Elena nunca imaginó que su libertad tendría un precio tan alto. Con su madre al borde de la muerte y las deudas asfixiándola, se ve obligada a aceptar la propuesta del hombre más poderoso y enigmático de la ciudad: Ernesto Blackwood.
El trato es sencillo: un año de matrimonio falso, una firma en un papel y ninguna pregunta. Ernesto necesita una esposa para cumplir con un legado familiar, y Elena necesita el dinero para salvar lo único que ama. Sin embargo, tras las puertas de la imponente mansión Blackwood, ella descubrirá que Ernesto es un hombre de secretos oscuros y una presencia letal.
Ahora, Elena se enfrenta a un desafío que no estaba en el contrato: sobrevivir a la intensidad de un hombre que no acepta un "no" por respuesta. En este juego de poder, ella aprenderá que no hay nada más letal que el peligro de amarlo.
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El asedio de la noche
La tregua que habíamos firmado entre besos y confesiones en la biblioteca duró apenas unas horas. El sol se ocultó tras los picos de la montaña, dejando una oscuridad tan densa que las luces de la casa parecían pequeñas antorchas en medio del abismo. Cenamos en un silencio diferente; ya no era un silencio de guerra, sino de una extraña e incómoda expectación.
—Mañana volveremos a la ciudad —dijo Ernesto, rompiendo la quietud mientras observaba el bosque a través del cristal—. Tengo que asegurar que Rossi no intente otro movimiento desesperado. Ahora que sabes la verdad, Elena, necesito que estés de mi lado. No solo por el contrato, sino por tu propia seguridad.
—¿Crees que vendrá tras de mí? —pregunté, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la calefacción de la casa.
—Rossi no quiere la verdad, Elena. Quiere el control de la empresa Blackwood, y tú eres la única grieta en mi armadura —se puso en pie y se acercó a mí, rodeando mi rostro con sus manos—. Nunca debí dejar que Alexander se acercara tanto a ti.
De repente, un sonido seco rompió la atmósfera. No fue un trueno. Fue el crujido de metal sobre metal. Ernesto reaccionó de inmediato, empujándome hacia el suelo justo cuando un estruendo ensordecedor hizo estallar uno de los ventanales laterales. Los cristales volaron como diamantes letales por toda la estancia.
—¡Abajo! —rugió Ernesto, sacando un arma que guardaba bajo la mesa de centro. Su rostro volvió a ser la máscara de piedra, pero esta vez cargada de un instinto asesino.
—¿Qué está pasando? —grité, con el corazón queriendo salirse de mi pecho mientras me arrastraba tras el sofá de cuero.
—Rossi —siseó él—. Ha enviado a sus perros a terminar lo que empezó en la galería. Se acabó el juego de las palabras.
Las luces de la casa parpadearon y se apagaron, dejándonos sumergidos en una penumbra azulada solo interrumpida por las linternas tácticas que empezaron a barrer el exterior de la propiedad. Escuché pasos pesados sobre la grava y el eco de órdenes gritadas en la distancia. Estábamos rodeados.
Ernesto se arrastró hacia mí, tomándome del brazo con una fuerza que me hizo jadear.
—Elena, escúchame bien. Hay un pasadizo de servicio que lleva al garaje inferior. Tienes que irte ahora. Toma las llaves del coche blindado y no te detengas hasta llegar a la ciudad.
—¡No te voy a dejar aquí solo! —le grité, mis dedos aferrándose a su camisa. La idea de perderlo ahora, justo cuando empezaba a entenderlo, era insoportable.
—¡Vete! —ordenó, sus ojos brillando con una intensidad feroz—. Soy un Blackwood, Elena. Sé cómo manejar a estos bastardos. Pero si te quedas, te usarán para obligarme a soltar el arma. No les des ese placer.
Otro disparo impactó contra la pared de madera, justo encima de nuestras cabezas. Ernesto se asomó por el borde del sofá y devolvió el fuego, el estruendo del arma en el espacio cerrado fue tan fuerte que me zumbaban los oídos. En ese momento, comprendí que el peligro de amarlo no era solo emocional; era un peligro de vida o muerte.
Me deslicé por el pasillo oscuro, guiada por el instinto y el sonido de la lucha que quedaba atrás. Cada paso era una agonía de duda. Al llegar al garaje, mis manos temblaban tanto que casi dejo caer las llaves. Encendí el motor y el rugido del coche blindado pareció una declaración de guerra.
Antes de acelerar, miré por el retrovisor hacia la casa de cristal. En medio de la oscuridad, vi la silueta de Ernesto defendiendo la entrada, una figura solitaria y poderosa contra las sombras que intentaban devorarlo.
—Aguanta, Ernesto —susurré, pisando el acelerador a fondo mientras atravesaba la barrera de seguridad.
La huida por el camino de montaña fue un borrón de árboles y luces cegadoras. Sabía que Alexander Rossi me estaría esperando al final del camino, pero lo que él no sabía era que ya no era la Elena Noir asustada. Ahora era una Blackwood por elección, y estaba dispuesta a incendiar el mundo entero con tal de salvar al hombre que, contra todo pronóstico, se había convertido en mi único refugio.