Ella es de la Dea se infiltra en la mafia para buscar un arma química llamada Error 44 Pero nada será tan fácil, la corrupción la mafia y el jefe mafioso obsesionado con ella
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Capitulo 18
Los seis días habían sido un infierno.
Sloan no dormía. No comía. No atendía negocios. No recibía a nadie. Se había convertido en un animal enjaulado, una bestia que rugía y golpeaba y destrozaba todo lo que encontraba a su paso.
Los hombres de la organización lo evitaban. Caminaban por los pasillos en puntas de pie, hablaban en susurros, se escondían cuando lo veían venir. Nadie quería cruzarse con él. Nadie quería ser el siguiente.
Porque Sloan golpeaba. Sin motivo. Sin advertencia. Al primero que se le cruzaba.
Un hombre había terminado en el hospital con la mandíbula rota solo por mirarlo mal. Otro había perdido tres dientes por llegar tarde con un informe. Vargas llevaba un ojo morado que no se atrevía a preguntar cómo se había hecho.
—¿En dónde está? —gritaba Sloan cada mañana, cada tarde, cada noche—. ¿En dónde carajo está?
Y la respuesta siempre era la misma.
Ningún rastro de Cielo.
Las cámaras de la ciudad la habían captado esa noche, corriendo por las calles con la ropa rota y ensangrentada, pero luego... nada. Como si la tierra se la hubiera tragado. Como si nunca hubiera existido.
Los hombres de Sloan revisaron hospitales, clínicas, casas de seguridad, hoteles de mala muerte, departamentos de lujo. Nada. Ni una pista. Ni una sombra.
Sloan estaba al borde del colapso cuando la puerta de su oficina se abrió sin que llamaran.
Él levantó la cabeza con los ojos inyectados en sangre, listo para destrozar a quien fuera.
Era Ciro.
Ciro era el mejor sicario de la organización. No el más fuerte, no el más grande, pero sí el más inteligente. El que encontraba lo que nadie podía encontrar. El que mataba cuando nadie se atrevía.
Ciro entró con paso tranquilo, con esa calma que ponía nerviosos a todos. Llevaba una carpeta bajo el brazo y una expresión que prometía respuestas.
—Le tengo noticias, jefe —dijo, deteniéndose frente al escritorio.
Sloan lo miró con desconfianza. No estaba de humor para juegos.
—Habla —respondió, y su voz sonó como grava—. No estoy de humor.
Ciro asintió. No se inmutó por el tono. Él era de los pocos que podían hablarle así a Sloan sin temer por su vida.
—Cielo no existe —dijo.
El silencio se hizo pesado. Sloan parpadeó. Una vez. Dos veces. Como si las palabras no terminaran de entrar en su cabeza.
—¿A qué te refieres con que no existe? —preguntó, y su voz subió de tono—. ¿Acaso es un alma en pena, imbécil?
Ciro no sonrió. No se rió. Solo extendió la carpeta sobre el escritorio.
—No —respondió con calma—. Cielo es su identidad falsa. Ella se llama Renata.
Sloan miró la carpeta. Luego a Ciro. Luego a la carpeta otra vez.
Sus manos temblaban cuando la abrió.
Dentro había fotografías. Documentos. Informes. Una vida entera resumida en papeles.
Una mujer en diferentes épocas. Una mujer con el cabello suelto, con el cabello recogido, con gafas de sol, con uniforme de camarera, con ropa de calle. Una mujer que miraba a la cámara sin saber que alguien la estaba fotografiando.
Renata.
No Cielo. No la secretaria insolente. No la mujer que lo había mirado con fastidio y lo había tirado al suelo.
Renata. Una mujer con un pasado que nadie conocía.
—¿Quién es ella realmente? —preguntó Sloan, la voz ronca, los ojos fijos en las fotos—. ¿Una fugitiva? ¿Una estafadora? ¿Qué esconde?
—Eso aún no lo sé —admitió Ciro—. Pero conseguí su nombre real. Y su rastro. Antes de ser Cielo, vivió en tres ciudades diferentes con tres identidades distintas. Siempre sola. Siempre desapareciendo justo antes de que alguien pudiera atraparla.
Sloan levantó la mirada. Sus ojos se encontraron con los de Ciro. Y por primera vez en seis días, no había furia en ellos.
Había algo peor.
Curiosidad. Obsesión. Fascinación.
—¿Dónde está ahora? —preguntó.
—Eso es lo que no he podido encontrar —respondió Ciro, encogiendo un hombro—. Es buena. Muy buena. Borró su rastro como si nunca hubiera existido. no sé para quien trabaje pero hacen bien su trabajo borran todos sus datos son profesionales
Sloan cerró la carpeta. La apoyó sobre el escritorio. Pasó los dedos por la cubierta como si acariciara su piel.
—Bien hecho —dijo finalmente—. Ahora vete. Y sigue buscando. Quiero saber quién es ella. Quiero saber de dónde viene. Quiero saberlo todo.
Ciro asintió. Dio media vuelta. Llegó a la puerta.
—Ciro —lo detuvo Sloan.
—¿Jefe?
—No le digas a nadie. Nadie, ¿entendido? Esto queda entre nosotros.
Ciro asintió otra vez. Salió. Cerró la puerta.
Sloan se quedó solo.
Volvió a abrir la carpeta. Sacó una foto. La mejor de todas: Renata mirando directamente a la cámara, con una media sonrisa que él conocía bien. Era la misma sonrisa con la que ella lo miraba cuando le decía que era un pervertido.
—Mentirosa —susurró, y la palabra sabía a miel y veneno—. Maldita mentirosa.
Pero sus dedos seguían acariciando la fotografía. Sus ojos seguían recorriendo su rostro. Su corazón seguía latiendo por ella.
Cielo era una mentira.
Pero Renata... Renata era real.
Y ahora tenía su nombre.
Ahora tenía un punto de partida.
Sloan guardó la foto en el bolsillo de su chaqueta, cerca del corazón. Salió de la oficina con paso firme.
—Vargas —dijo al encontrar a su lugarteniente en el pasillo—. Prepárame un coche. Voy a salir.
—¿Adónde, jefe?
Sloan sonrió. Era una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—A pensar. A buscar. A esperar.
Porque ahora lo sabía. Ahora sabía que la mujer que lo volvía loco se llamaba Renata.
Y cuando la encontrara —porque iba a encontrarla—, no habría mentira que pudiera salvarla.
Ni identidad falsa que pudiera esconderla.
Renata.
Suya.
Siempre suya.