⚠️🚫Un nuevo "asesino perfecto" aparece en la ciudad. No usa feromonas, usa tácticas militares que Ben reconoce. Y ese es solo el inicio de los problemas de la familia Volkov Masson. 🚫⚠️ 💡Estilo staempunk💡
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El castillo sigue en pie
El calor en la cima de la caldera central era insoportable. Las planchas de metal bajo los pies de Ben vibraban con una frecuencia que hacía que los dientes le castañearan. El dial de presión estaba a milímetros de la franja negra, el punto de no retorno donde el vapor se convertiría en una onda de choque que borraría la mansión Volkov y la mitad de la ciudad del mapa.
Bruce Albor, atrapado en el cuerpo de Nadler, estaba de rodillas, pero su risa era un sonido desquiciado que cortaba el rugido de la máquina. Tenía el antebrazo destrozado por la mandíbula de Valerius y un tendón cortado por la navaja de Ben, pero sus ojos brillaban con el fuego de quien ya no tiene nada que perder.
—¡Es inútil! —gritó Bruce, escupiendo sangre—. ¡He bloqueado la válvula de alivio con una cuña de acero templado! ¡No pueden abrirla manualmente! ¡Puerto Gris va a arder conmigo!
Ben miró el mecanismo. Efectivamente, una gruesa barra de metal estaba encajada en los engranajes de la válvula principal. Con la presión actual, intentar quitarla con las manos era suicida; el vapor saldría con tal fuerza que derretiría la carne de cualquiera en segundos.
Valerius se puso de pie, su pecho subiendo y bajando con violencia, su aroma a bosque quemado volviéndose denso y salvaje.
—Ben, saca a los niños de aquí. Yo me encargaré de la válvula.
—No, Valerius. Si la abres así, morirás —respondió Ben, con sus ojos azules chispeando con una intensidad eléctrica que empezó a afectar las luces de la sala—. Hay otra forma. Una técnica de presión que Bruce no conoce porque él siempre fue un carnicero, no un ingeniero de campo.
Ben se giró hacia Bruce. El traidor intentó levantarse, usando su pierna sana para lanzar un golpe bajo, pero Ben fue más rápido. El Capitán lo tomó del cuello y lo estrelló contra la caldera hirviendo. El sonido de la piel de Nadler quemándose siseó en el aire, pero Ben no soltó el agarre.
—Me disparaste en el pecho en nuestro mundo, Bruce —dijo Ben, su voz era una vibración gélida que parecía venir del más allá—. Me quitaste mi vida, mi nombre y mi futuro. Pero en este mundo, me diste una familia. Y nadie, ni un fantasma como tú, va a quitármela.
Ben soltó a Bruce y miró a Valerius.
—¡Valerius, necesito que uses toda tu fuerza para girar el volante de emergencia cuando yo dé la señal! ¡Yo sacaré la cuña!
—¡Ben, el vapor te matará! —rugió el Lobo.
—¡Confía en mí! —gritó Ben.
Ben no usó sus manos desnudas. Se quitó su chaqueta táctica de cuero reforzado y la envolvió alrededor de la barra de acero. Concentró toda su voluntad de omega dominante en sus músculos, sintiendo cómo su mutación biológica le daba una fuerza momentánea que desafiaba su fisionomía delgada.
Mientras tanto, Bruce, viendo que su plan de destrucción total peligraba, se lanzó en un último ataque suicida hacia la espalda de Ben.
—¡Muere conmigo, Ben! —aulló Bruce.
Pero no llegó. Valerius se interpuso en su camino como una muralla de músculos y odio. El Lobo no usó armas. Atrapó a Bruce por los hombros y lo levantó en el aire. La diferencia de poder era insultante. Valerius hundió sus dedos en las heridas abiertas de Bruce, ignorando sus gritos.
—Tú no eres digno de morir con él —sentenció Valerius.
Con un movimiento brutal, Valerius lanzó a Bruce hacia el engranaje de la cadena de transmisión que movía las turbinas pesadas. El cuerpo de Nadler quedó atrapado entre los dientes de acero de la máquina. Se escuchó el crujido espantoso de los huesos rompiéndose, uno a uno, mientras el mecanismo seguía girando, triturando al traidor como si fuera un trozo de carne vieja.
Bruce Albor soltó un último alarido de agonía antes de que su caja torácica colapsara por completo bajo el peso del acero. Su sangre salpicó las válvulas, un líquido oscuro que se evaporaba al contacto con el calor.
Ben no miró. Estaba concentrado en la válvula.
—¡Ahora, Valerius! ¡Gira!
Valerius agarró el volante de bronce con ambas manos, sus músculos tensándose hasta casi romperse. El metal gimió. Ben tiró de la chaqueta con un rugido de esfuerzo puro.
¡CLANG!
La cuña de acero salió disparada, volando por la sala como un proyectil. Instantáneamente, un chorro de vapor a presión ultra-alta escapó por la válvula de alivio. El sonido fue como el grito de un gigante.
El vapor golpeó el brazo de Ben, quemando el cuero de la chaqueta y parte de su antebrazo, pero la presión de la caldera empezó a bajar de inmediato. Las agujas de los diales retrocedieron frenéticamente desde la zona negra hacia la seguridad del verde.
La estación de calderas dejó de temblar. El silencio que siguió fue inmediata, roto solo por el goteo de la sangre de Bruce y el siseo suave del vapor sobrante.
Ben cayó de rodillas, sosteniendo su brazo herido, jadeando. Valerius corrió hacia él, envolviéndolo en sus brazos con una desesperación que rara vez mostraba el gran Lobo Volkov.
—Lo logramos —susurró Ben, apoyando la cabeza en el hombro de su esposo—. El castillo sigue en pie.
Valerius miró hacia los engranajes de la turbina. Bruce Albor ya no existía. Solo quedaba un resto de carne y metal retorcido, un final sangriento para un hombre que creyó que podía dominar un mundo que no comprendía.
—Vámonos de aquí —dijo Valerius, levantando a Ben en peso—. Tenemos hijos que nos esperan.
Afuera, la neblina empezaba a disiparse bajo los primeros rayos del sol de Puerto Gris. El transporte blindado estaba allí, rodeado por los hombres de Jasper. Cuando vieron salir a Valerius cargando a Ben, un grito de victoria recorrió el muelle.
Leo y Vlad saltaron del vehículo antes de que se detuviera por completo. Corrieron hacia sus padres, con los ojos brillando de alivio. Sage estaba justo detrás, con su kit médico listo, aunque sus ojos buscaban a Jasper, quien estaba herido pero de pie, custodiando la entrada.
—¡Papá Ben! —gritó Vlad, abrazando las piernas de su padre.
Ben estiró su mano sana y les revolvió el cabello. Miró a sus hijos, sus pequeños guerreros que habían demostrado ser dignos del apellido Volkov, y luego miró a Sage, quien por fin se permitió soltar un suspiro de paz.
—Estamos bien —dijo Ben a su familia—. El Fantasma de mi pasado finalmente ha muerto. Hoy, solo somos nosotros.
Puerto Gris seguía siendo una ciudad corrupta, con una policía que limpiar y un imperio que mantener, pero mientras caminaban hacia la mansión bajo la luz del amanecer, todos sabían que los Volkov eran intocables. El Capitán había salvado su nuevo mundo, no con las leyes de la Tierra, sino con la fuerza de su nueva sangre.