El amor entra por el estómago y los ojos
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5
Eran las cinco y media de la mañana cuando llegué a la puerta del nuevo local. La ciudad aún dormía bajo una capa de neblina gris, pero mi mente estaba encendida como una antorcha. Cargaba mi mochila con el molde de aluminio fundido abrazado como si fuera un tesoro nacional y un par de bolsas con los ingredientes que logré rescatar de mi cocina sin vida.
Mirna ya estaba allí. La luz amarillenta del nuevo establecimiento recortaba su figura a través del cristal. Cuando me vio, simplemente levantó una ceja y abrió la puerta.
—Llegas dos minutos tarde —dijo, aunque en el fondo sabía que estaba feliz de verme—. Entra antes de que te congeles y espantes a la suerte.
Al cruzar el umbral, me quedé sin aliento. El lugar era inmenso. El olor a pintura fresca se mezclaba con el aroma a madera nueva. Pero lo mejor era la cocina: una fila de hornos industriales de acero inoxidable que brillaban bajo las luces LED, encimeras de mármol frío y un silencio absoluto que esperaba ser llenado con el sonido de mis batidores.
—Es... es el paraíso —susurré, acariciando una de las superficies de metal.
—No te acostumbres, que el mármol no se limpia solo —me cortó Mirna, aunque me puso una taza de café caliente en la mano—. Tienes tres horas. A las nueve llegan "las jefas". Mi madre ya me mandó un mensaje diciendo que viene con hambre y mi abuela... bueno, mi abuela trajo su propio tenedor de plata porque no confía en los cubiertos ajenos.
Me puse el delantal con un nudo firme. La determinación me recorría las venas. Empecé a trabajar con una velocidad que no sabía que tenía. El primer reto era el pastel principal: una receta de vainilla con ralladura de limón y semillas de amapola que planeaba estrenar en el molde nuevo.
Engrasé cada rincón de las flores de aluminio con una devoción casi religiosa. Vertí la mezcla, suave y aireada, y la deslicé dentro del horno industrial. El calor constante y perfecto del equipo profesional era un lujo que me hacía sentir como una verdadera chef. Mientras el pastel se horneaba, preparé galletas de almendra y unos pequeños bocadillos de chocolate amargo con sal de mar.
El tiempo voló. El aroma empezó a cambiar; ya no olía a local nuevo, ahora olía a hogar, a azúcar tostada y a triunfo.
—Faltan diez minutos —anunció Mirna desde la entrada, asomándose por la ventana—. Ya veo el coche de mi mamá estacionándose. Jazmín, es ahora o nunca.
Saqué el molde del horno. El corazón me latía con fuerza. Si el pastel se pegaba, si el diseño se rompía, mi carrera terminaría antes de empezar. Coloqué el plato encima, contuve el aliento y giré el molde con un movimiento seco.
Un pequeño plop me indicó que la gravedad había hecho su magia. Levanté el aluminio poco a poco. Allí estaba: perfecto. Cada pétalo de metal se había replicado en la masa dorada, creando una escultura comestible que parecía brillar bajo la luz de la cocina.
—¡Es hermoso! —exclamó Mirna, olvidando por un segundo su papel de jefa dura.
En ese momento, la campanilla de la puerta principal tintineó. Dos mujeres elegantes, una de cabello canoso perfectamente peinado y otra con una mirada analítica que me recordó de inmediato a Mirna, entraron al local.
—¿Huele a quemado o es mi imaginación? —escuché la voz de la abuela desde el salón.
Mirna me miró y me guiñó un ojo.
—Es tu turno, repostera. Sal y dales de comer.