Lía Aristizábal, una fotógrafa colombiana que llegó a España con el sueño de construir una nueva vida, decide convertirse en madre soltera mediante inseminación artificial después de alcanzar la estabilidad que tanto buscó. Sin embargo, todo cambia cuando descubre que los bebés que espera pertenecen al hombre más egocéntrico e insoportable que ha conocido.
Harold Veneti, dueño del imperio constructor más grande del mundo, siempre soñó con ser padre, pero jamás encontró a la mujer indicada. Lo que nunca imaginó fue que, por un error de la clínica de fertilidad, su esperma terminaría siendo utilizado para inseminar a una latina decidida a criar sola a sus hijos.
Obligados por el destino a compartir mucho más que unos bebés, Lía y Harold deberán aprender a convivir entre discusiones, diferencias y una atracción imposible de ignorar.
¿Podrá el amor surgir entre dos personas tan distintas… o sus personalidades chocarán demasiado como para estar juntos?
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Parte 14
Harold
La rabia me quemaba por dentro. Ver a esa mujer golpear a Lía, a mi esposa, fue una provocación que hizo hervir mi sangre, y, por un momento, luché contra el impulso de ponerla en su lugar. Mis manos se cerraron en puños, pero el hombre responsable del evento se adelantó, interviniendo para apaciguar la situación. La mirada que le lancé fue suficiente para recordarle lo que ya le había advertido: si algo le pasaba a Lía, él pagaría las consecuencias.
—Señor Veneti —una voz me sacó de mi pensamiento. Era uno de los socios antiguos de mi abuelo, tratando de llamar mi atención, pero yo solo tenía ojos para Lía.
Ella estaba allí, inmóvil, con una calma inquietante. Había algo en su mirada, algo tan firme y sereno que, por un instante, me hizo olvidar el caos a nuestro alrededor. Nuestros ojos se encontraron, y vi en ellos una determinación inquebrantable.
Mientras tanto, la modelo continuaba haciendo un espectáculo, gritando, su rostro retorcido de odio y resentimiento.
—Es una maldita ramera —bramó, intentando librarse de la seguridad que la mantenía contenida—. ¿Crees que eres sexy solo porque mueves las caderas? ¡Eres un cerdo que tuvo suerte de nacer con una cara bonita!
Lía la escuchó, sin inmutarse, y miró su reloj. Al verlo, supe lo que venía.
—Gracias —contestó con una sonrisa tranquila—. He terminado mi horario laboral.
Miró al hombre encargado, quien asintió. El mensaje era claro.
—Si me quiere descontar por lo que haré a continuación, recuerde que, por ley, no puede quitarme más del 30%. Después de todo, fui provocada.
Sin esperar respuesta, Lía dio un paso hacia la modelo. La transformación en su rostro fue sutil, pero poderosa. Había una luz en sus ojos, una mezcla de compasión y fortaleza, como si se apiadara de aquella mujer, pero también como si fuera a decirle la verdad que nadie más se atrevería a decirle.
—Soy lo que quieras que sea —dijo con voz firme—, pero tengo claro que la empatía no siempre sirve. Hay gente malvada en este mundo, gente que, como tú, cree que la belleza es todo. ¿Piensas que vas a conservar ese cuerpo para siempre?
El salón entero se sumió en un silencio tenso, expectante. La modelo intentó hablar, pero Lía no le dio oportunidad.
—Con el tiempo, esa belleza que tanto valoras va a desaparecer. Cuando tengas 50 años, si es que llegas ahí sin haberte consumido en tu propio veneno, te darás cuenta de que no puedes depender solo de tu apariencia. Yo tengo el peso que tengo, ¿y qué? ¿Te alimenta mi vida? ¿Eres tú quien duerme a mi lado cada noche? No. No eres nada de eso. Pero estás tan llena de amargura que necesitas proyectarla en los "defectos" de los demás.
Sus palabras cortaron el aire como un cuchillo, y por un instante pude ver en el rostro de la modelo algo parecido a la vergüenza. Nadie en esa sala osaba moverse o siquiera respirar. Era como si el tiempo se hubiera detenido, como si el mundo entero girara en torno a Lía y su dignidad inquebrantable.
Entonces, finalmente, Lía se encogió de hombros y me miró, su expresión iluminándose en una sonrisa que me llenó de orgullo. La ira que había sentido se disolvió, y solo quedó admiración por la mujer que estaba frente a mí.
No pude resistirme más; me acerqué a ella y le acaricié suavemente la mejilla antes de darle un beso. La multitud observaba, curiosa y desconcertada, pero yo estaba concentrado solo en ella.
—Lo hiciste muy bien, pequeña —le susurré con ternura, mientras giraba hacia los demás con determinación.
—Permítanme presentarles a Lía Veneti —dije, mi voz resonando con una autoridad que no dejaba lugar a dudas—. Ella es mi esposa. Tendrán la oportunidad de conocerla formalmente en un evento familiar en el futuro, pero hoy, espero que puedan respetar este momento.
Ambos nos alejamos de ese salón, un lugar que había sido el escenario de un desastre, pero que también había dejado clara nuestra posición. Afuera, bajo el cielo estrellado, me giré hacia ella, sintiendo un profundo alivio.
—¿Estás bien? —le pregunté, mi voz suave.
Lía asintió, suspirando y cerrando los ojos por un instante, como si estuviera descargando el peso de aquella noche. Esa misma noche, sin decir mucho más, empezamos a organizar nuestras maletas para salir a primera hora. Ella parecía centrada en cada detalle, doblando la ropa con esmero y colocándola en la maleta con precisión, como si con cada prenda estuviera dejando atrás algo de lo que habíamos vivido.
—¿Por qué tienes que hacerlo ya? —pregunté, observándola mientras se enfocaba en cada doblado, cada espacio de la maleta.
—Me da cosa dejar algo que luego necesite —respondió sin mirarme, concentrada en su tarea. Me hizo sonreír verla tan seria y metódica; no había expresión en su rostro, pero sabía que su cabeza estaba llena de pensamientos, tal vez algunos sin resolver, revoloteando en silencio.
De pronto se detuvo y, sin girarse, pronunció mi nombre con suavidad, casi como si tuviera miedo de romper el momento.
—Harold… —La miré, expectante, esperando a que dijera algo más.
Finalmente, levantó la vista, sosteniendo una camisa entre sus manos, y me miró directamente.
—¿Cuántas mujeres como esa modelo crees que haya? —preguntó, su tono teñido de curiosidad y algo más profundo, algo que tal vez ni ella misma quería admitir.
Sonreí y me incliné hacia adelante desde el sofá, poniendo mis manos sobre mis piernas mientras la observaba.
—¿Quieres saber la verdad o prefieres una mentira piadosa?
—La verdad —dijo sin titubear, fijando esos ojos en los míos como buscando alguna certeza que no pudiera esconderme.
Tomé aire, como preparándome, y al final decidí que sería sincero, que merecía toda la verdad.
—Bien, princesa —comencé con voz baja, sintiendo que necesitaba cada palabra para acercarla a mí, para decirle todo lo que jamás me había detenido a explicar—. Nunca me acosté con ella. Tampoco hubo nada, ni siquiera la idea. Sí intenté algo con su amiga, te soy honesto. Pero era el tipo de persona que hablaba mal de otras mujeres, siempre criticando, y eso me hizo alejarme. Siempre he creído que una mujer que no es capaz de convivir con otras mujeres sin criticarlas… Bueno, el problema es de ella.
La sorpresa en el rostro de Lía me hizo sonreír. Estaba descubriendo algo nuevo, algo que no me había preocupado en mostrarle antes.
—Yo pienso igual —dijo, asintiendo lentamente—. Siempre tuve muchas amigas en mi país. Somos complicadas, sí, no solo las demás, también yo… Pero es extraño ver a una mujer que no tiene amigas, ¿no?
Su sinceridad me hizo sentir más cómodo para continuar.
—Sí, y creo que se puede dividir en dos tipos. A muchas mujeres les gusta ser el centro de atención, que todos las traten de forma especial. Pero algunas, cuando no logran esa atención, se comportan raro. Nosotros los hombres, aunque no lo admitamos, tendemos a proteger a quien consideramos vulnerable. A veces por verdadera ternura, y a veces porque somos tontos —reí suavemente, tratando de que entendiera la dualidad de sentimientos—. Hay quienes solo buscan atención… y quienes, sí, han tenido mala suerte. Aunque esos casos son menos.
—Entonces… ¿no te metes con cualquiera? —preguntó, ladeando la cabeza, su tono entre la picardía y la genuina curiosidad.
Negué, riendo suavemente.
—No, no me gusta. Las mujeres son complicadas —dije con una sonrisa de resignación—. Tengo amigos, y sé bien el tipo de hombres que son. Ninguno es un santo, y yo tampoco lo soy, pero… ¿por qué involucrarme con alguien que solo espera que yo le dé todo?
Lía alzó una ceja, y la pequeña chispa de diversión en sus ojos me hizo reír más.
—Bueno, déjame decirte que quiero ser una mantenida —dijo con una sonrisa traviesa.
No pude evitar soltar una carcajada.
—Lo haría —admití, mirándola con una mezcla de ternura y firmeza—. Pero solo por ser tú. Si cualquier otra persona me dijera algo así, alguien con quien no veo un futuro, no me importaría en lo más mínimo.
Lía hizo una mueca, divertida pero también reflexiva.
—Somos crueles, los humanos, ¿verdad?
Asentí lentamente, comprendiendo el peso de lo que decía, el dolor detrás de esa pequeña frase.
Nos quedamos en silencio, solo el sonido de nuestras respiraciones llenando la habitación, hasta que me atreví a hacerle una pregunta que había rondado en mi cabeza por mucho tiempo, una que, sin embargo, nunca había dicho en voz alta.
—¿Y tú? —pregunté en un susurro—. ¿Cuántas personas han estado contigo?
Vi en su mirada una sombra de duda, una pequeña chispa de miedo.
Todo aclarado con la rueda de prensa Harold lo dejo bien claro es su esposa y esta esperando un hijo.
Lía y Harold tan calienturentos los dos que tal hicieron el delicioso 😋😋😋🤤🤤🤤 y a Lía le dieron como timbre de ascensor en película de terror 🤣😂🤣😂🤣😂.
Pero Harold ama demasiado a Lía y le importara un carajo lo que diga su familia.
Harold y Lía van paso a paso descubriendose con mucha confianza y sinceridad así que se construye las bases de un buen matrimonio me encanta esa complicidad.