Elena e Isabella son dos gemelas separadas al nacer por la ambición y la maldad. Mientras Elena crece en la pobreza, entregando su vida al trabajo para costear el costoso tratamiento médico de su madre, Isabella vive en una jaula de oro, obligada por su poderosa familia a casarse con Alexander Volkov. Él es un heredero implacable, un CEO cuya frialdad y falta de sentimientos son leyenda en el mundo de los negocios. Un encuentro inesperado pondrá a prueba sus destinos cuando Elena deba ocupar el lugar de su hermana en un juego de identidades peligroso. ¿Serán capaces de salir de este enredo? ¿El CEO será tan implacable como dicen?
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Capítulo II El destino de los herederos
Me encontraba en mi gran jaula de oro, siendo sermoneada una vez más.
—Es hora de que asumas responsabilidades, Isabella —sentenció mi padre, Armando Castillo, con una furia contenida—. Todos los días estás inmiscuida en un nuevo escándalo y no lo vamos a permitir más.
Pensé que era otra de sus rabietas y que al día siguiente se le pasaría, pero estaba muy equivocada. Al caer la noche, fui citada a una nueva reunión, esta vez en la frialdad de su oficina.
—En vista de que no acatas normas y que nuestra familia atraviesa una situación económica grave, es hora de que asumas tu deber como única heredera. Vamos a unir nuestro apellido con el de los Volkov.
Me quedé de piedra. Lo que más me dolía era el silencio de mi madre; permanecía allí, como una estatua, mientras su esposo planeaba arruinar mi vida.
—Siento mucho que no hayas hecho buenos negocios y que el apellido Castillo esté en declive, pero no es mi responsabilidad —respondí con altanería—. Olvida esa locura de querer casarme con el imbécil de Alexander Volkov.
No terminé de hablar cuando un ardor insoportable quemó mi mejilla. Era la primera vez que mi padre perdía la paciencia conmigo de esa forma. El golpe me dejó aturdida.
—Harás lo que yo diga, no está a discusión. Se acabó la vida libertina que llevas —rugió él.
—¡Olvídalo! Soy libre de hacer mi vida como me dé la gana y nadie me obligará —grité, intentando recuperar mi dignidad.
Armando me sujetó de la muñeca con tanta fuerza que sentí que mis huesos crujirían.
—No estoy jugando. En una semana Alexander regresará al país y te comprometerás con él. Si te niegas... —se acercó a mi oído con una sonrisa cruel—, haré desaparecer a ese idiota que tienes como novio.
Me soltó con tanta brusquedad que casi caí al suelo. Mi vida ahora dependía de un milagro. No podía permitir que Armando lastimara a Felipe; él no tenía la culpa de nada y su carrera apenas estaba empezando.
Salí de aquella oficina con un nudo en el estómago. No quería estar cerca de un ser tan ruin como Alexander, pero tampoco podía arruinar la vida del hombre que amaba. Debía encontrar una solución, y la necesitaba ahora.
Punto de vista de Alexander
Hace unos días que regresé al país y he mantenido mi llegada bajo un perfil absoluto. Nadie sabe que estoy aquí, especialmente mi abuelo, quien ha estado insistiendo de forma maníaca con el tema del matrimonio y un heredero. Él piensa que las cosas son así de sencillas, como firmar un contrato más. Además, su última obsesión es que me una a los Castillo, una familia cuya única hija es un dolor de cabeza constante. Conozco a Isabella desde hace años; su reputación la precede: una mujer libertina que ha pasado por los brazos de medio círculo social.
Aún no comprendo por qué el viejo se empeña en vincularme con alguien así. No voy a negar que es bellísima; tiene esos ojos azules que parecen hipnotizar y un cuerpo de diosa, pero su comportamiento es simplemente deplorable. Se rumorea que anda con un pelele, un vividor que solo la usa para escalar posiciones mientras ella impulsa su carrera a base de influencias. Patético.
El sonido de mi celular interrumpió mis pensamientos. Al ver el nombre de mi abuelo en la pantalla, una mueca de molestia se dibujó en mi rostro.
—Dime —respondí con frialdad.
—¿Acaso pensaste que no me enteraría de que ya estás en el país? —su voz tronó al otro lado de la línea—. Vendrás a la mansión. Se acabó eso de vivir como te da la gana.
—Lo siento, abuelo, pero si no avisé es porque necesito descansar. Te visitaré en tres días.
—No será necesario. Estoy afuera de tu apartamento, esperando que abras la puerta.
Miré hacia la entrada, sorprendido. El viejo nunca hacía estas cosas; su presencia allí significaba que esto no era una simple sugerencia, sino una emboscada. Con un suspiro de fastidio, caminé hacia la puerta y la abrí.
Ahí estaba él, Dimitri Volkov, sosteniendo su bastón de plata con una autoridad que los años no habían logrado mermar. Entró sin esperar invitación y se plantó en medio de la sala.
—Te lo diré una sola vez, Alexander —soltó sin preámbulos, clavando sus ojos de acero en los míos—. La alianza con los Castillo es vital para nuestros próximos movimientos en el sector energético. Pero más allá de los negocios, necesito orden en esta familia.
—¿Orden? —solté una carcajada amarga—. Me pides que me case con una mujer que es la comidilla de todas las revistas de chismes. No voy a ponerle mi apellido a Isabella Castillo.
El abuelo golpeó el suelo con su bastón, un sonido seco que resonó en todo el lugar. Su expresión se volvió gélida.
—Escúchame bien, muchacho arrogante. He construido este imperio con sangre y sudor, y no dejaré que se desmorone porque te crees demasiado digno para cumplir con tu deber —se acercó a mí, reduciendo la distancia hasta que pude sentir la presión de su advertencia—. Tienes una semana para comprometerte oficialmente con ella. Si el próximo lunes no hay un anillo en el dedo de esa chica y un contrato firmado, te quitaré todo.
Lo miré con incredulidad, pero él no parpadeó.
—Las cuentas en el extranjero, la presidencia de mis empresas, las propiedades en Europa... todo pasará a manos de la fundación benéfica de tu primo —sentenció con una sonrisa cruel—. Te quedarás con lo que llevas puesto, Alexander. Tú decides si prefieres tu orgullo o el imperio Volkov.
Dimitri se dio la vuelta y salió del apartamento con la misma elegancia con la que entró, dejándome sumido en un silencio sepulcral. Estaba acorralado. Mi abuelo no bromeaba; era capaz de dejarme en la calle con tal de ver cumplida su voluntad.
Tenía una semana para domar a la rebelde Isabella Castillo o despedirme de todo por lo que había trabajado.
ojalá no bajen la Guardia