Valeria muere asesinada por su esposo, Alejandro, un empresario frío y perfecto ante el mundo.
Pero despierta 8 años en el pasado, antes de conocerlo.
Decide cambiar su destino, evitar ese matrimonio…
y vivir una vida tranquila.
Lo que no sabe es que en su vida pasada, ella ignoró a la única persona que realmente intentó amarla.
El hombre que siempre estuvo a su lado…
pero al que nunca miró.
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Capítulo 23: El silencio roto
La respuesta llegó a las tres de la mañana, una notificación que iluminó la oscuridad de la habitación de Valeria como un relámpago en mitad de una tormenta.
Valeria se despertó de golpe, con el corazón martilleándole en las sienes, y agarró el teléfono con manos temblorosas. No era un sueño. Ahí estaba, en la bandeja de entrada de la cuenta secundaria, un remitente que no reconocía, pero cuyo contenido la hizo llorar al instante.
"Asunto: Urgente.
Estoy bien. Físicamente, al menos. Me desperté en un avión privado antes de poder preguntar qué pasaba. Me dijeron que era una oportunidad única, que tú habías renunciado a tu lugar para dármelo, que si regresaba antes de tiempo, la beca se anularía y tú quedarías en una posición 'comprometedora'. Me mintieron, ¿verdad? Sabía que algo olía mal, pero tenía miedo. Tenía miedo de que si no aceptaba, te hicieran daño. Ahora, leyendo tu mensaje, entiendo. No voy a volver todavía. El contrato tiene cláusulas de hierro; si rompo el acuerdo, debo pagar una suma imposible. Pero estoy aquí. Te estoy leyendo. Y guardaré estos correos. Ten cuidado… El número que me dieron no funciona. Este correo es seguro, úsalo solo si es necesario. D."
El alivio fue tan intenso que le provocó náuseas. Daniel estaba vivo. Daniel estaba a salvo. Y, lo más importante, Daniel sabía la verdad. Alejandro había jugado su carta de "benefactor" con la esperanza de eliminarlo definitivamente, pero había subestimado la conexión entre ellos. Había subestimado la inteligencia de Daniel.
Valeria releyó el mensaje una y otra vez, memorizando cada palabra, cada matiz. Daniel había sido obligado, coaccionado con amenazas hacia ella. Eso era evidencia. No de un delito violento, pero sí de manipulación. Era otro hilo en la tela de araña que estaba tejiendo alrededor de Alejandro.
Quizá estaba pensando demasiado, pero conocía a Alejandro, después de todo vivió una vida junto a él, por lo que podría tener la ventaja si realmente se lo proponía.
—¿Qué pasa?
La voz de su madre resonó desde la puerta. Elena se apoyaba en el marco, con los ojos hinchados de sueño, pero alerta ante la reacción de su hija.
—Me escribió —susurró Valeria, levantando la vista—. Daniel me escribió. Está bien. Asustado, pero bien. Y confirmó que lo obligaron a irse.
Elena caminó hacia la cama y se sentó junto a ella, tomando el teléfono para leer el mensaje. Un suspiro largo y tembloroso escapó de sus labios.
—Gracias a Dios. Al menos eso. Al menos sabemos que no está... —no terminó la frase, pero ambas entendieron lo que quería decir.
—Tenemos que guardar esto. Imprimirlo. Hacer copias. Es la prueba de que Alejandro usa la coacción para controlar a la gente.
—¿Va a bastar?
—No sola. Pero combinada con todo lo demás... se suma. Es un patrón, mamá. Un patrón de comportamiento.
Valeria respondió a Daniel con una breve nota de aliento, pidiéndole que mantuviera el perfil bajo y que confiara en ella. Luego, guardó el teléfono y se preparó mentalmente para el día que venía.
El plazo de Alejandro se acortaba. Quedaban tres días. Tres días para encontrar a Sofía, para convencer al periodista, para preparar la ofensiva. El tiempo se sentía como arena resbalando entre sus dedos, pero por primera vez desde que Daniel se fue, sentía que tenía algo sólido a lo que aferrarse.