En una era de antiguos reinos y secretos ancestrales, Astrid D'Avalon, heredera de un linaje con profundos lazos con lo místico, se encuentra en el umbral de un destino marcado por la reencarnación. Tras una muerte injusta, su alma renace en un mundo donde las sombras danzan y los demonios tejen intrigas. Decidida a reescribir su final y el de quienes la rodean, Astrid busca una vida alejada de las complicaciones que una vez la atraparon.
Sin embargo, el destino tiene otros planes. Su camino se cruza con el enigmático Mason Dryad, un ser con un poder formidable y un pasado envuelto en misterio
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Capítulo 15
En las llanuras volcánicas, una raza de guerreros imponentes, los Giff, forjaban armas de fuego y dominaban el arte de la pólvora.
El cambio de ambiente fue tan drástico que Astrid sintió como si sus pulmones se marchitaran. Atrás habían quedado las húmedas y melódicas profundidades de la Laguna de los Ecos; ahora, el horizonte estaba dominado por un cielo de color ceniza, surcado por relámpagos rojizos que nunca llegaban a tocar tierra. El suelo bajo sus pies era una costra de basalto negro, agrietada por ríos de lava que fluían con la parsimonia de la sangre espesa de la tierra.
—Bienvenidos a las Forjas del Calvario —dijo Ronan, ajustándose las correas de su armadura, que ya empezaba a irradiar calor—. Aquí la magia no se canta ni se susurra; se golpea hasta que obedece.
Frente a ellos se alzaba una estructura que desafiaba la gravedad: una fortaleza construida dentro de un volcán inactivo, cuyas murallas estaban reforzadas con placas de hierro al rojo vivo y custodiadas por figuras colosales. Eran los Giff. Criaturas de una estatura imponente, con rostros que recordaban a hipopótamos nobles y guerreros, cubiertos de cicatrices de guerra y hollín. Vestían uniformes militares de un estilo antiguo pero impecable, cargados de medallas y correajes llenos de frascos de pólvora y mosquetes de cañones grabados con runas.
—No parecen muy amigables —susurró Astrid, limpiándose el sudor de la frente. El calor era tan intenso que el cristal de los gnomos que llevaba en su túnica emitía un pulso fresco, tratando de protegerla.
—No lo son —respondió Mason. Su rostro estaba tenso. Como criatura de sombras, el fuego elemental de este lugar era una tortura para sus sentidos—. Los Giff solo respetan dos cosas: la disciplina militar y la potencia de fuego. Para ellos, nosotros somos solo civiles cruzando un campo de tiro.
A medida que se acercaban a las puertas de hierro, una docena de Giff apuntaron sus pesados mosquetes hacia ellos. El sonido de los percutores armándose fue como una serie de disparos secos.
—¡Identificaos! —rugió uno de los guardias, cuya voz sonaba como el choque de rocas volcánicas—. ¡Nadie cruza el umbral de Bram sin una orden de movilización!
Ronan dio un paso al frente, desenvainando su espada y clavándola en la tierra caliente, un gesto de saludo militar entre guerreros de antaño.
—Soy Ronan, último de la Orden de la Luz. Traigo a la Mística y al Portador de Sombras. Venimos por el hierro que puede matar a un dios.
Los guardias intercambiaron miradas escépticas, pero al ver a Astrid y el aura que emanaba de ella, bajaron lentamente sus armas. Las puertas se abrieron con un chirrido metálico que resonó en todo el valle.
El interior de la fortaleza era un caos organizado de industria y guerra. El aire estaba saturado de humo de pólvora y el sonido rítmico de cientos de martillos golpeando yunques. En el centro de la gran sala de armas, sentado sobre un cañón de dimensiones absurdas, estaba Bram, el líder de los Giff. Era más grande que los demás, con un parche en el ojo y un uniforme lleno de condecoraciones que brillaban bajo la luz de la lava.
—Así que esta es la niña que tiene a Balin muerto de miedo —dijo Bram, saltando de su asiento con una agilidad sorprendente para su tamaño. Se acercó a Astrid, inhalando el aire a su alrededor—. Hueles a nieve, a sal de mar y a... algo muy viejo. Algo que no debería haber despertado.
—Necesitamos armas, Bram —dijo Mason, interponiéndose entre el líder Giff y Astrid. Sus ojos ámbar brillaban con una advertencia clara—. Balin está reuniendo a los Gnolls. Si las armas de hierro frío y pólvora rúnica no están en nuestras manos para cuando los sellos se rompan, vuestras forjas serán lo primero que él apagará.
Bram soltó una carcajada que hizo vibrar las estanterías de armas.
—¿Amenazas, demonio? Me gustan los tipos con agallas, pero el hierro de los Giff no se regala. Cada bala que fundimos lleva una gota de nuestra sangre. Cada cañón es un sacrificio a la Gran Explosión. No puedo daros lo que pedís solo porque el fin del mundo esté cerca. Mis hombres necesitan saber que no estamos armando a cobardes.
—He cruzado el desierto y las montañas —dijo Astrid, dando un paso al frente, apartando suavemente a Mason—. He muerto y he vuelto a la vida. No soy una cobarde.
Bram la miró con su único ojo, una chispa de respeto asomando en su mirada.
—Palabras valientes, princesa. Pero en la Fortaleza de los Giff, el valor se demuestra con acero, no con discursos. —Se giró hacia sus hombres y señaló una arena circular en el centro de la forja, rodeada por pozos de lava—. Si queréis nuestras armas y nuestra pólvora, debéis superar la Prueba del Hierro. Una batalla de tres contra tres. Si vencéis a mis mejores capitanes, forjaré para vosotros las armas que pueden perforar la armadura de Balin. Si perdéis... os quedaréis aquí como esclavos de las minas por el resto de vuestras cortas vidas.
—Aceptamos —dijo Ronan sin dudarlo, mirando a Mason y a Faelan.
—Yo también pelearé —dijo Astrid con firmeza.
Mason la miró, su rostro era una máscara de preocupación contenida. —Astrid, no. Esto no es un duelo de magia. Estos tipos son brutos profesionales.
—Tengo el cristal, Mason —respondió ella, tocando el objeto en su pecho—. Y tengo la conexión. Dijiste que debía aceptar las victorias con su precio. Mi precio es dejar de ser protegida y empezar a pelear.
La batalla comenzó bajo un calor asfixiante. Los capitanes Giff eran expertos en el combate cuerpo a cuerpo y en el uso de explosivos tácticos. Ronan se enfrentó al primero, un gigante que manejaba un martillo de guerra propulsado por vapor. Mason, moviéndose como un rayo de oscuridad, se encargó del segundo, evitando disparos de metralla que destrozaban el suelo a su paso.
Astrid se encontró frente al tercer capitán, una hembra Giff llamada Hestia, que empuñaba dos sables cortos y llevaba cinturones llenos de granadas de humo.
—No te rompas demasiado pronto, pequeña —gruñó Hestia, lanzándose al ataque.
Astrid no tenía la fuerza física de su oponente, pero tenía algo que los Giff no podían comprender: la premonición de sus vidas pasadas. Cada vez que Hestia lanzaba un tajo, Astrid sentía un eco en su mente, una memoria de un combate similar hace siglos. Se movía con una gracia sobrenatural, esquivando por milímetros.
—¡Usa el cristal, Astrid! —gritó Mason, mientras bloqueaba un golpe de martillo que casi le rompe las costillas.
Astrid cerró los ojos y se concentró en el vínculo con Mason. Sintió su fuerza, su rabia y su desesperación. El cristal en su pecho estalló en una luz blanca que se fundió con el calor de la forja. De repente, Astrid no solo esquivaba; estaba canalizando la energía térmica del lugar. Extendió sus manos y una ráfaga de fuego azulado, purificado por su voluntad, golpeó el escudo de Hestia, lanzándola hacia atrás.
Ronan y Mason terminaron sus combates casi al mismo tiempo. El guerrero exiliado había desarmado a su oponente con una maniobra de pura técnica militar, mientras que Mason había envuelto al suyo en una prisión de sombras que apagó el calor de sus armas.
Bram observó el silencio que siguió, el jadeo de los combatientes y el vapor que subía de la arena. Lentamente, comenzó a aplaudir.
—Disciplina, poder y una conexión que hace que mis propios hornos parezcan cerillas —dijo Bram, bajando de su pedestal—. Habéis pasado la prueba. Ningún esclavo pelea con esa sincronización.
Bram se acercó a Astrid y puso una mano pesada sobre su hombro.
—Forjaré las armas, mística. Y no solo eso. Mis mejores artilleros marcharán con vosotros cuando llegue el momento. Balin cree que la sombra es absoluta, pero nunca se ha enfrentado a un Giff con una cuenta pendiente y suficiente pólvora.
Astrid se dejó caer al suelo, agotada, mientras Mason se arrodillaba a su lado. Él no dijo nada, pero tomó su mano y la apretó con una fuerza que decía más que cualquier palabra de consuelo. Habían ganado el acero, pero el calor de la forja le había recordado a Astrid que la guerra que se avecinaba sería un incendio que podría consumirlos a todos.
El líder de los Giff, Bram, accedió a forjar las armas que necesitaban, pero solo si demostraban su valía en una prueba de combate.