Anne nunca fue la chica que pedía ayuda. Y esa noche tampoco lo hizo. Lo que ocurrió cambió algo dentro de ella. No fue un accidente. No fue un malentendido. Fue una decisión tomada con los ojos abiertos… y con la certeza de que después nada volvería a ser igual.
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¡Confiesa!
...10...
...NATHANIEL DEVERAUX...
Me serví otro trago de whisky, aunque apenas eran las seis de la tarde. El silencio en el anexo se me clavaba en el pecho como una astilla. Han pasado varios días desde que Manuela cruzó esa puerta con el rostro rígido, las facciones extrañamente hinchadas bajo una capa pesada de maquillaje y los ojos vacíos.
Me lo contó todo. Sin anestesia. Me dijo que se acostaba con viejos millonarios por dinero, que me usó por mi apellido, que cada beso tenía un precio que yo ya había pagado indirectamente. Pero no soy estúpido. Vi el horror en sus pupilas cuando la quise abrazar para decirle que no me importaba, que podíamos salir de eso, que yo la apoyaría para que dejara esa vida. Ella se alejó de mí como si yo fuera un monstruo.
—¡Aléjate de mí, Nathaniel! —me gritó, temblando—. ¡No me busques más! Tu familia está loca... todos ustedes están enfermos.
Esas palabras no dejaban de dar vueltas en mi cabeza. Bianca, su “mejor amiga”, ha estado viniendo a "consolarme". Me dice que Manuela canceló el semestre y huyó de Milán al pueblo de su abuela, desapareciendo del mapa.
—No sabía que Manu hacía ese tipo de cosas, Nate... estoy tan sorprendida como tú —dijo Bianca, sentada en el sofá con una expresión de falsa lástima.
—Bianca, mírame —la interrumpí, dejando el vaso sobre la mesa—. Ella no se fue solo por vergüenza. Ella tenía miedo. ¿Quién la amenazó? ¿Fue mi padre? ¿Ella estaba metida en algo raro?
Bianca se removió en su asiento, mirando hacia la puerta como si alguien estuviera escuchando. Se inclinó hacia adelante y me susurró, casi de forma imperceptible:
—Ella no mencionó a tu padre, Nate. Me llamó llorando antes de irse... me dijo que tu hermana está loca. Solo eso. No dio detalles, parecía que alguien la estaba vigilando.
—¿Mi hermana? —Solté una carcajada seca, llena de incredulidad—. ¿Anne? Bianca, esa mocosa no puede ni salir de la finca de la familia. Está castigada, bajo llave, custodiada las 24 horas. No tiene el poder, ni la fuerza, ni los contactos para asustar a alguien como Manuela de esa manera. Anne es solo una niña traumada por lo que le hicieron en esa academia.
Pero mientras lo decía, una chispa de duda se encendió en mi mente. Recordé la mirada de Anne la noche de nuestra pelea. Ya no era la mirada de mi hermanita; era algo oscuro, algo que se parecía demasiado a los ojos de mi abuelo Manuelle.
Me levanté de golpe, ignorando a Bianca. Anne no tenía el poder... a menos que alguien se lo estuviera dando. Y solo hay una persona en esta familia que disfruta destruyendo la felicidad de los demás para "fortalecer" su linaje.
—Tengo que ir a la finca Moretti —dije, agarrando las llaves de mi auto.
—¡Nate, espera! No le digas que yo te dije... —gritó Bianca, pero yo ya estaba fuera.
Si Anne tuvo algo que ver con la desaparición de Manuela, si se atrevió a tocarla para meterse en la decisiones de mi vida, le iba a demostrar que yo todavía soy el hermano mayor. Pero en el fondo, una parte de mí sentía pavor. ¿Y si mi hermana ya no era la víctima que yo intentaba proteger, sino el depredador que el abuelo siempre quiso que fuera?
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Frené el auto frente a la mansión de Cassian haciendo chirriar los neumáticos sobre la grava. Entré en la casa como una exhalación, sin pedir permiso, con la sangre golpeándome en las sienes. En el salón principal, mi padre, Liam, y el tío Cassian estaban sentados con unas cervezas, compartiendo uno de sus raros momentos de calma.
—¡Nate! ¿Qué demonios te pasa? —gritó mi padre, levantándose de un salto al ver mi cara de pocos amigos—. ¡Eh, detente! ¡¿A dónde vas?!
—¡Nate, vuelve aquí! —secundó Cassian, pero sus voces se volvieron ruido de fondo.
Ignoré sus gritos y subí las escaleras de tres en tres. No me detuve a tocar. Pateé la puerta de la habitación de Anne y esta se abrió de golpe, golpeando contra la pared.
Anne estaba allí, sentada en su escritorio con una calma que me dio náuseas. Tenía los auriculares puestos y movía un lápiz rítmicamente sobre un cuaderno de dibujo, tarareando una melodía que sonaba dulce, casi angelical. Al verme entrar como un animal salvaje, se quitó los auriculares con una lentitud insultante y me dedicó una sonrisa ladeada.
—¿Y ese milagro que me visitas? —preguntó con voz aterciopelada, apoyando la barbilla en su mano—. ¿Ya se te pasó el enojo, hermanito? ¿O vienes a pedirme perdón por la bofetada?
La rabia me cegó. Me acerqué a ella en dos zancadas, volcando la silla del escritorio de un manotazo y acorralándola contra la mesa. La agarré de los hombros con una fuerza que sabía que le dejaría marcas, sacudiéndola.
—¡¿Qué le hiciste a Manuela?! —le rugí a centímetros de su cara—. ¡Dime la maldita verdad, Anne! ¿Qué le dijiste? ¿Con qué la amenazaste para que huyera de la ciudad como si la estuviera persiguiendo el diablo?
Anne ni siquiera se inmutó por mi violencia. Sus ojos, antes brillantes, ahora eran dos pozos oscuros y fríos que me miraban con una mezcla de lástima y burla.
—Yo no hice nada que ella no se mereciera, Nate —respondió ella, sin que le temblara la voz—Solo le mostré el espejo de lo que realmente es: una muerta de hambre que te usaba. ¿De verdad vas a seguir llorando por una prostituta que te vendió por un par de billetes?
—¡Mientes! —le grité, apretando más mis dedos en sus hombros—. ¡Tú le hiciste algo! Ella dijo que estás loca... ¡¿Cómo pudiste?! ¡Tú no eras así, Anne! ¿¡Qué rayos te pasa ahora?!
Anne soltó una risita seca, una que me heló la sangre porque sonaba exactamente igual a la del abuelo.
—Solo he abierto los ojos, hermanito. Debes agradecerme de que te saque ese problema de encima —susurró, clavando sus uñas en mis antebrazos para que la soltara—. Despierta, Nathaniel. Ella se fue porque sabe que conmigo no se juega. Y tú deberías empezar a aprender lo mismo.
Anne se inclinó hacia mí. Sus ojos brillaron con una maldad pura, una que nunca creí ver en alguien de mi propia sangre.
—Esa perra solo tuvo lo que merecía, Nate —me siseó, con una sonrisa que me revolvió el estómago—. Solo la golpeé un poco para que entendiera su lugar. Agradece que no le hice nada de lo que realmente tenía imaginado para ella... porque créeme, mi lista era mucho más larga y sangrienta.
Me quedé congelado. El horror me recorrió la espina dorsal. Miré a la chica que tenía frente a mí, la que solía pedirme que le leyera cuentos cuando era niña, la que yo intenté proteger de Tristán... y no encontré nada de ella. Anne ya no estaba. En su lugar había una réplica exacta de la crueldad del abuelo.
La rabia me cegó por completo. La agarré más fuerte, mis dedos hundiéndose en su piel, y ella soltó un quejido de dolor que apenas pareció importarme.
—¡Eres una maldita desquiciada! —le grité, perdiendo el control. Mis manos subieron de sus hombros a su cuello, apretando por la pura desesperación de querer sacudir esa sonrisa de su cara.
En ese momento, la puerta terminó de abrirse y mi padre, Liam, entró como un rayo. Al ver la escena —yo, fuera de mí, asfixiando a mi hermana pequeña contra la mesa—, su rostro se transformó en una máscara de furia.
—¡NATHANIEL, SUÉLTALA! —rugió.
No pude reaccionar a tiempo. Sentí el impacto seco de un puñetazo en mi mandíbula que me hizo soltar a Anne y retroceder, tambaleándome hasta chocar con la cama. El sabor metálico de la sangre inundó mi boca de inmediato.
—¡¿Pero qué carajos te pasa?! —gritó Liam, poniéndose delante de Anne, quien se sujetaba el cuello tosiendo y fingiendo una fragilidad que yo sabía que era mentira—. ¡¿Por qué estás lastimando a tu hermana?! ¡Yo no te enseñé a pegarle ni a hacerle daño a las mujeres! ¡¿Eres imbécil o qué te pasa?!
Cassian se interpuso entre mi padre y yo, poniendo una mano en el pecho de Liam para evitar que me diera otro golpe, mientras miraba la habitación desordenada con ojos analíticos.
—¡Liam, cálmate! —ordenó Cassian con voz firme—. Golpearlo no va a resolver nada.
Se giró hacia nosotros dos. Anne estaba encogida en su silla, con los ojos llorosos, ocultando perfectamente al demonio que me acababa de confesar un crimen. Yo me limpié la sangre del labio, mirando a mi padre con una mezcla de odio y decepción.
—Ahora mismo —continuó Cassian, con un tono que no admitía réplicas—, nos van a explicar a los dos qué demonios está pasando aquí. ¿Por qué Nate entró como un loco y por qué Anne parece que acaba de ver al diablo? Hablen. Ya.
Me quedé jadeando, con el sabor amargo de la sangre en mi boca y la mirada fija en Anne. Estaba listo para soltarlo todo, para gritarles que su "niña protegida" era una sádica que disfrutaba torturando gente, pero ella se me adelantó con una rapidez que me dejó frío.
Anne se encogió en su silla, dejando escapar un sollozo ahogado y cubriéndose el cuello con las manos. Sus ojos estaban rojos, inyectados en unas lágrimas que parecían brotar de la nada.
—¡Lo siento, tío! —exclamó con la voz rota—Todo fue mi culpa... Nathaniel vino a preguntarme algo sobre su exnovia y yo... yo me puse de grosera. Le dije cosas horribles sobre esa chica y me burlé de que lo hubiera dejado. Le dije que era un perdedor y... simplemente perdió los estribos.
Me quedé helado. La forma en que mezclaba la verdad con la mentira era magistral. Sabía que si yo decía la verdad ahora, después de que ella "admitiera" haberme provocado, yo quedaría como el loco violento que no puede controlar sus impulsos ante una simple burla.
Miré a mi padre, cuya mano todavía temblaba de la rabia por haberme golpeado. Tragué saliva, sintiendo el peso de la derrota. Si confesaba lo de Manuela, metería al abuelo en la ecuación y eso solo traería una guerra familiar que no estaba listo para ganar.
—Es... es verdad —dije, bajando la cabeza y limpiándome el labio con el dorso de la mano—. Solo fue una pelea de hermanos. Anne se puso insoportable con el tema de mi ex y yo simplemente perdí los estribos. Lo siento, Anne. No debí tocarte.
Anne me miró con una ternura fingida que me dio ganas de vomitar.
—Yo también lo siento, Nate. No debí decir esas cosas de ella —susurró, extendiendo una mano hacia mí que yo no me atreví a tocar.
El silencio en la habitación fue denso. Liam cruzó los brazos, mirando de uno a otro con los ojos entrecerrados. A su lado, el tío Cassian permanecía impasible, pero su mirada era como un escáner que buscaba las grietas en nuestra historia.
—No me lo trago —soltó Liam de repente, su voz resonando como un trueno—. He visto a Nate enojado, pero nunca lo he visto entrar a una habitación como si quisiera demoler el edificio por un par de insultos. Aquí hay algo mucho más oscuro.
—Liam tiene razón —secundó Cassian, dando un paso hacia adelante y cerrando la puerta detrás de él—. Nate, tú no cruzas la ciudad a toda velocidad y atacas a tu hermana solo por una burla. Y tú, Anne... te conozco. Esa humildad repentina no es propia de ti después de lo que pasó en la cafetería.
Cassian nos miró fijamente, con esa autoridad que solía doblegar a cualquiera en la familia.
—Dígannos la verdad ahora mismo —exigió Cassian—. Porque si tengo que llamar al jefe de seguridad para que rastree el GPS de sus autos y revise las llamadas de sus teléfonos de los últimos tres días, lo voy a hacer. Y les aseguro que el castigo será mucho peor si descubro que me están mintiendo en mi propia casa.
El silencio de Cassian me presionaba los pulmones. Miré a mi padre, que me observaba con una mezcla de decepción y duda, y luego a Anne, que seguía en su papel de víctima perfecta. La rabia, esa que me había hecho entrar como un huracán, regresó con claridad. Ya no iba a protegerla.
—Está bien —solté, apartando a Cassian para quedar frente a mi padre—. ¿Quieren la verdad? Aquí la tienen.
Anne se tensó imperceptiblemente. Su mirada cambió; el brillo de las lágrimas desapareció, dejando paso a una advertencia silenciosa. No me detuve.
—Manuela desapareció. Terminó conmigo de la forma más cruel posible, diciendo que mi familia era un nido de locos. Y hoy, hace unos minutos, mi "dulce hermana" me confesó en esta misma habitación que ella fue quien la sacó del mapa. Me dijo que la torturo, que la amenazó y que agradezca que no le hizo algo peor.
Liam soltó un suspiro de incredulidad, mirando a Anne como si no pudiera creer lo que oía. Pero yo seguí, elevando la voz.
—¡Me confesó que ella dio la orden! ¡Mi hermana, la que está "castigada", tiene el poder de aterrorizar a una mujer hasta hacerla huir de la ciudad!¡Esta niña ha perdido la cabeza, está loca!
Me giré hacia Cassian, señalando a Anne con un dedo tembloroso.
—¿Ahora qué, tío? ¿Qué sigue? ¿Va a ir tras la cabeza de todas las mujeres que se me acerquen? ¿Va a eliminar a cualquiera que no le guste? ¡Díganme si les parece normal! Porque a mí me parece que están criando a un monstruo bajo este techo y todos están mirando hacia otro lado.
El rostro de mi padre se volvió de piedra. Se giró lentamente hacia Anne, cuya máscara de inocencia se estaba desmoronando bajo el peso de mi acusación directa.
—Anne... —la voz de Liam era un susurro peligroso—. Dime que tu hermano está inventando esto por el despecho. Dime que no pusiste un dedo sobre esa chica.
Anne guardó silencio un segundo. Se levantó de la silla con una elegancia que me dio escalofríos, se sacudió la ropa y miró a Liam directamente a los ojos, sin una pizca de arrepentimiento.
—¿Y si lo hice, qué? —respondió ella, con una calma que nos heló la sangre a todos—. Lo protegí de un parásito caza fortunas, tío Liam. Hice lo tenía que hacer, esa mujer solo estaba usando a mi hermano.
El tío Cassian, que siempre ha sido el pilar de la disciplina en esta familia, se pasó las manos por el rostro con un gesto de derrota que nunca le había visto. Se veía viejo, agotado por las constantes guerras de Anne.
—Ya no sé qué hacer contigo, Anne —soltó Cassian, con la voz quebrada por la desesperación—.Te hemos dado todo, te hemos protegido, y tú respondes convirtiéndote en alguien que no reconozco. Es como si disfrutaras del caos.
Anne no bajó la cabeza. Al contrario, se enderezó, mirándonos a todos con desprecio.
—Entonces es simple: si tanto les molesta mi presencia y mis métodos, me iré a vivir con el abuelo —declaró ella, cruzándose de brazos—. Él es el único que realmente me entiende. El único que no me mira como si fuera un bicho raro por querer defenderme.
—¡Tú no te mueves de aquí! —rugió el tío Cassian, señalándola con el dedo—. ¡No te vas a ninguna parte, y mucho menos con mi padre! Él solo está alimentando lo peor que hay en ti.
—¡No me puedes obligar a quedarme aquí como si fuera tu prisionera! —le gritó Anne, encarándolo sin pizca de miedo—. Además, la mansión principal está en la misma puta finca, a unos kilómetros de distancia. ¿Cuál es el problema? ¿O es que te da miedo que el abuelo termine de enseñarme lo que tú no te atreves?
—¡ANNE! —gritó, Liam, intentando intervenir, pero la discusión ya era un incendio fuera de control.
—¡Me voy! —sentenció ella, agarrando una mochila y empezando a meter cosas al azar mientras nos ignoraba—. Prefiero estar con el hombre que fundó este imperio que con un grupo de hipócritas que se avergüenzan de su propia sangre.
Cassian intentó cerrarle el paso, pero Anne lo esquivó con una agilidad y salió de la habitación. Escuchamos sus pasos decididos por el pasillo y luego el estruendo de la puerta principal al cerrarse.
Me quedé de pie, mirando a mi padre y a Cassian, que estaban en silencio, procesando el hecho de que acabábamos de perderla. El abuelo Manuelle acababa de ganar la partida. Anne se había ido al centro del nido de la serpiente por voluntad propia.
—Esto es el principio del fin —susurré, sintiendo un vacío frío en el estómago—. Si el abuelo tiene el control total sobre ella ahora, Manuela solo fue la primera víctima de una larga lista.
Miré por la ventana y vi la figura de mi hermana caminando bajo el sol hacia la mansión principal.