiraba con resignación y hasta los vigilantes de las torres de seguridad lo observaban por los binoculares con el corazón apretado.
Incluso Sergei e Igor lo miraban con una mezcla de respeto y fastidio. Neón acababa de asegurar su puesto y su seguridad por lo menos durante los próximos seis meses.
—Neón —dijo Inna, extendiendo su manita hacia él—, tú me diste los dulces ricos. Tú te puedes comer mi última galleta de chocolate.
Un jadeo colectivo recorrió la mesa. Darle su galleta favorita a alguien era el honor más alto que Inna podía conceder. Neón tomó la galleta con una reverencia casi religiosa, mientras Sirio, que seguía exiliado en el extremo más alejado de la mesa por el incidente del "té pink", apretaba su taza con tanta fuerza que la porcelana crujió.
—Gracias, princesa —murmuró Neón, sintiéndose el hombre más poderoso de Rusia.
Mientras el té continuaba y el poni relinchaba al fondo, Sergei miraba la caja vacía con el logotipo de la cafetería. El sabor de esos dulces había traído una paz milagrosa a su casa. Inna estaba encantada, pero Sergei sabía que no era solo por el azúcar. Había algo en esa chica, Jazmín, que se había quedado grabado en su mente.
—Igor —susurró Sergei, sin apartar la vista de su hija—. Mañana vamos a necesitar más dulces. Y quiero que la pastelera los traiga personalmente. Quiero ver si su presencia es tan dulce como su repostería.
Igor sonrió bajo sus gafas oscuras. El juego apenas comenzaba.