La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo.
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Capítulo 18
El amanecer sobre los campos de Solis no traía consigo la calidez de la esperanza, sino el brillo frío y metálico de una guerra inminente. Helios cabalgaba hacia el norte de la capital, sintiendo cada músculo de su cuerpo protestar por el esfuerzo de la noche anterior. Las marcas de las uñas de Mirea en su espalda eran un recordatorio ardiente de su pacto, un fuego que competía con el sol naciente que empezaba a calentar su armadura.
A su lado, Caius mantenía un silencio vigilante. El viejo soldado conocía a Helios lo suficiente como para no preguntar por qué el príncipe había salido de sus aposentos con la mirada de un hombre que acababa de firmar su sentencia de muerte y, al mismo tiempo, su salvación.
—El Pabellón de Hierro está a una legua, mi señor —dijo Caius finalmente, señalando una estructura fortificada que se alzaba sobre una colina calva—. Los gobernadores de las tres provincias exteriores ya están allí. Malakor de la Cuenca del Plomo ha traído a cincuenta jinetes. Es más de lo que acordamos para una "reunión de paz".
Helios apretó las riendas.
—Malakor nunca confía en nadie que no tenga una soga alrededor del cuello. Quiere ver si el sol de los Voran todavía quema o si solo es un rescoldo que se apaga.
El Pabellón de Hierro era un lugar desolado, construido originalmente como un puesto de avanzada para vigilar las minas de plomo y plata. El aire aquí era pesado, con un regusto mineral que se pegaba a la garganta. Al entrar en el recinto, Helios fue recibido por el sonido de las armaduras chocando y los ojos desconfiados de los soldados provinciales.
En el centro de la sala principal, rodeados de mapas y jarras de vino barato, esperaban tres figuras clave: la Dama Elara de los campos de grano, el anciano Lord Aris del Sur y el imponente Gobernador Malakor, un hombre cuyo rostro parecía tallado en la misma roca que sus minas.
—Príncipe Helios —tronó Malakor, sin levantarse de su asiento—. Casi pensamos que habías decidido quedarte en la capital para disfrutar de las... atenciones de la Dama del Huso. Los rumores vuelan rápido, incluso hasta las fronteras.
Helios caminó hacia la mesa, ignorando el insulto implícito. Se quitó los guanteletes y los dejó sobre el mapa con un golpe seco.
—Los rumores son para los campesinos y los cortesanos aburridos, Malakor. Yo estoy aquí por algo más pesado que las palabras. Estoy aquí por el plomo.
La Dama Elara, una mujer de mirada afilada y manos callosas, intervino:
—Valerius nos ha prometido una reducción de impuestos si le entregamos tu cabeza, Helios. Dice que eres un herético, un hombre que busca despertar una magia que debería haber quedado enterrada con tu padre.
—Valerius os ofrece migajas de una mesa que se está derrumbando —respondió Helios, inclinándose sobre la mesa—. Yo os ofrezco la propiedad total de vuestras tierras. Sin tributos al palacio por cinco años. Autonomía judicial. Y el fin del reclutamiento forzoso de vuestros hijos para una guardia que solo protege los muros de la Ciudadela.
Un silencio tenso se apoderó de la sala. Lord Aris carraspeó, sus ojos nublados por la edad pero aún astutos.
—Eso suena a un reino desmembrado, muchacho. ¿Qué clase de rey serías si nos das todo lo que pedimos?
—Un rey que prefiere aliados fuertes a vasallos hambrientos —sentenció Helios—. Solis no necesita un tirano que lo controle todo, necesita un sol que permita que todo crezca. Pero para eso, necesito vuestra firma. No en pergamino.
Helios sacó de su capa tres lingotes pequeños de plomo puro. Con un gesto de su mano, el calor empezó a emanar de su piel. El aire a su alrededor comenzó a ondular y los presentes retrocedieron ante el brillo dorado que emanaba de sus ojos. Los lingotes empezaron a ablandarse, derritiéndose bajo el puro poder de su voluntad solar hasta convertirse en placas delgadas y maleables.
—Firmaréis con vuestra sangre sobre el plomo fundido —dijo Helios, su voz resonando con una autoridad que no era humana—. Un contrato de plomo es eterno. El plomo es denso, es tóxico para los traidores y es lo único que sobrevive al fuego más ardiente. Si rompéis este pacto, el metal en vuestras manos os envenenará desde dentro.
Malakor soltó una carcajada ronca, aunque sus ojos mostraban un rastro de temor.
—Magia de sangre y sol. Realmente eres el hijo de tu padre.
—Soy mucho peor —susurró Helios—. Mi padre creía en la justicia. Yo solo creo en la victoria.
Uno a uno, los gobernadores se acercaron. Elara fue la primera, cortándose la palma con una daga de plata y dejando caer tres gotas sobre la placa de plomo aún caliente. Aris la siguió con manos temblorosas. Cuando llegó el turno de Malakor, el hombre dudó.
—¿Y qué nos garantiza que tú no nos traicionarás, Príncipe? —preguntó Malakor, su mano descansando sobre el pomo de su espada.
—Mi vida —respondió Helios—. Si no recupero el trono en treinta días, estos contratos se disolverán y seréis libres de vender mis restos a Valerius.