Mi nombre es Katherine, soy maestra sustituta en la universidad de Ozark las cosas se me complican cuando mi vida se topa con un Estudiante de nombre Teo, ese chico es la rebeldía en persona y el Diablo salido del Infierno.
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capítulo 10
El aula se convirtió en una jaula de cristal. Katherine forcejeó, sintiendo la madera fría del escritorio contra su vientre, pero el agarre de Teo era absoluto.
—¡Suéltame! —exclamó ella en un susurro desesperado.
Teo emitió un gruñido gutural, presionando con más fuerza la palma de su mano contra la cabeza de ella, obligándola a besar el barniz del mueble. Con la otra mano, liberó su miembro, frotándolo con una urgencia salvaje contra la entrada de ella.
—¡Grr! Quédate quieta, gatita... —siseó él, su voz ronca por la excitación.
—¡Joder! ¡Que me sueltes, mocoso! —Katherine movió las caderas en un intento fútil de cerrarle el paso, pero sus movimientos solo sirvieron para guiarlo.
—La van a escuchar si sigue levantando la voz... ¿eso es lo que quiere, mm? —se burló él contra su nuca—. Qué pervertida.
Sin previo aviso, Teo entró de golpe. El aire abandonó los pulmones de Katherine en un jadeo mudo.
—Huf... —exhaló él, llenándola por completo.
—Calla... ¡hugmm! —Katherine se mordió el labio inferior con tal fuerza que saboreó su propia sangre. "Hijo de puta", pensó, mientras su cuerpo se tensaba en una lucha violenta entre el dolor de la invasión y un placer punzante que empezaba a irradiar desde su centro.
Teo no tuvo piedad. Comenzó a entrar y salir con una rudeza rítmica, haciendo que los gemidos y jadeos inundaran el aula vacía. Sus manos recorrían el cuerpo de la maestra con posesividad, mientras ella intentaba —sin éxito— resistirse a las sensaciones que él le provocaba. Cada estocada la hacía arquear la espalda, elevando su mentón mientras sus dedos arañaban la superficie del escritorio.
—Me encanta cómo te la comes, gatita... —gruñó Teo, perdiendo la cabeza al sentir cómo la intimidad de ella lo apretaba y succionaba en cada movimiento.
—De... detente... —suplicó Katherine, con la respiración entrecortada, intentando recuperar un ápice de dignidad—. ¡Teo!
—¿Está segura de que eso es lo que quiere? —preguntó él, impulsándose con aún más fuerza.
En lugar de detenerse, Teo liberó la cabeza de ella. Usó ambas manos para sujetar sus caderas y abrir su cuerpo, embistiendo con una ferocidad que hizo que Katherine pusiera los ojos en blanco. La espalda de ella se curvó hasta el límite y, entre gritos y gemidos que ya no intentaba ocultar, terminó rindiéndose al orgasmo.
—¡Kyaaa... aah! —el grito de Katherine fue ahogado por el espasmo final.
Al sentir el apretamiento rítmico y los fluidos de ella, Teo llegó a su propio límite, derramándose profundamente en su interior con un gemido largo y exhausto.
—Aah... ugh... —se dejó caer sobre su espalda, tratando de estabilizar su pulso.
El silencio que siguió fue sepulcral, roto solo por el sonido de sus respiraciones agitadas. Katherine, sintiendo el calor de él abandonándola, se dio cuenta de la realidad con un escalofrío.
—No me digas que... —susurró, con la voz rota.
Teo sonrió de lado, aún recuperando el aliento.
—¿Te di leche?
Katherine intentó enderezarse, pero sus piernas temblaban demasiado.
—¡Quítame la corbata! ¡Ahora! —siseó, sintiendo cómo los fluidos comenzaban a escurrir por sus muslos—. ¡Maldita sea, los dejaste dentro! ¿Estás loco?
Teo le desató las manos con una calma exasperante.
—Tome una pastilla y estará bien —respondió, como si fuera lo más natural del mundo.
—¡Eres un idiota!
—Maestra... debería ir al baño a limpiarse —le aconsejó él, observando el desorden de su ropa.
Katherine se miró al espejo del aula, horrorizada.
—¡Infeliz! Destrozaste mi blusa... no puedo salir así.
Teo suspiró y, antes de que ella pudiera protestar, la cargó en sus brazos con la facilidad de un atleta.
—¿Qué crees que haces? —ella se sujetó de su cuello por instinto.
—Toma la cortina del ventanal. Te llevaré al baño.
Katherine apretó los dientes, sintiendo la humillación arder en sus mejillas.
—Supongo que no tengo opción... —tiró de la tela pesada y se cubrió con ella como si fuera una capa—. Si alguien me mira, te mueres.
—Nadie la verá... ¿lista?
Él salió del aula con ella en brazos, avanzando por los pasillos desiertos hacia los sanitarios. Katherine sentía cada paso de Teo, pero de repente, notó algo que la hizo tensarse.
—No se mueva tanto —le advirtió él con voz ronca.
—¿Ah?
—Dije que no se mueva...
Katherine se quedó petrificada. A través de la cortina y su falda destrozada, sintió una presión familiar y creciente contra su muslo.
—No me estoy... —sus ojos se abrieron de par en par al comprender—. Oh, Dios mío...
—Le dije —murmuró Teo, con una sonrisa maliciosa.
—Esa cosa... ¡otra vez no, Teo!
Él no respondió, pero sus ojos morados brillaron con la promesa de que, aunque el aula hubiera quedado atrás, el juego apenas estaba comenzando.