El día que Sofía Reyes descubrió que debía casarse con Santiago Ferrer, su mejor amigo de toda la vida, decidió alejarse de él.
Santiago hizo lo mismo.
Pero años después, un secreto familiar, un imperio peligroso y una muerte inesperada los obligarán a volver a encontrarse.
Y algunos destinos… simplemente no se pueden evitar.
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Capítulo 8
Sofía
Luciano y mi padre no me dejaban salir sola ni a la esquina.
Literalmente.
Si quería ir por café, había dos camionetas.
Si iba al gimnasio, tres escoltas.
Si caminaba por el jardín de la casa… seguramente había alguien vigilando desde la reja.
Era incómodo.
Fastidioso.
Molesto.
Pero si había algo todavía más molesto que vivir escoltada…
Era tener que tomar decisiones con Santiago Ferrer.
El hombre tenía una habilidad casi sobrenatural para irritarme hasta la médula. Y lo peor de todo era que empezaba a sospechar que le divertía.
Ese día habíamos quedado de ver casas.
Porque yo tenía algo muy claro:
—En tu apartamento de lujurias y malas decisiones no voy a vivir.
Santiago rodó los ojos.
—No son lujurias.
—Encontré una botella de whisky en la ducha.
—Fue una noche complicada.
—Encontré dos.
—Fue una semana complicada.
Suspiré con dramatismo.
—Necesito una casa grande.
La agente inmobiliaria, Amanda, caminaba delante de nosotros mostrándonos un lujoso dúplex.
—Con jardín —continué—. Piscina climatizada. Terraza amplia.
Santiago negó inmediatamente.
—Necesitamos un apartamento.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Me giré hacia él.
—Una casa.
—Un apartamento.
—Casa.
—Apartamento.
Amanda nos miraba con una mezcla de confusión y preocupación.
—Aquí tenemos una vista increíble de la ciudad —intervino con una sonrisa tensa.
Santiago caminó hacia el ventanal.
—¿Ves esto?
—Sí.
—Esto es movilidad. Seguridad. Acceso rápido a todo.
Me crucé de brazos.
—¿Y dónde juego con mis perros?
—No tienes perros.
—¡Los voy a tener!
—Sofía…
—Además quiero un jardín.
—¿Para qué?
—Para existir feliz.
Amanda respiró hondo.
—La terraza es muy amplia…
La miré.
—Amanda, ¿usted cree que una terraza reemplaza un jardín?
Amanda abrió la boca… y luego la cerró.
—Depende de la perspectiva.
Santiago sonrió con superioridad.
—Gracias.
—No te pongas feliz —le dije—. Amanda está tratando de sobrevivir.
La pobre mujer parecía preguntarse cómo dos personas que discutían así planeaban casarse.
Y justo en medio de nuestra discusión…
La puerta del dúplex se abrió.
Karen entró primero.
Luciano venía detrás.
Ambos se detuvieron al vernos.
Karen nos saludó con un pequeño gesto de la cabeza.
Tenía un aire distinto.
Mucho más sobrio.
Más elegante.
Muy lejos de la chica que se había hecho famosa por las fiestas interminables.
Comenzó a recorrer el apartamento.
Luciano nos saludó.
—Hola.
Luego revisó su teléfono.
Karen lo llamó desde el segundo piso.
—Luciano.
Con esa expresión tranquila que lo caracterizaba, subió las escaleras.
Minutos después llegó otra agente inmobiliaria.
Venía agitada.
—Disculpen la tardanza.
Karen bajó poco después.
Se acercó a la mujer.
—Compramos este.
La agente sonrió con alivio.
—Excelente decisión.
Miré a Santiago.
Sabía lo mucho que quería ese lugar.
Sonreí con exagerada amabilidad.
—Qué bueno.
Suspiré.
—Bueno, tendremos que seguir viendo.
Me despedí de Luciano y Karen.
—Cuida a mi hermano —le dije a ella.
Karen asintió.
—Claro.
Miré a Luciano.
—Cuídala a ella.
Me acerqué un poco más.
—Y no hagas burradas.
Luciano rodó los ojos.
Santiago y yo nos marchamos.
Cuando salimos al estacionamiento, él dijo:
—No se ven mal como pareja.
Lo miré horrorizada.
—¿Qué?
—Luciano y Karen.
Negué con firmeza.
—Se ven horribles.
Santiago levantó una ceja.
—Luciano se ve apagado cuando está con ella.
Abrí la puerta de mi auto.
—Qué falta de visión tienes.
Cada uno se subió a su vehículo.
Fuimos al siguiente apartamento.
Lo rechacé.
—Le falta carácter.
Santiago suspiró.
—Claro.
—¿Y si vemos una casa colonial?
—¿En la ciudad?
—Sí.
—Para que la rechaces también.
Sonreí.
—Amanda encontrará una belleza.
Lo miré con una sonrisa provocadora.
—Para que el bebé no tenga que madrugar tanto.
—Sofía…
—¿Sí?
—Tú no tienes trabajo aquí.
—¿Y?
—¿De qué te afanas?
Sonreí con calma.
—De nada.
Me crucé de brazos.
—No tengo que afanarme de nada.
Amanda prometió buscar la casa.
Nos despedimos.
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Cuando llegué a casa, vi muchas cajas en el salón.
—¿Qué es todo esto?
Mi madre apareció desde el comedor.
—Luciano está sacando cosas que tenía aquí.
—¿Para qué?
—Para llevarlas al apartamento que compró con Karen.
Parpadeé.
—¿Cómo está?
Mi madre suspiró.
—Pensativo.
—¿Triste?
—Callado.
Hizo una pausa.
—Luciano siempre ha sido un hombre que no muestra sus sentimientos.
Asentí.
—Ella es cinco años menor.
Recordé verla ese día.
—Pero hoy se veía… distinta.
—Es comprensible —dijo mi madre—. El concepto médico no es favorable.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Ella es la heredera.
No pregunté más.
Luego me miró.
—¿Cómo vas con Santiago?
Solté todo de golpe.
—Mal.
Conté con los dedos.
—Es orgulloso.
—Frío.
—Distante.
—Malhumorado.
—Descortés.
Mi madre arqueó una ceja.
—Curioso.
—¿Por?
—Porque con nosotros ha sido encantador todos estos años.
Bufé.
—Pues los engañó.
En ese momento Luciano bajó con una caja llena de libros.
Se la entregó a un guardia.
El hombre la llevó a una de las camionetas.
Luciano se mudó con Karen pocos días después.
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Las dos semanas siguientes pasaron volando.
Y cuando me di cuenta…
Estaba entrando del brazo de Santiago a la ceremonia de boda de mi hermano.
Luciano se veía guapísimo.
Cuando lo vi…
No pude evitar llorar.
Es mi hermano mayor.
Y era el tipo de hermano que todas las niñas querían tener.
Incluso mis amigas.
Aunque muchas lo querían como algo más que un hermano mayor.
—Ten.
Santiago me dio un pañuelo.
Lo abracé brevemente.
Luciano nos sonrió desde el altar.
Nos sentamos.
Y el bobo de Santiago no dijo nada sobre mi vestido.
Ni sobre cómo me veía.
Me hervía la sangre.
Cuando el sacerdote dijo:
—Puede besar a la novia.
Luciano y Karen se besaron con seguridad.
Sin duda.
Pensé dos cosas.
O eran buenos actores.
O tenían historia antes.
Porque yo…
Yo no quería besar a Santiago ni por accidente.
Mis tías se acercaron después.
—¿Dónde está tu anillo de compromiso?
Sonreí.
—Me quedó grande.
Mentí.
Santiago no me había dado nada.
Ni siquiera un anillo de juguete.
En la fiesta solo bailé con tres hombres.
Papá.
Luciano.
Y Santiago.
Mientras bailábamos, él murmuró:
—Te ves hermosa.
Lo miré.
—Gracias.
—Mañana te doy el anillo.
—Bien.
Suspiré.
—¿Tus veinte escoltas siempre están contigo?
—Sí.
—Qué incómodo.
—Lo es.
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La boda terminó siendo bonita.
A pesar de la falta de amor entre los novios.
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Al día siguiente, Santiago pasó por mí.
Fuimos a una joyería elegante.
Lo saludaron con demasiado respeto.
Pensé:
¿Desde cuándo saludan así a Santiago?
El vendedor le entregó una pequeña caja negra.
Santiago la abrió.
Dentro, sobre un cojín negro…
Había un anillo de oro blanco.
Con un diamante negro ovalado, rodeado de diamantes blancos.
Era espectacular.
—Es hermoso —susurré.
Santiago sonrió levemente.
—Lo es.
Me miró.
—Es negro.
Pausa.
—Como tu alma.
Le di un golpe en el brazo con todas mis fuerzas.
El vendedor casi se atraganta.
Santiago tomó mi mano izquierda.
Colocó el anillo en mi dedo.
Encajó perfecto.
Miré mi mano con sorpresa.
Nunca pensé que un diamante negro me gustaría.
Pero…
Se veía increíble.
Y por primera vez desde que empezó todo esto…
Pensé algo peligroso.
Tal vez…
casarme con Santiago no sería tan terrible.