Nací entre lujos, rodeada de poder, creyendo que el amor sería el único territorio donde nadie podría obligarme.
Me equivoqué.
Mi padre decidió mi destino con una firma.
Mi esposo selló mi condena con su desprecio.
Y yo… yo aprendí demasiado tarde que no todos los cuentos de hadas comienzan con una boda.
y que incluso en jaulas doradas se puede morir lentamente.
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capitulo 10 cena familiar
La cena fue idea de mi suegra por supuesto.
Porque en esta familia, las catástrofes siempre se servían en vajilla fina.
El comedor brillaba con una elegancia casi ofensiva. Cristalería impecable. Cubiertos alineados con precisión quirúrgica. Velas encendidas como si celebráramos algo.
Pero no había nada que celebrar.
Antonio apenas había pronunciado tres palabras en toda la tarde.
Adrián Villavicencio, en cambio, parecía inquietantemente cómodo.
—Renata, querida…
La voz melosa de mi suegra rompió el silencio.
—¿Te gusta el salmón?
—Me gusta lo que no viene acompañado de tensión familiar.
El leve tintinear de una copa fue la única reacción audible.
Antonio me lanzó una mirada asesina.
Adrián… sonrió.
—Debo admitir —dijo él con suavidad divertida— que empiezo a entender por qué esta casa resulta tan… interesante.
Antonio dejó los cubiertos con un golpe seco.
—No estás aquí para analizar nada.
—¿Seguro?
Adrián inclinó la cabeza con calma peligrosa.
—Porque desde que llegué solo veo rostros tensos y silencios incómodos.
Mi suegra carraspeó.
—Adrián…
—Tranquila mama
Él tomó su copa sin perder la serenidad.
—Estoy siendo encantador.
Antonio apretó la mandíbula.
Yo observaba.
Siempre observaba.
—¿Y cuánto tiempo planeas quedarte? —preguntó Antonio con frialdad cortante, su interes en una respuesta concreta solo indicaba lo apresurado que estaba por qué su hermano se marchara.
—El necesario.
—Respuesta diplomática.- dijo Antonio con hastío
—Respuesta honesta.- le dijo Adrián de vuelta con una sonrisa.
Sus miradas chocaron como acero viejos resentimientos.
—La empresa Villavicencio debe estar funcionando perfectamente sin ti —añadió Antonio.
El golpe fue calculado pero Adrián ni siquiera parpadeó.
—Afortunadamente, no necesito vigilar cada respiración de mis ejecutivos.
Silencio peligroso.
—Algo que tú aún estás aprendiendo, hermano.
Hermano, la palabra cayó cargada de electricidad.
Antonio lo fulminó.
—No me llames así.
Adrián alzó una ceja.
—si lo sé, es Biológicamente incómodo, pero técnicamente correcto. Hermano.
Mi suegra intervino con nerviosismo evidente.
—Por favor…
—Relájate, madre.
Su tono fue suave, pero firme.
—Solo estamos compartiendo una cena familiar.
Lo miré curiosa. Porque había algo fascinante en su manera de incomodar sin elevar la voz.
—¿Siempre es así? —preguntó Adrián, mirándome directamente.
Antonio respondió antes que yo.
—Renata no es tema de conversación.
—No la estoy discutiendo.
Sus ojos permanecieron en los míos.
—Le estoy preguntando.
Sostuve su mirada, era calma contra calma.
—Depende del día.- respondí restándole importancia.
—¿Y hoy?
Antonio tensó los hombros, yo sonreí apenas.
—Hoy ha sido particularmente entretenido.
Adrián soltó una risa baja pero genuina.
—Me alegra saber que no soy el único que lo percibe.
Antonio dejó la copa sobre la mesa con brusquedad.
—Basta.
El silencio cayó de inmediato.
—No conviertas esto en un espectáculo.
Adrián lo observó con una tranquilidad casi irritante.
—Antonio…
—El espectáculo empezó mucho antes de que yo llegara.
El aire se volvió irrespirable.
—Disculpen.
Me levanté con elegancia estudiada.
—Necesito aire.
Antonio ni siquiera intentó detenerme, Pero Adrián sí reaccionó, solo que no dijo nada.
me siguió con la mirada, en silencio.
El jardín nocturno ofrecía una calma que la casa jamás podría darme, por eso cuando me sentía agobiada, era ahí a dónde corría a refugiarme.
Respiré hondo.
Una vez, dos veces.
Hasta que escuché pasos detrás de mí.
—¿Siempre escapas así?
Su voz era grave Pero suave y demasiado cercana.
—Solo cuando la cena amenaza con convertirse en una guerra civil.
Adrián se colocó a mi lado. No demasiado cerca, no demasiado lejos.
—Debo advertirte algo, Renata.
—¿Debería preocuparme?- respondí restándole importancia
—Mucho.
Giré hacia él.
—Te estás acostumbrando demasiado rápido a esta familia.
Sonreí apenas.
—Yo no me acostumbro Adrián.
—Yo me adapto.
Sus ojos brillaron con interés genuino.
—Ahora entiendo por qué Antonio está tan tenso.
—Antonio vive tenso- le dije con toda la sinvergüenza
—No así.
Su mirada se detuvo en mi rostro con una intensidad inquietante.
—Contigo hay algo distinto.
El silencio vibró entre nosotros.
—¿Siempre analizas a las esposas de tu hermano?
—Solo a las que parecen mucho más peligrosas de lo que aparentan.
Una leve risa escapó de mis labios.
—Te equivocas.
Adrián inclinó la cabeza.
—¿Sí?
—No aparento ser peligrosa.
Nuestros ojos se encontraron.
—Lo soy.
o por lo menos lo comencé a ser desde que entendí que jamás iba a ser aceptada.
Se le dibujo una pequeña sonrisa en los labios
—Eso…
murmuró
—lo hace mucho más interesante aún.
Desde la ventana del comedor…
Antonio nos observaba, pude vislumbrar la sombra, pude sentir su mirada hostil y lo supe
Algo acababa de cambiar, y nada bueno vendría.