Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?
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un día más
Mientras tanto, Carlos recibía el cuerpo de aquel Omega.
Llegó en una bolsa negra, como todos. Los forenses lo dejaron en la plancha y se fueron sin hacer preguntas. Sin mirarlo a los ojos. Para ellos era uno más. Para Carlos, nunca.
Carlos sin más, pone manos a la obra.
Abre la bolsa con cuidado. El cuerpo está desnudo, frío, con la piel grisácea. Las marcas de alambre en las muñecas y los tobillos son profundas, como si el alambre hubiera querido fundirse con el hueso. Los dedos de las manos y los pies... no están.
Carlos respira hondo. Exhala lento.
—Hola, querido —dice, mientras se pone los guantes—. Cómo estás.
Su voz es baja, apenas un susurro. No hay nadie más en la sala. Solo él y el chico. Un chico de dieciocho años, según el informe. Un Omega. Solo.
—Aquí estás seguro —continúa, mientras prepara los instrumentos—. Ya nadie te hará daño. Puedes confiar en mí.
Empieza a limpiar el cuerpo. Agua tibia. Jabón neutro. La esponja desliza sobre la piel como una caricia.
—Dejaré tu cuerpo listo para que puedas irte a descansar —dice, mientras trabaja—. No te lleves ninguna atadura o rencor. Eso no te hace bien.
Carlos siempre tenía este tipo de charlas con los cuerpos que llegaban en ese estado. Violentos. Rotos. Asesinados. Nunca con música. Solo el silencio y su voz. Con el mayor respeto. Poniendo su mayor dedicación a esos casos.
Porque siempre se veía en ellos.
Un Omega joven, solo, a merced de alguien más fuerte. Un Omega que quizás pidió ayuda y nadie lo escuchó. Un Omega que quizás pensó "esto no me puede estar pasando a mí".
Carlos cree que, sin la ayuda del señor Bernardo, él podría haber terminado en el mismo estado.
No en una plancha de funeraria, quizás. Pero sí en una zanja. En un contenedor. En una silla, sin manos ni pies.
Termina el trabajo. Las costuras quedan limpias. El maquillaje cubre lo peor. El chico, ahora, parece estar durmiendo. Carlos le acomoda las manos sobre el pecho, aunque no tiene dedos, y le cierra los párpados con cuidado.
—Ya está —susurra—. Descansa en paz.
Se quita los guantes. Los tira a la bolsa de biopeligros. Lava sus manos con agua y jabón, tres veces, como siempre.
Luego, en su pequeña oficina, realiza el informe. Letra clara. Datos precisos. Nada de emociones. El papel no entiende de charlas susurradas.
—Gabriel —llama, saliendo de la oficina—. Esto es para cuando vengan a recoger el informe. Entrégalo en mano. Nada de dejarlo en recepción.
—Sí, jefe —responde el muchacho, tomando el sobre.
El resto de su día estuvo atendiendo familias. Una señora mayor que perdió a su esposo de un infarto. Una madre joven cuyo bebé nació muerto. Un hombre que lloraba en silencio mientras elegía el ataúd más barato porque no le alcanzaba para más.
Carlos puso su ya mencionada cara de póker. La misma que usaba para los vivos. La que no dejaba ver que, por dentro, estaba cansado. Vacío. O quizás lleno de cosas que no sabía nombrar.
Cuando el último cliente se fue, miró el reloj.
Las 8:47 de la noche.
—Gabriel —dijo—. Vete a casa. Yo cierro.
—¿Seguro, jefe?
—Seguro.
Gabriel asintió, cogió su mochila y se fue. La puerta trasera sonó al cerrarse.
Carlos se quedó solo en la funeraria.
Apagó las luces de la sala de exhibición. Dejó solo el pasillo y la recepción. Fue a la oficina, cerró la puerta y se sentó.
No hizo nada. Solo miró la pared.
En la otra sala, en la plancha de acero, el chico sin manos ni pies esperaba su ataúd. Esperaba su entierro. Esperaba que alguien lo llorara.
Carlos cerró los ojos.
—Ojalá pudiera hacer más —susurró—. Ojalá pudiera salvarlos antes de que lleguen aquí.
Pero no podía.
Solo podía despedirlos.
Y a veces, eso no era suficiente.
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Dario mira la hora. Ya es muy tarde.
—Maldición —murmura, apoyando la frente en el volante—. Dijo que no fuera tan tarde sin invitación. No quiero hacerlo enojar. Creo que es mejor ir mañana por el informe.
Darío prefiere ir a casa.
La camioneta arranca. Las calles están vacías a esta hora. Solo algún que otro taxi y los semáforos parpadeando en amarillo. La ciudad duerme. O finge dormir.
Mientras conduce, el teléfono vibra en el asiento del copiloto.
Mensaje de: Cristiana
Darío frunce el ceño.
—¿Por qué me anda escribiendo? —se pregunta en voz alta—. Debo hablar con ella. Porque sigue diciendo que aún estamos juntos.
Frena en un semáforo en rojo. Toma el teléfono. Lee el mensaje: "Te extraño, amor. ¿Cuándo nos vemos?"
Respira hondo.
Decide marcarle y acabar esto definitivamente.
Al segundo tono de la llamada, es contestada. Del otro lado, una voz melosa responde:
—Mi amor, ¿cómo estás? ¿Por qué me tienes tan abandonada?
—Basta, Cristiana —corta Darío, con la voz más dura de lo que pretendía—. Te he llamado para que te quede claro de una maldita vez que tú y yo hemos terminado. Deja de andar diciendo que aún estamos juntos. Maldita sea, no me has estado engañando con uno, sino con varios Omegas. Mi madre te ama y por eso era que se había acordado nuestro compromiso, pero si sigues insistiendo, le mostraré a todos las pruebas. ¿Entendido?
Silencio del otro lado.
Darío aprieta el volante. El semáforo ya está en verde, pero no avanza. Un taxi le pita detrás. Levanta la mano en señal de disculpa y acelera.
Cristiana, al otro lado de la línea, cambia su tono. La dulzura se esfuma. Aparece algo más frío. Más real.
—Ash, Darío —dice, como si le diera pereza todo—. Sabes que hacía esta mierda por presión de mis padres. Ellos son los que insisten para que nos reconciliemos. Pero ya, desaesé esa maricada así. Les dejaré claro todo. No volverás a saber de mí.
Pausa.
—Adiós —escupe— y coma mierda.
Click.
La llamada se corta.
Darío baja el teléfono y lo deja en el asiento. Siente algo raro. No es tristeza. No es alivio. Es como si hubiera estornudado después de mucho tiempo. Una molestia que se va.
—Bueno —se dice a sí mismo, encogiéndose de hombros—. Un problema menos.
Llega a su edificio. Estaciona. Sube en el ascensor escuchando el eco de sus propios pasos.
Entra al apartamento. Vacío. Oscuro. Prende la luz de la sala y se deja caer en el sofá sin quitarse los zapatos.
Saca el teléfono otra vez.
Revisa sus mensajes.
Ninguno de Carlos. Obviamente. Ni siquiera tiene su número.
Pero algo le dice que lo va a conseguir.
—Mañana —murmura, cerrando los ojos—. Mañana voy a la funeraria.
Y por primera vez en todo el día, sonríe.