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La Número 11 Del CEO: Nunca Fue Solo Un Contrato.

La Número 11 Del CEO: Nunca Fue Solo Un Contrato.

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Época / Completas
Popularitas:7.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Diris Basto

Camilo Casadiego es heredero único ,de los CASADIEGO con una gran responsabilidad, Pero sin intenciones de dejar herederos, su padres intervendrán para asegurar su legado.

NovelToon tiene autorización de Diris Basto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

sombras y revelaciones

El mesero se acercó discretamente al señor Guillermo y le pidió que lo acompañara al balcón. Laura, intrigada, caminó junto a su esposo.

—¿Qué tiene que decirme? —preguntó Guillermo con calma—. Hable con confianza. Ella es mi esposa y está al tanto de todo.

El mesero bajó un poco la voz.

—Señor… la señorita salió hacia el baño. Su hijo la siguió y la acorraló en el pasillo. Pero ella… le dio una bofetada. Eso fue lo que vi. No tengo nada más que decir.

Guillermo asintió lentamente.

—Está bien. Puede retirarse. Gracias por su discreción, y espero que esto quede en secreto.

—No se preocupe, señor. Buenas noches.

El mesero se marchó.

Laura miró a su esposo con curiosidad.

—¿Qué piensas, cariño?

Guillermo cruzó los brazos pensativo.

—Que el hecho de que le haya dado una bofetada significa que la chica tiene carácter. Tiene límites… y se da a respetar.

Laura sonrió levemente.

—Entonces sí te interesa investigar más.

—Mañana averiguaré sobre ella —respondió Guillermo—. Iré a visitar al doctor en su clínica.

—Si Camilo insiste en buscarla… entonces de verdad le interesa.

Mientras tanto, en el otro lado del salón, Camilo tomó una servilleta, sacó un cubo de hielo del vaso y lo colocó sobre su labio.

—¿Qué te pasó, amigo? —preguntó Javier en tono burlón—. ¿Te mordió la mesera?

Camilo soltó una risa corta.

—No molestes. Hasta ahora ninguna mujer se me había negado.

—Oh… interesante —rió Javier—. Tal vez no vio tu billetera. Quizás no ofreciste lo suficiente.

—Sí lo hice —murmuró Camilo con irritación—. Pero… maldita sea, qué carácter.

—Olvídala —dijo Javier—. Hay muchas más por ahí.

Camilo negó con la cabeza.

—No. La quiero a ella.

—¿Te enamoraste?

Camilo soltó una carcajada.

—Ni lo sueñes. Solo quiero divertirme un poco. Aún no ha nacido la mujer capaz de enamorarme.

—Entonces estás obsesionado.

—Tal vez.

Camilo terminó su trago de un solo golpe.

—Hazme un favor —dijo levantándose—. Despídete de Sergio por mí. Dile que me sentí mal… que bebí demasiado.

—¿Qué vas a hacer?

—Necesito despejarme.

—Te acompaño.

—No. Déjalo así.

—Bien… suerte, amigo. ¿Y tus padres?

—Diles lo mismo: que me fui porque estaba ebrio.

Camilo dudó un segundo.

—Y préstame tu chófer. No voy a casa.

—Está bien.

Camilo salió del salón con paso rápido. Su expresión era una mezcla de enojo… y ansiedad.

A la mañana siguiente, Guillermo y Laura desayunaban tranquilamente cuando Camilo entró al comedor.

—Buenos días, padre. Buenos días, mamá.

—Buen día, hijo —respondió Laura—. Pensé que aún estabas durmiendo. ¿Qué te pasó en la boca?

Camilo tocó su labio con naturalidad.

—Anoche bebí demasiado. Le pedí a Javier que me dejara quedarme en su apartamento porque estaba más cerca. Creo que me caí al entrar.

Guillermo y Laura intercambiaron una breve mirada.

—Bueno, hijo —dijo Laura—. Ve a descansar. Le diré a las empleadas que te lleven algo a tu habitación.

—No hace falta, mamá. Me daré un baño y dormiré un poco. En la tarde tengo una reunión importante.

Camilo subió las escaleras.

Cuando entró en su habitación, se dirigió directamente al baño y dejó correr el agua.

Se miró en el espejo mientras tocaba su labio adolorido.

Entonces recordó el golpe.

Los ojos de la joven… color miel imnotizante.

El aroma a naranja de su cabello.

Sus labios rojos, como cerezas.

Las curvas de su cuerpo.

Camilo sonrió ligeramente.

—Tonta niña… —murmuró—. Por tu culpa tuve que terminar la noche en un bar.

Pero la imagen de ella no se iba de su mente.

En la clínica, una joven entró al consultorio del doctor Rafael.

—Señor… disculpe la tardanza. ¿Tiene algún recado para entregar?

El doctor suspiró.

—No… bueno, sí. Pero antes necesito hablar contigo.

La joven se acercó con preocupación.

—¿Mi mamá… cómo está?

Sacó dinero de su bolso y lo colocó sobre el escritorio.

—Esto es de los trabajos que estuve haciendo de noche. Por favor… no saquen a mi madre del hospital. No podré cuidarla sola.

El doctor la miró con tristeza.

—Sabes que el estado de tu madre es terminal. La leucemia ha avanzado mucho. Y aunque entiendo tu situación… la clínica exige los pagos.

La joven bajó la cabeza.

—Por favor… no la lleven a otro lugar.

—Lo siento —respondió el médico—. Esta es una de las mejores clínicas de la ciudad.

Luego le entregó un paquete.

—Lleva esto a la dirección indicada. Después pasa por la farmacia de la calle 23 y recoge otro paquete a mi nombre.

La joven asintió, tratando de contener las lágrimas.

—Sobre tu madre… intentaré retrasar el traslado lo más posible.

—Gracias, doctor.

La joven salió del consultorio.

En ese momento, Guillermo entraba al pasillo, pero ella pasó junto a él sin notarlo.

—¿Puedo pasar? —preguntó Guillermo.

—¡Señor Guillermo! —exclamó el doctor—. Pase, por favor. No esperaba su visita.

Guillermo se sentó.

—La joven que salió… ¿le ocurre algo grave?

El doctor suspiró.

—Es la mensajera. Tiene una situación muy difícil.

Guillermo sonrió ligeramente.

—De hecho… vine por ella.

El doctor levantó las cejas.

—¿Por ella?

—Anoche estaba trabajando como mesera en una fiesta. Vi a mi hijo interesado en ella. Quiero saber quién es.

El médico guardó silencio unos segundos.

—Se llama Soleyni. Pero todos le dicen Sol.

Y comenzó a contar su historia.

Una madre con leucemia terminal.

Una casa vendida para pagar tratamientos.

Trabajos de día y de noche para sostener los gastos.

Cuando terminó, Guillermo se quedó pensativo.

—Es una joven muy fuerte —dijo finalmente—.

Luego miró al doctor.

—Pásame la cuenta de la hospitalización de su madre.

El médico se sorprendió.

—¿Quiere pagarla?

—Sí.

—Pero… tal vez la chica no acepte.

Guillermo sonrió con serenidad.

—No importa. Igual la ayudaré.

Se levantó.

—La esperaré en la sala de acompañantes.

El doctor asintió.

—Es usted un buen hombre, señor Guillermo.

Guillermo salió del consultorio… decidido a conocer a la joven que había despertado algo que jamás había visto en su hijo.

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