Después de sobrevivir a la masacre de Buena Suerte, Lía y Dikeet intentan encontrar un lugar en un mundo que las teme y las necesita al mismo tiempo. Pero cuando una nueva amenaza surge de las sombras de BioKal —más antigua, más poderosa y capaz de desafiar al cielo mismo—, las hermanas se ven obligadas a salir de las sombras.
Junto a antiguas enemigas y aliados inesperados, deberán enfrentar una fuerza que no solo quiere destruirlas, sino reescribir lo que significa ser humana… o algo más.
En una carrera contra el tiempo, entre selvas que devoran y ciudades que se apagan, descubrirán que la verdadera batalla no es contra una empresa cruel, sino contra lo que el poder hace con quienes lo persiguen… y con quienes lo rechazan.
Una historia de hermanas, traiciones, rabia y la pregunta que nunca desaparece:
¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar para proteger lo que cres que es tuyo?
NovelToon tiene autorización de Au-angell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 10 - El rugido del barro y la verdad bajo las estrellas
Unos minutos antes del caos, el rugido de un caza surcó el cielo nocturno. Dentro del avión de transporte, Hera y Kambrio estaban a punto de alcanzar su destino cuando el radar marcó una amenaza.
—¡Tenemos un contacto! —anunció un soldado desde la cabina—. Solo hay dos firmas de calor… Son ellas.
Dikeet, sobre el caza, sonrió con fiereza. Sujetaba un paracaídas mientras el viento le azotaba el rostro. Sin más, se lanzó en caída libre. Como un proyectil viviente, golpeó el avión de transporte y, clavando sus garras como estacas, se aferró al fuselaje. El impacto abrió un agujero en el costado del avión. El viento aulló al colarse por la abertura, desestabilizando la nave.
Dentro, Kambrio y Hera corrieron a la cabina, cerrando la puerta de golpe para evitar la despresurización.
—¡Mierda! —gruñó Kambrio—. ¡Nos está alcanzando!
Un crujido estremeció el fuselaje.
El vidrio de la cabina se quebró. En un parpadeo, las dos fueron succionadas al exterior. Hera trató de estabilizarse en el aire, pero Dikeet se aferró a ella como un depredador en picada. El avión, fuera de control, se estrelló en un río y terminó su curso en tierra firme con una explosión.
En el aire, Dikeet golpeaba a Hera a puño limpio mientras caían. Finalmente, ambas chocaron violentamente contra el agua. Kambrio cayó también, inconsciente. Un cocodrilo se sumergió, atraído por el impacto. Hera emergió sujetando con una mano la cabeza decapitada del reptil, y con la otra, arrastrando a Kambrio por el cuello de su chaqueta. Lo arrojó a la orilla junto al cráneo.
Del agua, caminando firme, emergió Dikeet.
—Dikeet... —gruñó Kambrio al despertar—. ¡Vienes por la revancha! ¡Pues somos dos!
Se puso de pie junto a Hera.
—Vamos a acabar contigo, gata asquerosa.
Pero Hera le dio la llave.
—Vete.
Kambrio dudó.
—Hera, no—
—¡He dicho que te vayas! —rugió Hera con tono firme, los ojos lila brillando.
Kambrio tragó saliva, tomó la llave y huyó. Dikeet y Hera se quedaron solas en la espesura del pantano. Se miraron sin pestañear.
—Lastimaste a mi hermana —dijo Dikeet, mostrando sus colmillos afilados.
Hera respondió con su transformación. Su cuerpo se agrandó, su pelaje púrpura cubriéndola como una bestia mitológica.
Ambas se lanzaron. El agua salpicó en todas direcciones con cada impacto. Dikeet esquivó con velocidad felina, lanzando una patada que usó para impulsarse. Clavó sus garras en el abdomen de Hera, pero esta la estrelló contra el suelo, contrarrestando con un feroz golpe que la hizo volar.
Las garras cortaban el aire. Dikeet giraba, golpeaba, esquivaba. Hera embestía, más fuerte, más violenta. Un cruce de puños hizo temblar el terreno. Hera ganó por pura fuerza bruta. El puño de Dikeet se desvió, su cuerpo fue lanzado como un muñeco a los árboles.
Ambas se reincorporaron.
Hera corrió a cuatro patas, embistiendo como un torbellino. Dikeet escupió sangre, saltó por los árboles. Un aura verde la envolvió. Apareció entre la mandíbula de Hera y desapareció tras su espalda, cortándola en un solo movimiento.
Hera rugió. Un brillo púrpura brotó de su cuerpo. Con un aliento tembloroso, expulsó un rayo rosa que arrasó el bosque. Dikeet intentó cubrirse, pero sus brazos ardieron. Aun así, cargó de nuevo, lanzando cuchillos que Hera desvió con las garras.
Dikeet se impulsó y la estrelló contra el suelo. Hera la sujetó del cuello, saltó y la estampó desde el cielo creando un cráter. Dikeet quedó tendida en el fondo, Hera encima.
Se retiró, pero escuchó algo. Un tronco podrido le impactó el rostro. Un corte en la mejilla. Se separaron. Ambas respiraban agitadas. Hera habló entre jadeos:
—Solo quítate de mi camino. Ya tengo un curso fijado. No me detendrán. Se lo dije a tu hermana, no me escuchó.
Dikeet apretó los dientes. Sus ojos brillaron en verde. Golpeó con una potencia tremenda. Hera salió disparada contra un montículo de barro, serpientes y cangrejos huyendo a su paso.
El aire se llenó de vapores y sangre.
Hera mordió el hombro de Dikeet. Dikeet respondió clavando sus garras en su vientre. Ambas se aferraban a matarse, hasta que Hera brilló otra vez, estampando a Dikeet contra los árboles uno a uno. Las ramas crujieron. Serpientes y aves huyeron. Tras el octavo impacto, Dikeet cayó.
Ambas sangraban.
Un corte en el tobillo hizo que Hera se arrodillara. Dikeet también cayó. Las dos, en el barro, agotadas. Sus auras se apagaban. Respiraban con dificultad.
—Voy a acabar contigo... —susurró Dikeet.
—Cállate... No sabes quién soy ni por qué peleo —respondió Hera.
Dikeet la miró, desafiante.
—Luchas con los mismos cabrones que nos convirtieron en esto. ¿Qué causa tan podrida te hace pelear?
Hera bajó la mirada. Sus manos temblaban. No de cansancio. De pena.
—Tengo un trato con ellos... Un artefacto... Puede revivir a quienes fueron importantes para mí. Yo... los necesito...
Sus ojos lila se llenaron de lágrimas.
—¿Sabes cuánto tiempo pasé en una celda pensando en lo que pude haber hecho distinto? ¡Ya no quiero estar sola! Pero las únicas personas que me importaban... están muertas...
Se arrodilló, rota. Sentada en el barro como una niña perdida.
Dikeet la miró. Se vio a sí misma en Hera: furiosa, rota, sola. Caminó despacio y se sentó a su lado.
—Soy Dikeet. Un gusto conocerte.
Hera la miró, perpleja.
—¿Qué?
—Mi hermana decía que para conocer a alguien importante, primero hay que presentarse. Nunca entendí esa tontería, pero… Eres como yo. Si alguien puede entenderte… créeme, soy yo.
Le puso la mano en el hombro.
—Además… De verdad eres muy alta.
Hera soltó una risa suave entre lágrimas. La noche se volvió más silenciosa. Bajo un cielo estrellado y un charco de sangre compartida, por primera vez en años… no estaban solas.
En otra parte.
El sujeto de la armadura metálica avanzaba entre la penumbra, acompañado por Ayura y tres mercenarios. Se refugiaron dentro de una bodega abandonada, apenas sostenida por los restos corroídos de su estructura.
Afuera, la batalla rugía con brutalidad. Los mercenarios que habían traído estaban siendo eliminados, uno por uno, por lo que alguna vez fueron humanos… ahora criaturas deformes, consumidas por una oscuridad viva, que solo buscaba devorar.
Eran monstruos de apariencias diversas, deformes, viscosos, de color negro brillante. Algunos tenían huesos afilados como cuchillas que sobresalían de sus extremidades. Las balas de los fusiles de asalto apenas los frenaban. Misiles y blindados eran poco más que juguetes ante esa pesadilla.
Uno de los soldados gritó antes de ser arrastrado entre la maleza por dos criaturas huesudas. Una masa negra y gigantesca aplastó un tanque solo con el peso de su cuerpo, en cuya superficie se dibujaban rostros distorsionados en agonía.
Dentro de la bodega, uno de los mercenarios comenzó a sudar frío, temblando de miedo, el dedo apretando el gatillo de su rifle sin control.
—¡¿Qué demonios son esas cosas?! ¡¡Nos dijeron que esta zona estaba limpia!! ¡¡Eso no debería estar aquí!! —gritó con desesperación.
El hombre de la armadura se giró con calma, su voz resonando metálica y sin emoción:
—El cementerio experimental… Pensé que no quedaba nada vivo. Pero parece que esas cosas han estado esperando.
Ayura, con el ceño fruncido y sin mostrar temor, respondió:
—No importa lo que haya ahí fuera. Tenemos que seguir. No podemos parar ahora.
—A nosotros no nos pagan lo suficiente para esto... —murmuró otro mercenario, mirando con horror cómo sus compañeros eran destrozados a lo lejos.
De pronto, una figura emergió del aire con un "¡Buu!" burlón. Kambrio, invisible hasta el último segundo, apareció ante ellos con una sonrisa divertida.
—¿Qué tal? Justo a tiempo, ¿no? —dijo mientras tocaba rápidamente a cada uno de ellos.
Uno a uno, todos desaparecieron, envueltos en el mismo manto de invisibilidad que Kambrio manejaba con maestría.
En ese instante, una de las criaturas se arrastró hacia la bodega. Sus garras repiqueteaban sobre el concreto roto. Husmeó el aire, gruñó, y finalmente se alejó al no detectar presencia alguna.
Cuando todo estuvo en silencio, Kambrio los hizo visibles de nuevo. Soltó una risita aliviada.
—Sea lo que sea eso… por suerte no nos vio.
—Perfecto… —dijo el hombre de la armadura—. Vamos. No podemos quedarnos aquí.
—Echo —respondió Kambrio activando su habilidad otra vez, volviéndolos invisibles a todos mientras el caos y los gritos afuera se desvanecían, tragados por la selva y las criaturas del cementerio experimental.