🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.
No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.
Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.
Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.
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CAPÍTULO 18
El aire que la recibió al bajar del tren era distinto, más fresco, como si la ciudad respirara a otro ritmo. Kassandra—no, Liliana ahora—sintió cómo el viento le acariciaba el rostro, llevándose consigo el último rastro de humedad de los ojos. No eran lágrimas de tristeza, sino ese ardor que dejaba atrás el miedo, la incertidumbre de haber cortado el último hilo que la ataba a su antigua vida. El andén estaba casi vacío, solo unos cuantos viajeros con maletas gastadas y miradas cansadas. Ella ajustó el bolso al hombro, los dedos apretando el asa como si de ese gesto dependiera no perderse en el mar de lo desconocido.
Caminó con pasos medidos, sin prisa pero sin detenerse, como le había enseñado Jennifer: No corras, no llames la atención, pero no te quedes quieta. Las calles olían a pan recién horneado y a café tostado, un aroma que se mezclaba con el polvo de las banquetas y el leve hedor a gasolina de los autos que pasaban a su lado. Cada sonido—el claxon lejano, el murmullo de las conversaciones, el crujir de sus propios zapatos sobre el empedrado—le recordaba que estaba viva, que cada segundo que transcurría era suyo. Pero también sabía que no podía bajar la guardia. Fabián no era hombre de rendirse, y aunque estuviera a cientos de kilómetros, su sombra aún se extendía como una mancha de tinta sobre su piel.
La dirección de la pensión estaba escrita en un papel doblado dentro de su bolso, junto al dinero y la identificación falsa. "Calle de los Suspiros, número 12". El nombre le pareció irónico, casi como un presagio. Suspiros de alivio, de agotamiento, de algo que aún no tenía nombre. La fachada del lugar era modesta: una puerta de madera desgastada por el tiempo, con un letrero pequeño y discreto que anunciaba "Posada La Esperanza". El ironía no se le escapó—esperanza era justo lo que más necesitaba. Tocó el timbre con los nudillos, dos veces, como lo había practicado mentalmente. Una mujer mayor, de cabello canoso recogido en un moño y ojos astutos, abrió la puerta. No sonrió, pero tampoco frunció el ceño.
—¿Sí? —preguntó, secándose las manos en un delantal floreado.
—Soy Liliana Pereira. Tengo una reserva —dijo Kassandra, y el nombre le saboreó extraño en la boca, como un caramelo que aún no se derretía del todo.
La mujer la observó, asintió y dio un paso atrás para dejarla pasar.
—Segundo piso, última puerta a la izquierda. Las llaves están en la cerradura —indicó, señalando una escalera estrecha que crujía bajo sus pies.
Kassandra subió los peldaños con cuidado, la habitación era pequeña, pero limpia: una cama individual con sábanas blancas y una manta tejida a mano, un armario de madera oscura con espejo empañado en la puerta, y una ventana que daba a un patio interior donde crecían geranios en macetas de barro. El sol de la tarde se filtraba entre los barrotes, dibujando franjas doradas sobre el piso de loseta fría. Dejó caer el bolso sobre la cama y exhaló, largo y tembloroso, como si hubiera estado conteniendo la respiración desde que pisó el tren.
Más tarde, se acercó al armario y abrió las puertas con manos que aún temblaban un poco. Colgó las pocas prendas que había traído—un par de blusas sencillas, un vestido negro que podría servir para cualquier ocasión, unos jeans—y al hacerlo, sus dedos rozaron el tejido de su antiguo vestido azul noche, el que había usado en el velorio, el que aún olía a incienso y a mentiras. Lo sacó del armario y lo sostuvo contra su cuerpo, como si al hacerlo pudiera despojarse también de la mujer que lo había llevado. Luego lo dobló con cuidado, y lo guardó en el fondo del cajón, como si enterrara un cadáver.
Se quitó los zapatos y sintió el alivio de los pies desnudos sobre el suelo frío. Se acercó a la ventana y apoyó las palmas contra el marco, mirando hacia el patio. Desde allí, podía ver a una mujer mayor regando las plantas, su silueta recortada contra la luz del atardecer. El agua caía en chorros finos, salpicando las hojas y creando pequeños arcoíris efímeros. Kassandra cerró los ojos y respiró hondo. Por primera vez en años, no había nadie que le dijera qué hacer, cómo vestirse, qué sentir.
Se miró en el espejo del armario. La mujer que le devolvió la mirada no era la misma que había salido de la iglesia horas atrás. Los labios ya no estaban pintados de ese rojo oscuro que Fabián tanto admiraba; el cabello, antes peinado con esmero, ahora caía en ondas desordenadas sobre sus hombros, como si se hubiera rendido a su propia naturaleza. Se pasó los dedos por los labios, sintiendo la aspereza de su piel sin maquillaje. Liliana, pensó. Ese nombre le pertenecía ahora, como el aire que respiraba, como el latido acelerado de su corazón.
Se cambió la ropa que tenía puesta y quedó en ropa interior, un conjunto sencillo de algodón blanco. Se tocó el vientre, donde las marcas de los dedos de Fabián aún parecían ardientes, fantasmas de una vida que ya no la definía; y luego se puso un polo largo que usaría como pijama.
Afuera, el cielo comenzaba a teñirse de púrpura, anunciando la llegada de la noche. Kassandra—no, Liliana—se acercó a la cama y se tendió sobre las sábanas frescas, dejando que el cansancio de días enteros de tensión la envolviera. Mañana sería el primer día del resto de su vida. Mañana comenzaría a vivir de verdad. Pero por ahora, solo quería sentir el silencio, el peso de su propio cuerpo sobre el colchón, el latido de su corazón que, por primera vez en mucho tiempo, latía solo para ella.