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LA HEREDERA DE LA NIEBLA

LA HEREDERA DE LA NIEBLA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Vampiro / Hombre lobo
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Luna heredó una cabaña en un pueblo maldito donde vampiros, hombres lobo y la mafia se disputan el derecho a poseerla, sin saber que ella es la última Heredera de la Niebla y la única capaz de destruirlos a todos."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 8: LA CUEVA DE LA CASCADA

El sendero hacia la cascada no estaba en ningún mapa.

Dante lideraba la marcha. Conocía el bosque mejor que los otros dos, aunque nunca explicó por qué. Viktor caminaba detrás de él, flotando más que pisando, sus pies apenas rozando la hojarasca húmeda. Alec cerraba la fila, descalzo sobre las piedras y las raíces, con los ojos dorados barriendo el perímetro cada pocos segundos.

Luna iba en medio.

No la habían puesto allí por casualidad. Era el punto más protegido. El más vulnerable también. Si alguien atacaba por delante, Dante caía primero. Si atacaban por detrás, Alec. Si atacaban desde arriba —desde los árboles, desde el cielo— Viktor podía interceptar antes de que nadie parpadeara.

Nadie dijo «te estamos protegiendo». Pero todos lo sabían.

El bosque cambiaba a medida que avanzaban.

Los abetos se volvían más retorcidos, las ramas más bajas, como si el suelo mismo hubiera envejecido antes de tiempo. La niebla no se arrastraba aquí. Respiraba. Entraba y salía de los claros como pulmones invisibles.

—¿Cuánto falta? —preguntó Luna, en voz baja.

—Diez minutos —respondió Dante sin volverse.

—Lleváis diciendo «diez minutos» desde hace media hora.

—El bosque no quiere que lleguemos —dijo Viktor, y su voz tenía un dejo de respeto que Luna no esperaba—. La Bruja Original lo está retrasando.

—¿Puede hacer eso?

Alec gruñó por detrás.

—Puede hacer cosas peores. No hables de ella en voz alta. Atrae la atención.

Luna calló. Pero en su cabeza, las palabras de Margaret resonaban: «La Niebla me habla.» Ella también oía algo. Un susurro lejano, como una conversación al otro lado de una pared muy gruesa.

Ven, decía el susurro. Ven a casa.

No sabía si era la Bruja Original o su propia conciencia. Decidió que daba igual.

La cascada apareció de repente.

El bosque se abría en un anfiteatro natural de piedra negra y musgo amarillo. El agua caía desde una altura de treinta metros, blanca y furiosa, alimentando un pozo de aguas verdes que humeaban a pesar del frío. Y detrás de la cortina de agua, una grieta en la roca.

La cueva.

—Ahí fue donde tu abuela vivió los primeros años —dijo Dante, señalando la grieta—. Y ahí fue donde la encontraron.

—¿Quién la encontró? —preguntó Luna.

Los tres intercambiaron miradas.

—Nosotros —respondió Viktor—. Los tres. Hace tres semanas.

Luna sintió cómo la sangre se le helaba.

—¿Estabais aquí? ¿Los tres? ¿Y no hicisteis nada?

—Llegamos tarde —dijo Alec, y su voz era un gruñido de dolor más que de rabia—. Cuando entramos en la cueva, ella ya no estaba. Solo quedaba esto.

Metió la mano en el bolsillo trasero de sus pantalones de camuflaje y sacó algo pequeño y negro.

Un rosario.

Cuentas de ámbar y una cruz de plata oxidada. Luna lo reconoció al instante. Lo había visto en el cuello de su abuela en cada foto, en cada recuerdo. Margaret nunca se lo quitaba.

Hasta que se lo arrancaron.

Luna cogió el rosario con manos temblorosas. Las cuentas aún olían a lavanda. A su abuela.

—Enseñadme la cueva —dijo.

—No es segura —interrumpió Viktor—. La energía dentro es... inestable. La Bruja Original ha estado allí.

—No me importa.

—Luna —Alec usó su nombre por primera vez. No «señorita». No «Heredera». Luna—. Dentro hay cosas que no deberías ver.

—Mi abuela estuvo allí durante setenta años. Creo que puedo aguantar diez minutos.

Dante suspiró. Se quitó la chaqueta del traje y se la ofreció a Luna.

—El agua está helada. Para pasar la cascada, vamos a mojarnos.

Luna aceptó la chaqueta. Olía a colonia cara y a algo más. A hierro. A sangre muy antigua.

Se la puso. Le quedaba enorme.

—Vamos.

---

Pasar la cascada fue como atravesar una pared de agujas.

El agua golpeaba los hombros de Luna con una furia blanca, empapándola hasta los huesos en tres segundos. Alec la sujetó por la cintura, guiándola hacia la grieta. Viktor iba delante, abriendo paso con una fuerza que parecía desafiar la física. Dante detrás, protegiendo la retaguardia.

La cueva olía a tierra mojada y a algo podrido. Y a otra cosa.

A magia.

Luna no sabía cómo describirlo. Era un olor que no entraba por la nariz, sino por los poros. Por los ojos. Por los huesos.

El interior era más grande de lo que parecía desde fuera. Las paredes de roca negra brillaban como si estuvieran húmedas, pero no lo estaban. Y en el centro...

En el centro había un círculo.

No pintado. No tallado. Grabado a fuego en la propia piedra. Símbolos que Luna no reconocía pero que, de alguna manera, entendía. Eran runas. Antiguas. Anteriores al latín. Anteriores al griego. Anteriores a todo lo que los humanos llamaban historia.

Y dentro del círculo, un nombre escrito con ceniza:

MARGARET.

—Esto es un altar —susurró Luna.

—No —dijo Viktor, y su voz tembló—. Esto es una puerta. La puerta de la que habla el diario.

—¿Por qué hay ceniza? —preguntó Luna, acercándose.

Alec la agarró del brazo.

—No te acerques.

—Suéltame.

—Luna...

—¡Suéltame!

Su voz resonó en la cueva, y algo cambió. El aire se volvió más denso. La niebla que entraba por la grieta empezó a arremolinarse en el centro del círculo, formando una espiral lenta, hipnótica.

Y de la espiral surgió una voz.

No era una voz humana. Era muchas voces. Hombres, mujeres, niños, ancianos. Todas hablando al mismo tiempo, todas diciendo lo mismo:

«Margaret nos prometió una Heredera. Margaret nos prometió una sucesora. ¿Eres tú, Luna? ¿Has venido a ocupar tu lugar?»

Luna sintió cómo las rodillas se le doblaban. La presión en su pecho era insoportable, como si alguien estuviera apretando sus pulmones desde dentro.

—No —dijo, con la poca voz que le quedaba—. He venido a cerraros la puerta.

El silencio que siguió fue peor que las voces.

Luego, la risa.

Una risa sola. Femenina. Joven. Y al mismo tiempo, vieja como las piedras.

«Tu abuela dijo lo mismo. Mira dónde está ahora.»

La niebla se condensó en el centro del círculo, tomando forma. Primero un esbozo. Luego una silueta. Finalmente, una mujer.

Era alta, delgada, con el pelo blanco cayéndole hasta la cintura y los ojos violetas. Exactamente los mismos ojos violetas que Luna veía cada mañana en el espejo.

Pero no era Margaret.

Era la Bruja Original.

Y sonreía.

—Bienvenida a mi casa, Heredera —dijo, y su voz ya no era muchas. Era una. Aterciopelada. Casi amable—. Llevo setenta años esperándote.

Alec dio un paso al frente, interponiéndose entre Luna y la figura. Viktor hizo lo mismo, sus colmillos asomando entre sus labios. Dante desenfundó una pistola que Luna no sabía que llevaba.

La Bruja Original ni siquiera los miró.

—Tus perros guardianes —dijo, con desdén—. Qué mono. ¿Crees que pueden protegerte de mí?

—No necesito que me protejan —respondió Luna, y su voz sonó más firme de lo que se sentía—. Necesito que me digas dónde está mi abuela.

La Bruja inclinó la cabeza, como si la pregunta la divirtiera.

—Está aquí, Luna. Conmigo. Del otro lado de la puerta. —Señaló el círculo de runas—. Puedes verla si quieres. Solo tienes que dar un paso.

—No le hagas caso —gruñó Alec.

—Es una trampa —añadió Viktor.

—Lo sé —dijo Luna.

Pero sus pies no se movieron. Porque en el fondo del círculo, entre las sombras, algo se movía. Alguien.

Una mujer mayor, de pelo canoso y ojos violetas, con las manos atadas a una silla de madera negra.

Margaret.

—Abuela —susurró Luna.

Margaret levantó la cabeza. Sus labios se movieron, pero no salió ningún sonido. Solo una palabra muda, repetida una y otra vez:

Huye. Huye. Huye.

La Bruja Original sonrió.

—Tu abuela te quiere proteger. Pero es tarde para eso, ¿no crees? Ya estás aquí. Ya has visto. Ya has sentido.

Dio un paso hacia Luna.

Los tres reyes se movieron al mismo tiempo. Alec se transformó en un instante, su cuerpo estirándose, cubriéndose de pelo oscuro, sus manos volviéndose garras. Viktor se abalanzó con una velocidad que distorsionó el aire. Dante disparó tres veces, directas al pecho de la Bruja.

Las balas la atravesaron como si fuera humo.

Alec chocó contra ella y pasó de largo, estrellándose contra la pared.

Viktor intentó agarrarla, pero sus manos se cerraron sobre nada.

La Bruja Original seguía allí, intacta, sonriendo.

—Tontos —dijo, y su voz ya no era amable—. Llevo siglos aquí. No podéis hacerme daño. Ninguno de vosotros.

Miró a Luna.

—Pero tú, Heredera... tú puedes. Si aceptas tu lugar, podrás cerrar la puerta. Podrás salvarlos a todos. Incluso a tu abuela.

—¿Y si no acepto? —preguntó Luna.

La Bruja se inclinó hacia ella, hasta que sus rostros estuvieron a centímetros de distancia. Su aliento olía a tierra mojada y a flores muertas.

—Entonces tu abuela se quedará conmigo para siempre. Y tú vivirás sabiendo que pudiste salvarla... y no lo hiciste.

Luna apretó los puños. Las uñas se le clavaron en las palmas.

—Dame tres días —dijo.

—¿Perdón?

—Dame tres días para decidir. El tiempo que pusiste en el diario. El viernes a medianoche, te daré mi respuesta.

La Bruja Original la miró largamente. Luego, se rió.

—Eres más lista que tu abuela. Me gusta. —Se enderezó—. Tres días, Heredera. Pero no un minuto más.

El cuerpo de la Bruja se deshizo en niebla. La espiral se disipó. El círculo de runas dejó de brillar.

Y en el centro, donde había estado la figura, solo quedó un mechón de pelo blanco.

Luna se agachó y lo recogió. El pelo se deshizo entre sus dedos como ceniza.

—Tenemos que irnos —dijo Dante, recogiendo la pistola del suelo—. Ella sabe que estamos aquí. Y no creo que nos deje salir tan fácilmente.

Alec volvió a su forma humana, jadeando, con un corte en la ceja. Viktor estaba pálido, más pálido de lo habitual.

Luna miró una última vez el círculo. La silla donde había visto a Margaret ya no estaba.

Pero supo, con una certeza que le heló la sangre, que su abuela seguía allí.

Al otro lado.

Esperando.

—Vámonos —dijo.

Y salieron de la cueva como alma que lleva el diablo.

Fuera, el sol se había ocultado detrás de una nube negra. El bosque estaba en silencio. Demasiado silencio.

Y en el camino de vuelta, justo antes de llegar a la cabaña, encontraron algo clavado en el tronco de un abeto con un cuchillo de obsidiana.

Una foto.

Una foto de Margaret, joven, sonriendo, con Luna en brazos.

Luna no recordaba esa foto. Nunca la había visto.

Pero al dorso, escrito con la misma letra del diario, alguien había escrito:

«La primera vez que te vi, supe que serías mía. —M.»

No era la letra de Margaret.

Era la de la Bruja Original.

Y la foto tenía setenta años.

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Gloria
Buenas noches autor una pregunta esta es una historia poliamorosa , o ella solo tiene en destinado por así decirlo , lo digo por que no me gustan las historias poliamorosas , yo soy más de la pajarera y ya 🤔🤔🤔🤔
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