En el poderoso reino de Valdoria, la belleza es poder… y el amor, una condena.
Lady Anya Naville, segunda hija de un influyente archiduque, ha sido admirada toda su vida como el diamante del reino. Prometida desde la infancia al príncipe heredero, Maxime Iker Lindberg, Anya creció creyendo que su destino era convertirse en reina… y esposa del único hombre que había amado.
Pero todo se derrumba cuando una noble extranjera cautiva el corazón del príncipe.
Consumida por los celos y la humillación, Anya comete un acto imperdonable usando la magia prohibida que corre por su sangre. Su crimen la convierte en la villana del reino y la lleva a enfrentar la ejecución pública.
Sin aliados. Sin amor. Sin esperanza.
Hasta que, en su última hora de vida, lanza un hechizo imposible.
Anya despierta años en el pasado, atrapada nuevamente en su cuerpo de cinco años, pero conservando todos los recuerdos de su trágico futuro.
Esta vez no cometerá los mismos errores.
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Capítulo 14 | Líneas que se cruzan
A la mañana siguiente, el palacio parecía otro lugar.
La música había desaparecido, las luces eran más suaves y el aire ya no estaba cargado de la misma tensión elegante de la noche anterior. Pero eso no significaba que todo estuviera en calma.
Solo era… diferente. Más silencioso y más controlado.
Las actividades del día estaban organizadas con precisión, como todo en ese lugar. A los niños nos separaron sin mucha ceremonia: las niñas hacia los salones interiores, los varones hacia los campos de entrenamiento.
No pregunté.
Ya sabía cómo funcionaban estas cosas.
El salón al que nos llevaron era amplio, con grandes ventanas que dejaban entrar la luz de la mañana. Sobre las mesas había lienzos, pinceles, hilos de colores, telas finas perfectamente dobladas.
—Pueden elegir lo que prefieran —anunció una de las damas—. Pintura o bordado.
Observé todo en silencio.
El olor a pintura, el orden excesivo, las conversaciones suaves que comenzaron a surgir entre las otras niñas…
Todo me resultaba insoportablemente aburrido.
Me senté frente a un lienzo solo porque era lo que se esperaba. Tomé el pincel, lo giré entre mis dedos y miré la tela en blanco.
No veía nada. Ninguna idea cruzaba mi mente y tampoco tenía intención de pintar.
Solo veía un espacio vacío que no me decía absolutamente nada.
A mi alrededor, las demás ya habían comenzado. Algunas hablaban entre ellas, otras reían, otras se concentraban con una dedicación que me resultaba ajena.
Yo solo pensaba en la noche anterior. En el frío que sentí en la piel, en esa sensación que no había desaparecido del todo. Y en ellos, los gemelos. En sus palabras, en su reacción.
No había sido casual. Nada en este mundo lo era.
Apoyé el pincel sin haberlo usado.
—¿No vas a pintar? —preguntó una de las niñas a mi lado.
La miré apenas.
—No.
No insistió y eso fue mejor.
Me levanté sin hacer ruido. Nadie me detuvo cuando comencé a caminar hacia la salida, nadie parecía lo suficientemente interesado como para hacerlo.
Salí del salón y cerré la puerta con suavidad detrás de mí.
El cambio fue inmediato.
El aire del pasillo era más fresco, más limpio. Caminé sin rumbo fijo al principio, dejándome llevar por la necesidad de alejarme de ese lugar.
No tardé en encontrar una salida hacia el jardín.
El frío volvió a recibirme, pero esta vez no me molestó. Lo necesitaba.
Avancé entre los senderos cubiertos de nieve, alejándome lo suficiente como para no escuchar el ruido del interior. El jardín estaba casi vacío, silencioso, como si el mundo se hubiera detenido un instante.
Perfecto.
Me detuve y extendí la mano, no fue un gesto llamativo. Apenas un movimiento leve, casi natural. La magia respondió de inmediato, como siempre lo hacía.
Una corriente fina se deslizó entre mis dedos, tomando forma lentamente. No era visible para cualquiera, pero yo podía verla con claridad. La moldeé sin pensar demasiado, dejándome llevar por la sensación.
Agua.
Primero, líquida, suave, girando en espirales pequeñas. Luego más definida, más precisa.
Recordé a Evan.
La forma en que lo describían en mi vida anterior. Control absoluto, sin desperdicio, sin esfuerzo visible.
Imité el movimiento, aunque fuera de manera instintiva. La corriente cambió, se volvió más estable, más… elegante.
Exhalé lentamente. Y entonces cambié.
El agua se deshizo, disipándose en el aire, y en su lugar surgió otra cosa. Más ligera y más impredecible.
Aire.
Lo dejé girar, elevarse, moverse con libertad, pero sin perder el control.
Eiden.
Era diferente, pero igual de preciso.
Bajé la mano, la magia desapareció como si nunca hubiera estado ahí.
Cerré los ojos un instante recordando:
El baile, el frío, la sensación. No era mi imaginación y ahora ellos también lo sabían.
—No deberías estar sola.
Abrí los ojos.
Mi padre estaba detrás de mí, no parecía molesto, solo… atento.
—Necesitaba aire —respondí.
Me observó un segundo más de lo habitual, como si estuviera evaluando algo que no decía.
—Entonces ven —dijo finalmente—. Busquemos a Kael. Tomaremos el té juntos, hace mucho que no lo hacemos.
Asentí, no me opuse. Yo también quería compartir mi tiempo con ellos.
Caminamos lado a lado, en silencio, dejando atrás el jardín, pero mientras avanzábamos, no pude evitar pensar que algo ya había empezado a moverse.
Y que no había vuelta atrás.
El campo de entrenamiento estaba lejos del ala principal del palacio.
Podía escucharse antes de verlo.
El sonido de espadas de práctica chocando, pasos firmes sobre la tierra endurecida, voces elevándose entre órdenes y risas contenidas.
Cuando nos acercamos, mi padre no dijo nada. Solo observó el lugar buscando a mi hermano.
Yo hice lo mismo.
Los niños estaban distribuidos en pequeños grupos, algunos practicando movimientos básicos, otros enfrentándose en duelos controlados. Todo bajo supervisión, pero con la suficiente libertad como para que surgieran roces.
Y, por supuesto, ellos estaban ahí. El trío inseparable.
Y frente a ellos… los gemelos.
No estaban entrenando, estaban hablando o, más precisamente… confrontándose.
Nos detuvimos lo suficientemente lejos como para no ser notados de inmediato.
—Aléjense de ella —escuché decir a Maxime.
Su tono no era elevado, pero sí firme y directo.
Ian estaba a su lado, brazos cruzados, con una expresión que ya no era divertida.
—No sabemos qué pretenden —añadió—, pero no es difícil adivinar.
Evan inclinó apenas la cabeza, como si realmente estuviera considerando la situación.
—¿Y eso les concierne… por qué exactamente?
Su voz era tranquila, casi rozando la provocación.
—Porque sí —respondió Maxime.
Respuesta incorrecta. Lo supe en el instante en que lo dijo.
Eiden soltó una risa breve, sin humor.
—Eso no es una razón.
Alexei habló entonces, más calmado, pero no menos firme.
—Solo queremos claridad.
—¿Claridad? —repitió Evan—. ¿O control?
El silencio se tensó.
—No es un juego —dijo Ian.
—Nunca lo es —respondió Eiden.
El ambiente se volvió más denso, más incómodo.
Y entonces… Kael apareció.
No corrió, no levantó la voz. Pero su presencia fue suficiente para cortar la tensión de forma limpia.
—Están equivocados —dijo.
Todos lo miraron.
—No es algo que puedan decidir ustedes.
Su tono era frío y claro. Sin espacio para interpretaciones.
—No es un objeto —continuó—. Ni algo que puedan pasarse entre ustedes o proteger como si les perteneciera.
El golpe fue directo y visible.
—Si quieren decirle algo, díganselo a ella.
Silencio.
—Y si ustedes tres están interesados en ella de otra manera —añadió, mirando a cada uno—, entonces tengan el valor de hacerlo correctamente.
Eso… eso los descolocó. A todos.
Maxime tensó la mandíbula. Ian desvió la mirada. Alexei se quedó completamente quieto. Incluso los gemelos guardaron silencio por un instante.
—No sabes de lo que hablas —dijo Ian finalmente.
—Sí lo sé —respondió Kael—. Y me atrevería a decir que más que ustedes.
—No es así —replicó Maxime.
—Entonces demuéstrenlo —dijo Kael—. Pero no así.
El ambiente explotó. No en gritos inmediatos, pero sí en tensión acumulada que empezó a salir sin control.
—No es lo que crees…
—Tú tampoco entiendes…
—No estamos…
—Esto no es…
Las voces comenzaron a superponerse. Desordenadas y reales. Los tres buscando una excusa para la situación.
—Kael.
El silencio cayó de golpe. Todos giraron.
Mi padre avanzó unos pasos, con la calma que lo caracterizaba, pero con una presencia imposible de ignorar.
Yo estaba a su lado. Observando y midiendo todo. Recordando cada expresión, cada reacción.
—Te estábamos buscando —dijo él con naturalidad—. Es hora del té.
Nadie respondió de inmediato. Porque todos, absolutamente todos, habían entendido algo. Esto ya no era solo un juego social.
Y yo ya no era solo una espectadora.
Los miré una última vez a todos y luego me giré. Porque había algo que tenía completamente claro.
Ellos recién estaban empezando a reaccionar.
Pero yo… yo ya había tomado mi decisión hace tiempo.
La que la llama es ella del futuro o quien puede ser!?