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Cadenas De Terciopelo Y Sangre

Cadenas De Terciopelo Y Sangre

Status: En proceso
Genre:Mafia / Matrimonio arreglado / Venganza
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Alan, el implacable heredero de un imperio financiero con raíces oscuras, no conoce la palabra "no". Su vida es un tablero de ajedrez donde cada pieza se mueve bajo su obsesivo control. Sin embargo, para consolidar su dominio total frente a las facciones rebeldes de la mafia, necesita una alianza que solo el apellido de Madelyn puede sellar.

​Madelyn, conocida en el bajo mundo como la "Princesa Letal", es la heredera del Grupo Moral. Ella no es una ficha que se pueda mover; es una tormenta que se niega a ser domada. Orgullosa, rebelde y con las manos manchadas de la pólvora de su pasado, acepta un matrimonio arreglado no por sumisión, sino por una sed insaciable de venganza contra quienes destruyeron a su rama familiar.
​En una mansión que se siente como una jaula de oro, estalla una guerra fría de voluntades. Alan busca poseerla y quebrantar su orgullo; Madelyn busca quemar el mundo de Alan desde adentro. Pero en el roce de sus pieles y el choque de sus egos, surge una tensión

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capitulo 14

​La recepción continuaba en un clímax de opulencia asfixiante. Las luces de la mansión Valerius parecían estrellas cautivas, pero para Madelyn, el brillo era una distracción táctica. Ella se movía entre los invitados con una copa de cristal en la mano, manteniendo la máscara de la esposa perfecta, pero sus ojos —entrenados en los callejones más oscuros del Grupo Moral— no dejaban de escanear el entorno.

​Su instinto, ese que le había salvado la vida en más misiones de las que Alan podía imaginar, estaba vibrando. Había algo fuera de lugar en la coreografía de los camareros.

​Alan estaba en el centro de un círculo de magnates petroleros y políticos de alto rango. Se veía imponente, con la chaqueta del esmoquin ocultando las heridas que Madelyn le había infligido en el hombro durante el vals. Él dominaba la conversación con esa mezcla de lógica fría y autoridad natural que era su firma personal.

​Un camarero joven, de movimientos excesivamente fluidos, se acercó al grupo con una bandeja de plata que portaba dos copas de un licor ambarino, un coñac de edición limitada que Alan solo servía en ocasiones extraordinarias.

​—Un brindis por el éxito de la unión, señor Valerius —dijo el camarero con una inclinación de cabeza casi imperceptible.

​Alan extendió la mano, sus dedos largos y seguros a punto de rodear el tallo de la copa. Fue entonces cuando Madelyn lo vio: un ligero residuo blanquecino en el borde interno del cristal, casi invisible bajo el destello de las lámparas, y un temblor casi inexistente en el pulgar del camarero.

​Madelyn no gritó. No causó una escena. Con la elegancia de una pantera, se deslizó entre dos empresarios y, justo cuando los dedos de Alan rozaban el cristal, ella interceptó la copa con un movimiento tan rápido que pareció un gesto de afecto espontáneo.

​—Llegas tarde con el brindis, Alan —dijo Madelyn, su voz era una melodía de seda que ocultaba una cuchilla—. Y este coñac... parece demasiado especial para beberlo sin antes apreciar su aroma.

​Alan se detuvo, con la mano suspendida en el aire. Sus ojos azules se clavaron en los de ella, detectando instantáneamente el cambio en su temperatura interna. Él conocía esa mirada; era la mirada de Madelyn cuando estaba a punto de matar.

​El camarero intentó retroceder, pero Madelyn lo agarró por la muñeca con una fuerza sorprendente. Sus uñas, aún manchadas con la sangre de Alan, se hundieron en la piel del joven.

​—Espera —susurró ella, acercando la copa a su nariz, pero manteniendo su vista fija en el infiltrado—. Huele a almendras amargas. Un clásico de los Ivanov, ¿no es así? Cianuro refinado.

​El silencio cayó sobre el pequeño círculo como una losa de cemento. Los magnates retrocedieron, pero Alan no se movió. Se quedó allí, observando a Madelyn con una fascinación que rozaba la devoción oscura. Ella no mostraba miedo, solo una frialdad ejecutiva que lo dejaba sin aliento.

​—¿Es cierto esto? —preguntó Alan, su voz bajando a un tono que prometía una muerte lenta.

​El infiltrado entró en pánico e intentó soltarse, pero antes de que pudiera reaccionar, Madelyn le propinó un rodillazo en el estómago y, con un giro de muñeca profesional, lo obligó a arrodillarse sobre los cristales rotos de otra copa que se había caído en el forcejeo.

​—Bebe —ordenó Madelyn, acercando la copa envenenada a los labios del hombre—. Si es un buen coñac, no te importará compartirlo con nosotros.

​El hombre cerró la boca con fuerza, temblando violentamente. Madelyn lo soltó con un gesto de asco y le entregó la copa a Elías, quien acababa de aparecer entre las sombras con el arma desenvainada.

​—Llévenselo —sentenció Alan, sin apartar la vista de su esposa—. Asegúrense de que revele quién lo ayudó a entrar. No tengan piedad.

​Mientras los guardias arrastraban al infiltrado por una salida de servicio, Alan se acercó a Madelyn. Ella estaba limpiándose las manos con una servilleta de lino, con una calma que resultaba inquietante. No había rastro de agitación en su respiración; su pulso, el que Alan podía monitorear en su tableta, era una línea constante de resolución.

​—Me has salvado la vida —dijo Alan, su voz cargada de un respeto que nunca antes había sentido por nadie.

​—No te confundas, Alan —respondió ella, levantando la vista. Sus ojos brillaban con una luz letal—. No lo hice por amor. Lo hice porque eres mi boleto de entrada al arsenal de los Valerius. Si mueres ahora, el contrato se complica y mi venganza se retrasa. Eres más útil para mí vivo que muerto... por ahora.

​Alan extendió la mano y le acarició la mejilla, justo sobre la pequeña cicatriz. Ella no se apartó, pero su mirada prometía fuego.

​—Tu frialdad es la cosa más hermosa que he visto en este salón de hipócritas —confesó Alan, su obsesión alcanzando un nuevo nivel—. Te mueves como una ejecución y piensas como un general. Cada vez que creo que te he entendido, me demuestras que eres una criatura mucho más peligrosa de lo que imaginé.

​—Entonces deja de intentar entenderme —replicó Madelyn, retirando la mano de él de su rostro con un gesto firme—. Y empieza a preocuparte por tu seguridad. Si alguien ha podido llegar hasta tu copa en tu propia boda, significa que tu imperio de cristal tiene grietas más grandes de las que admites.

​Alan sonrió, una mueca depredadora y fascinada. Ya no veía en ella a una aliada forzada, sino a la única persona capaz de igualar su propia oscuridad. La posesividad que sentía ya no era solo por el contrato; era una necesidad de poseer esa mente letal, de dominar esa voluntad que acababa de demostrar ser superior a la de sus propios guardias.

​—Tienes razón —concedió Alan—. Pero ahora tengo a la Princesa Letal a mi lado. Y sospecho que, juntos, vamos a hacer que los Ivanov se arrepientan de haber nacido.

​Madelyn tomó una copa de champán limpia de una bandeja cercana y la levantó en un brindis solitario.

​—Por la guerra, Alan. Porque la paz nunca fue una opción para nosotros.

​Bebió el champán de un solo trago, manteniendo el contacto visual con él. En ese momento, en medio del lujo y la traición, Alan Valerius se dio cuenta de que no solo se había casado con una heredera; se había unido a una tormenta que, tarde o temprano, lo obligaría a arrodillarse, no por sumisión, sino por la pura fascinación de verla arder.

​El brindis prohibido había terminado, pero la alianza de sangre y cristal acababa de sellarse con una verdad innegable: Madelyn no era una víctima, y Alan ya no era solo un observador. La verdadera cacería acababa de comenzar, y el enemigo pronto descubriría que no hay nada más peligroso que dos monstruos que han decidido compartir el mismo trono.

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Lobelia ❣️
espero que sepa jugar sus cartas 😃😘
Lobelia ❣️
si que lo va volver loco 👏🥰
Celina Espinoza
vamos bien 😍🙏
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